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viernes, 30 de junio de 2017

"El cuento de la críada" de Margaret Atwood.















                 nos presenta el libro de la tertulia en
                                                  Babelia.


El rigor de Atwood.


La autora canadiense, premio Príncipe de Asturias, no deja nada a la improvisación. La voz de sus personajes en un escenario cotidiano ahonda en el realismo del retrato
Margaret Atwood tiene probablemente el cerebro mejor amueblado de toda la literatura canadiense y es una escritora prolífica y sin duda de inmensa valía, de todo lo cual dan cuenta, con justicia, las principales virtudes que se han recordado con motivo de la concesión del último Premio Príncipe de Asturias de las Letras: su actitud vigilante y casi siempre atinada en cuestiones políticas y sociales, su agilidad y agudeza, demostrada en su ya extensa obra ensayística, para reflexionar sobre temas literarios y culturales, su dominio de la construcción dramática que le permite resolver con gran eficacia narrativa tramas muy complicadas, su concepción realista y comprometida de la literatura que se trasluce en la fuerte vinculación, de raíz crítica, que sus obras guardan con aspectos controvertidos del presente, su uso de dos lenguas literarias, el francés y el inglés, su cultivo con equiparables méritos de diversos géneros





Resurgir / El cuento de la criada

Margaret Atwood
Traducciones de Gabriela Bustelo /
Elsa Mateo Blanco
Alianza / Bruguera. Madrid / Barcelona, 2008
310 y 475 páginas. 18 y 19,50 euros
... Nadie con dos dedos de frente puede desdeñar ningún libro de Atwood, en todos, incluso en los más ligeros y desenfadadamente humorísticos, en los divertimentos a los que tan aficionada es, se percibe el afán de perfeccionismo y rigor de quien no deja nada a la improvisación. Para quien esto escribe, sin embargo, el puesto de mejor escritor canadiense lo ostenta Alice Munro, menos cerebral que su compatriota, menos versátil quizá, pero más capaz en sus relatos de sugestionar al lector haciéndole olvidar el artificio en el que al fin y al cabo consiste toda literatura. Para muestra del talento de Atwood, estas dos novelas, Resurgir y El cuento de la criada, que, es de suponer, se reeditan al calor del premio y que se cuentan entre las más conocidas suyas.
Resurgir, de 1972, fue su segunda novela y se dice que en su composición plasmó algunos de los patrones temáticos de la literatura canadiense que previamente diseccionara en un célebre ensayo, Survival: A thematic guide to canadian literature, del que no hay edición española. Resurgir narra introspectivamente el "resurgimiento" o camino hacia la iluminación de una joven divorciada, lastrada por diversos traumas infantiles y amorosos, que, con su amante y una pareja de amigos, acude en busca de su padre desaparecido a la cabaña donde éste vivía. Allí, a lo largo de siete días, en un omnipresente entorno campestre, los recuerdos del pasado (un amor frustrado, un aborto temprano) se entrecruzan con la evocación del padre a través de la lectura de sus papeles y con las conclusiones, extrapolables a su propia experiencia, que la observación de sus acompañantes proporciona a la narradora. Si bien es atinada y sostenida en el texto la ambigüedad del resurgir al que se refiere el título, pues puede ser tanto el resurgir de viejos demonios como el resurgir a que da lugar su superación, y es especialmente atractiva la entidad que cobra el paisaje (casi un personaje más), gran parte de la temática subyacente, en particular la deudora de cierto argumentario feminista de la época, parece hoy un tanto estereotipada.
Más enjundia tiene El cuento de la criada, una contrautopía, publicada en 1986, que transcurre en una supuesta república fundamentalista cristiana soberana en el territorio que hoy son los Estados Unidos y en la que las escasas mujeres fértiles son recluidas, como esclavas, para ser fecundadas y dar a luz a los hijos de la oligarquía. El hecho de que el futuro en el que se desarrolla la historia sea un futuro tan cercano a la fecha de su publicación como 2005 desvela las intenciones de Atwood de hacer una obra de ficción especulativa, más que abiertamente futurista. Su principal acierto reside en haber sabido huir de lo abstracto alegórico, dotando a su protagonista y narradora (una de esas criadas destinadas a la procreación y amenazadas cuando sean infértiles con un fatal destino) de una voz tan íntima como convincente, e insertándola, además, en un escenario cotidiano, con sus rutinas minuciosamente detalladas, que ahonda en el realismo del retrato. La pena es el inexplicable epílogo en el que, haciendo que la narración sea una suerte de manuscrito encontrado, Atwood da la vuelta a los presupuestos con los que ha construido el relato y opta por un final de fábula moral. -
El 7 de enero Bruguera publicará la edición bilingüe del poemario de Margaret Atwood La puerta.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de diciembre de 2008


     A principios de julio de 2017 Domingo, Lourdes, Maive y María José nos reunimos en la plaza San Francisco en el Santo Pecado. Comimos y bebimos a un precio razonable dándonos energía y ánimos para hablar del libro.
      Del libro y de la serie de televisión que ya Lourdes había visto y le pareció buena y muy lograda. Esta opinión la corrobora el hecho de que se llevase ocho Emmys entre los que estaba el de mejor guion de drama, mejor dirección de drama, mejor actriz de reparto y protagonista...y por primera vez el de mejor serie dramática viéndose sólo por internet, producida por una web, Hulu. 
       El ambiente de pesadilla que la autora logra nos lo transmite de forma dolorosa. Sufrimos las angustias de las protagonistas y la vacuidad de los protagonistas en esta distopía que nos invita a pensar en la realidad de problemas como la preñez subrogada. La falta de salida de la trama se resuelve con el recurso de suponer que la historia es encontrada en unos legajos y que se refieren a aun tiempo pretérito narrado desde un presente, como investigación de un congreso de historia. Todo esta estructura no favorece la verosimilitud, ni tampoco parece necesario ya que el propósito de hacernos pensar el presente se logra sobradamente. Lo peor del caso es que la autora asegura, en una entrevista, que no hay nada inventado sino que la ficción es unpuzle de piezas tomadas de la realidad...con lo no sólo nos invita a pensar sino que nos recuerda el deber de pensar.
      Terminamos la velada quedando para el 15 de septiembre de 2017 para comentar Tierra de Campos de David Trueba

miércoles, 21 de junio de 2017

"Tierra de campos" de David Trueba.

Babelia suplemento de libros de El País nos presenta el libro de la próxima tertulia. Me sorprende la coincidencia con el planteamiento del autor. Continuaremos tras la tertulia con los comentarios que no tienen porque ser coincidentes.






BABELI










Últimas voluntades

David Trueba retoma la idea de viaje en 'Tierra de campos', una novela sobre los conflictos emocionales de un músico que debe enterrar a su padre en su pueblo natal.








David Trueba visto por Sciammarella.mi madre no es como las otras madres
David Trueba visto por Sciammarella.

Nueva novela de David Trueba (Madrid, 1969) en la que elige la idea del viaje –en este caso se trata de enterrar al padre del protagonista, Dani Mosca, una suerte de cantautor eléctrico en el pueblo natal de aquél- como argumento y excusa para poder leer cómo se entrelazan los personajes alrededor de una vida. El regreso a las raíces paternas será en un coche fúnebre conducido por Jairo, un ecuatoriano locuaz que Trueba ata corto, quizás por temor a que le lleve la novela a otro lugar. El coche, el viaje, es una constante en su expresión tanto literami madre no es como las otras madresria como cinematográfica. Ese cumplimiento de la última voluntad del padre, es un trayecto estimulante que Trueba utiliza al mismo tiempo como túnel del tiempo, ajuste de cuentas y nueva etapa.
El libro nos explica la biografía de Mosca. Una vida que, en su caso, no es sino crecer sin suelo, tanto como músico sin tradición autóctona, autodidacta como de ser emocional, prueba y error, ciudad y pueblo, infidelidad y lealtad. Dani Mosca se crea a sí mismo a través del conflicto emocional con su padre, con una madre que el alzhéimer le arrebata muy joven, con la primera amistad que lo resiste todo –los personajes de sus camaradas de su banda, Las Moscas, Gus y Animal se levantan del papel, especialmente el primero-, la música como modo de ordenarse y con la atracción amorosa, epicentro y desequilibrio, droga, refugio y, al final,sonido de sirena de ambulancia a lo lejos, en propias palabras de su autor.














Últimas voluntades


Trueba sabe explicar cómo nos relacionamos, cómo colocamos los sentimientos en las casillas correctas y fallidas, a dónde acabamos llegando. Tiene un estilo sencillo, un perdone que le moleste, pero es cumplidor a la hora de explicar una historia, hilvanarla bien, que no se desmesure nunca ni se le vaya la mano con el picante. Nos sale de casa siempre peinado y el paseo fluye pero no olvidemos que, a veces, lo cotidiano es un sitio complicado desde el que escribir –como Nick Hornbmi madre no es como las otras madresy-. Trueba lo hace desde un lugar exento de cinismo y épica redentora y, al mismo tiempo, nos evita pornografía sentimental. Uno puede sentirse cómodo en el mundo Trueba, en sus personajes y situaciones, pero mi madre no es como las otras madreslo suyo no es otra cosa que una artificiosa normalidad de las cosas anormales, una representación artística. Además, en ocasiones –no siempre, todo hay que decirlo- evita soluciones fáciles. Afrontar la figura de un músico –como lmi madre no es como las otras madreso hizo de un futbolista en Saber perder-, no es para nada sencillo. No lo es si además extirpas, en este caso, la complicidad musiquera, el rollo secta, los tópicos que simplificarían nuestra adhesión. Trata de meterse en la creación cuando eso es algo que incluso la mayoría mi madre no es como las otras madresde biopics sobre músicos evita explicar: el trabajo de artesano, el ser un mero instrumento de la creación no siempre un alma atormentada de cliché. Más señales de escritor: los kilómetros del trayecto, más de 400 páginas pero necesarias para que, especialmente, las relaciones sentimentales puedan tener un por qué narrativo tanto comprendido como sentido por el lector. Sólo con ese metraje las historias de amor relevantes tienen su propio espacio, ninguna oscurece a la otra.




  • Últimas voluntades


Es cierto que hay aspectos del libro que uno piensa desaprovechados –Jairo, la culpabilidad de las infidelidades, la vanidad- o falto de nervio -¡Dani Mosca necesita un letrista, ya mismo!- pero todos son decisiones de autor. Trueba es un escritor mucho más seguro e impertinente con el lector de lo que parece mientras lo lees: quiere saber quién es él mientras tú te preguntas por qué todo lo suyo se parece tanto a ti sin serlo.
Tierra de campos. David Trueba. Anagrama, 2017.404 páginas. 20,90.



      El viernes 15 de septiembre de 2017 nos reunimos Ángeles, Domingo, Lourdes, Luis, Maive y María José en el Mesón Castellano. 19 euros nos costó una comida que incluía almejas a la marinera, habas con huevo y jamón, rabo de toro(especialmente apreciado por algunos), una ensalada de gusto y sabor que despertó la admiración unánime, todo regado por Finca Resalso y terminamos con unos postres (coulan y milhojas) que no recordamos con mucho cariño.
        Tras una cerveza en la Plaza Weyler comenzamos la comida y la charla. El libro nos evocó otros relatos de despedidas filiales como También esto pasará de Milena Busquets, El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince, además de relaciones complejas como Me llamo Lucy Barton de Elizabeth Strout o Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin. También se trajo a colación la propuesta de Begoña Tu no eres como otras madres de Angelika Schrobsdorff que se pensó para la próxima tertulia pero se consideró demasiado largo por su número de página, 592. 
         La sombra de Saber perder, tanto nos gustó, no resta méritos a Abierto toda la noche y Cuatro amigos, sobre el aprecio de estas dos novelas se plantearon discrepancias, lo que parece constituir un mundo literario que se completa con Blitz y Madrid 1987, pendiente de reseñar esta última y reseñadas en este blog el resto.
          Esto road-book asfáltico y emocional no parece dejar claro el motivo inicial del viaje, ni falta que hace. El cadáver del padre hace compañía al protagonista acompañado del chófer inmigrante. Parecen una constante inevitable la movilidad geográfica y la interculturalidad, no sólo en la obra reciente del autor (Blitz y Saber perder en especial) sino en cualquier creación que se pretenda contemporánea. Este viaje  en busca del origen rural paterno, campos, no tanto del del hijo, provoca situaciones humorísticas propias de la película argentina Un ciudadano ejemplar. El kilometraje meseteño da lugar a recordar las vivencias familiares, con padre y e hijos, a una pequeña intriga del origen genético, pero sobretodo a rememorar de la vida afectiva que desarrolla al tiempo que su faceta artística-profesional. 
          Parece que la única moraleja posible es aceptar la derrota implacable que el tiempo ejecuta, saber perder, ya que el atisbo de esperanza que algunos quieren ver no todos lo creen así. Parece que la inevitable muerte tiene como cuarto de espera la soledad y que, como mucho, podemos disimularlo apenas.
       Tras el café nos despedimos después de haber elegido Libro del mal amor de Fernando Iwasaki para la próxima tertulia el viernes 13 de octubre de 2017 en el restaurante  peruano de San Benito, en La Laguna.







        

domingo, 5 de febrero de 2017

Eduardo Mendoza: "El secreto de la modelo extraviada".

El País, mediante su sección Babelia, nos vuelve a ayudar a ubicar nuestra próxima lectura.




Echarle cara y paciencia

'El secreto de la modelo extraviada' lleva el sello del mejor Eduardo Mendoza: una falsa intriga para tapar otra más turbia cuyos personajes dibujan la microhistoria de Barcelona.





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Eduardo Mendoza, visto por Sciammarella.
No sabemos su nombre, pero es imposible olvidar al personaje que Eduardo Mendoza nos dio a conocer en El misterio de la cripta embrujada (1979) y El laberinto de las aceitunas (1982): un maleante estrafalario y pendenciero que, a fuerza de verse involucrado en algunas historias rocambolescas, se hace detective. Va siempre a su aire, y tiene como método “echarle cara y paciencia a los asuntos”. Años más tarde reaparecía en La aventura del tocador de señoras (2001), y volvíamos a encontrarlo en El enredo de la bolsa y la vida (2012), novela ambientada en la reciente crisis económica de nuestro país. Ya un tanto cambiado, el detective regentaba entonces una peluquería de señoras que al final traspasaba a los dueños de un vecino bazar chino. Estos abrirán allí un restaurante y le darán empleo, confiándole pequeños encargos. En esta situación lo vemos al inicio de El secreto de la modelo extraviada, la nueva novela de Eduardo Mendoza. Anda afanado en el desempeño de un encargo, cuando de repente un incidente callejero le lleva a recordar un caso en el que estuvo involucrado 20 años antes.
La relación de aquellos sucesos lejanos ocupa la primera parte de la novela. La segunda, que transcurre en el presente, está dedicada a revisar dicho caso, aunque ya hubiera prescrito. Lo hace porque ya en su día sospechó de la versión oficial, de la manera tan tonta con que explicaron un desenlace en el que quedaban muchos flecos y no pocos extremos dudosos.
El secreto de la modelo extraviada lleva el sello del mejor Eduardo Mendoza: una falsa intriga inicial urdida para tapar otra bastante más turbia y tentacular. Y es la investigación de esta lo que propicia un sinnúmero de lances, en apariencia disparatados e incluso absurdos, dado que aquí la farsa lo recubre todo. Las peripecias se desencadenan a un ritmo frenético, subrayado en gran medida por el incesante ir y venir del detective en sus pesquisas y por el cañamazo persecución-huida que caracteriza los enredos de este personaje. Y así, van desfilando por las páginas de la novela una galería de personajes cuyas vidas dibujan la microhistoria de Barcelona y, especialmente, el contraste entre quienes pululan por los bajos fondos o son simples peones-comparsas y el “senado de plutócratas” miembros de la sociedad secreta APALF —siglas que corresponden al grito Andreu, porti’m a la fàbrica!—; es decir, un grupo de empresarios que, convencidos de que los cambios en la política económica del régimen llevarían a la bancarrota, deciden “poner sus valores fiduciarios, o también podríamos decir calerones [dinero]”, a buen recaudo. Y para ello, organizan “un complejo tejido de evasión de capitales”.
El contrapunto temporal —los 35 años que median entre la primera y la segunda parte de El secreto de la modelo extraviada— es sin duda un recurso afortunado, porque potencia mucho más el sentido de este microcosmos. El derrotero seguido por la mayoría de estos personajes sirve para subrayar los cambios en los hábitos y las formas de vida, los valores, y desde luego las transformaciones de la propia ciudad, una Barcelona que algunos juzgan como la “capital mundial del baratillo y la idiocia”.
“Qué se hizo de…” es otro hilo que tira del detective en este retorno a aquel turbio asunto, lo que no presupone blandenguería alguna, pues el relato sigue arrancándole carcajadas al lector porque Eduardo Mendoza no prescinde de sus señas narrativas más genuinas: el humor, la ironía, la parodia, el esperpento y un lenguaje repleto de alusiones y dobles sentidos en el que se mezclan los más variados registros. Lo que no excluye que la reaparición de la Sta. Westinghouse, por grotesca que sea, rezume tanta acidez como gravedad cuando concluye que “lo banal cansa y empacha”. Ni tampoco el sarcasmo en el análisis que hace la nueva empresaria Lola Campos de la aventura de los prohombres de la APALF palía la crudeza. “Cada época tiene su metodología. Andando el tiempo, yo acabaré igual o peor. Son las reglas del juego y es bueno que así sea. En esto Cataluña lleva ventaja al resto del mundo. El clásico ciclo catalán pobre-rico-preso favorece la movilidad social y previene la sobrecarga de la tradición”. Y en tanto, la suerte de la fregona Blancaflor no ha variado un ápice. Por fortuna, queda el perrito Toby, que no olvida afrentas.
El secreto de la modelo extraviada. Eduardo Mendoza. Seix Barral. Barcelona, 2015. 318 páginas. 18,50 euros. (digital, 12,99)


El viernes 17 de marzo de 2017 nos encontramos Lourdes, María José y Domingo en La Oliva del Toscal. Cerveza y acompañaron a unas delicias, en especial la carne a la piedra, entrecot marinado en sake con champoñones flambeados y con unas papas fritas de calidad, antes de ese plato principal degustamos como entrante una ensalada con granada, edacame, queso feta rebozado, rábano y lechuga, de postre unas croquetas de chocolate buenísmas... mientra recuerdo el plato que me falta me viene a la cabeza la conversación que tuvimos sobre el libro de Eduardo Mendoza. Nuesto parecer de opiniones, en distinto grado de semejanza, impidió que se desarrollaran las discrepancias que en otras ocasiones enriquecen la discusión.


"Patria" según Vargas Llosa en El País.


El país de los callados

los años de sangre y horror que ha sufrido España con el terrorismo etarr



Debo haber leído decenas de artículos sobre ETA, y muchos ensayos, pero sólo Patria (Tusquets Editores), la novela de Fernando Aramburu, me ha hecho vivir, desde adentro, no como testigo distante sino como un victimario y una víctima más, los años de sangre y horror que ha sufrido España con el terrorismo etarra. La novela nos seduce, nos soborna con su magia verbal y sus astutas alteraciones de la cronología y los puntos de vista, hasta convencernos de que aquella historia no está escrita, que es la vida pura y simple, y que estamos sumidos en ella viviéndola a la par que sus personajes. Hace tiempo que no leía un libro tan persuasivo y conmovedor, tan inteligentemente concebido, una ficción que es a la vez un testimonio tan elocuente sobre una realidad histórica como lo fueron, en su momento, la novela de Joseph Conrad The Secret Agent, sobre los anarquistas londinenses del XIX, o La Condition humaine, de André Malraux, sobre la Revolución China.
La acción transcurre en un pueblecito innominado, cercano a San Sebastián, donde dos familias, hasta entonces muy unidas, se van enemistando, trastrocando la amistad en odio, por culpa de la política. Mejor dicho, de la violencia disfrazada de política. Al principio, se diría que todos los vecinos hacen causa común con la subversión; eso indicarían las pintas, las pancartas, las manifestaciones ante el Ayuntamiento pidiendo la liberación de los presos, los cupos revolucionarios que pagan los pudientes a Patxo, el patrón de la taberna, discreto responsable político de ETA, los insultos y el asco que inspiran los despreciables “españolistas”. Pero, a medida que nos vamos acercando a la intimidad de las familias, y las escuchamos hablar en voz baja, sin testigos, comprendemos que la gran mayoría de los vecinos disfraza sus sentimientos porque tiene miedo, un pánico que los acompaña como su sombra. No es gratuito, porque la pandilla de los que sí creen, los convencidos, son unas temibles máquinas de matar, implacables cuando toman represalias y ahí están como prueba irrefutable los cadáveres que de tanto en tanto aparecen en las calles. Que lo diga Txato, un empresario empeñoso y buena gente, que, además de su familia, adora jugar al mus y hacer dominicales travesías en su bicicleta. ETA le pide cada vez más dinero y él lo entrega, para llevar la fiesta en paz, pero las demandas son cada vez mayores y, pasado cierto límite, deja de hacerlo. Entonces, todas las paredes del lugar se llenan de inscripciones llamándolo traidor, vendido, cobarde y miserable. La gente deja de saludarlo; el repugnante párroco, don Serapio, le aconseja marcharse. Hasta que una tarde lluviosa le clavan cinco tiros por la espalda.
Las gentes de Patria no son héroes epónimos ni grandes villanos, sino seres comunes y corrientes, pobres diablos algunos de ellos, que no tendrían el menor interés en otras circunstancias. Los más interesantes no lo son porque posean virtud excepcional alguna, sino por la ferocidad con que se abate sobre ellos la violencia física y moral, condenándolos a unas rutinas hechas de hipocresía y silencio en “este país de los callados”, y por la estoica resignación con que soportan su suerte, sin rebelarse, sometiéndose a ella como si se tratara de un terremoto o un ciclón, es decir, una tragedia natural inevitable.Su viuda, Bittori, irá al cementerio a conversar con su cadáver a lo largo de los años, a contarle los avatares de su destrozada familia y su angustiosa duda respecto al etarra que lo mató: ¿será Joxe Mari, el hijo de su ex íntima amiga Miren, al que de niño el pobre Txato enseñó a montar en bici y acostumbraba comprarle chocolates? Joxe Mari, personaje estremecedor, muchacho forzudo, inculto y un tanto bestia, se hace terrorista no por razones ideológicas —su información política no va más allá de creer que España explota a Euskal Herria y que sólo la lucha armada logrará la independencia— sino por amor al riesgo y una confusa fascinación por los violentos. Seguimos muy de cerca su educación de terrorista, en la clandestinidad de Bretaña, su aburrimiento con la teoría y su excitación con las prácticas donde le enseñan a fabricar bombas, preparar emboscadas y matar con rapidez. Estamos con él, dentro de él, cuando comete su primer asesinato, cuando la policía lo captura y es torturado, y durante los largos, lentos años de una cárcel de la que, acaso, nunca saldrá vivo.

El libro nos seduce hasta convencernos de que aquella historia es la vida pura y simple

La atmósfera en que discurren estas vidas es uno de los grandes logros de la novela: pesada, agobiante, repetitiva, amenazadora. El tiempo apenas circula, a veces se detiene. Consigue este efecto una estructura narrativa audaz, hecha de pequeños episodios que no se suceden cronológicamente sino saltando, atrás y adelante, violentando la secuencia temporal, alejados o acercados para establecer entre ellos un contrapunto esclarecedor, una cronología en la que a menudo las consecuencias preceden a las causas y el pasado y el futuro se entreveran hasta convertirse en un presente que funde lo que ha ocurrido con lo que luego ocurrirá. El lector no se pierde en estos saltos temporales; por el contrario, se impregna de esa eternidad instantánea —el elemento añadido— en que parecen ocurrir las peripecias de la historia.
La novela está escrita en un lenguaje en que el narrador y los personajes se alejan o se funden, un punto de vista sutil y complejo, en que estas mudanzas se suceden de manera imperceptible, confundiendo lo objetivo y lo subjetivo, el mundo de los hechos y el de las emociones y fantasías, las cosas que de veras ocurren y las reacciones que ellas suscitan en las mentes. La novela construye de este modo una totalidad autosuficiente, la máxima hazaña de un novelista.

Se trata de una sutil descripción de la degradación moral que provoca la violencia

El libro, una historia tan infeliz como hechicera, es también una clara toma de posición, una rotunda condenación de la violencia, de los fanatismos e ignorancias que la suscitan. Y una descripción muy sutil de la degradación moral que ella provoca en una sociedad, corroyendo sus valores, enemistando y envileciendo a la gente, destruyendo las instituciones y las relaciones humanas. Pero evita, con buen tino, las disquisiciones ideológicas, limitándose a mostrar, a través de episodios escuetos y siempre seductores, cómo, sin quererlo ni saberlo, toda una sociedad de gentes sanas, sin misterio, va siendo arrastrada poco a poco, concesión tras concesión, a la complicidad y a veces a las peores vilezas.
Cuando Patria termina, ETA ha renunciado a la lucha armada y decidido actuar sólo en el campo político. Es un progreso, por supuesto. ¿Pero, se vislumbra alguna solución al problema de fondo, el condenado nacionalismo? El libro resulta más pesimista de lo que el autor quisiera. En la página final, las dos examigas, Miren, la madre del terrorista, y Bittori, la madre del asesinado, se abrazan, reconciliadas. Es el único episodio de esta hermosa novela que no me pareció la vida misma, sino una pura ficción.
Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2017.
© Mario Vargas Llosa, 2017.

martes, 31 de enero de 2017

"Patria" de Fernando Aramburu.

El periódico nos ofrece esta entrevista a Fernando Aramburu presentando Patria.


Fernando Aramburu: "No he escrito 'Patria' para juzgar a nadie".

Fernando Aramburu: "No he escrito 'Patria' para juzgar a nadie"
DANNY CAMINAL
Fernando Aramburu, en un céntrico hotel de Barcelona. 
ELENA HEVIA / BARCELONA
MARTES, 20 DE SEPTIEMBRE DEL 2016 - 18:25 CEST
Acompañado por el runrún de que 'Patria' (Tusquets) es la gran novela española del año, Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) llega a Barcelona después de haber sido convenientemente mimado y cuidado en Euskadi por su madre, su ‘ama’, que a los 91 años es la constatación de esa cualidad berroqueña de las mujeres vascas. La novela, más de 600 páginas, entreteje las vidas de dos familias a las que un atentado coloca a un lado y al otro de las certezas y las ideologías y dibuja tres décadas de muerte, dolor y silencio al tiempo que se suceden los atentados de ETA.
¿Podía haber abordado esta novela si no se hubiera producido el anuncio del cese de las armas en Euskadi?Podía haber escrito otros libros pero no 'Patria', porque el cese me coloca en una situación narrativa especial, la del escritor que tiene la sensación de que algo atroz ha terminado y se encuentra en un momento propicio para evocar y relatar, sabiendo que no va a haber durante su trabajo un nuevo atentado que le obligue a recapacitar y a añadir matices sobre lo escrito. La materia narrable parece quieta y se puede contemplar como un objeto.
En un determinado momento de la obra hace un retrato esquinado de sí mismo en la figura de un escritor que presenta un libro que perfectamente podría ser 'Patria'. ¿Por qué? La novela tiene diversos anclajes con la vida real. Se mencionan atentados que sucedieron realmente y en un momento dado, sin nombrarme, me introduzco, no protagonizando ningún hecho de la novela, sino observado como escritor conferenciante por uno de los personajes, a quien no le gusta todo lo que digo. Esa intervención pública se dio exactamente así.
¿Sirvió ese momento para pensar mientras escribía cómo iba a ser recibida la obra en Euskadi? Como no es el primero que escribo sobre la violencia estaba más o menos preparado para saber que el libro iba a tener una primera lectura de tipo social o político. Espero que los lectores se animen a disfrutar la novela en cuanto a construcción literaria.
Pero como material para el debate es demasiado potente para que solo sea así. Tenía claro que no debía intervenir fuera del texto. Ahora estoy muy opinante porque estoy promocionando el libro pero la tarea ya está terminada. Quise que la novela fuera recibida sin prólogos, ni dedicatorias, apenas un glosario final para aquellos que no conozcan la lengua vasca. Pero las referencias se disparan sin que yo me haya dado cuenta. La foto de portada, por ejemplo, que acepté cuando me la propuso la editorial, luce un paraguas rojo; solo mucho después lo asocié al paraguas de ese color que llevaba el periodista José Luis López de la Calle cuando lo mataron. Pero en fin, es cierto que el libro no está interviniendo en las conciencias solo como un entretenimiento o por su posible relieve literario, sino como un documento humano.
Esa es la grandeza de la literatura respecto al ensayo. La novela hace una radiografía de un elenco de personajes con la que el lector tiene la posibilidad de acceder a la vivencia íntima de la violencia y las condiciones sociales a los que han tenido que vivir numerosos ciudadanos vascos. Si la novela está bien hecha, el lector se preguntará: ¿Qué habría hecho yo si soy una madre de un hijo que ha matado y está en la cárcel? Puede ver un mundo que le puede resultar cercano desde otra mirada y cotejarla y por esa vía, llegar a emocionarse.

"El lector tiene laposibilidad de acceder a la vivencia íntima de la violencia"

Como escritor ha querido dar una imagen global de la sociedad vasca y aunque su comprensión está con las víctimas también ha retratado a los victimarios con toda su densidad y contradicciones. Uno de los etarras escribe a la mujer del Txato, víctima de la violencia para decirle: "Yo no entré en ETA para ser malo". Y yo no he escrito 'Patria' para juzgar a nadie. No opero con personajes que son meros recipientes de ideas. Quiero entender por qué un muchacho que nace puro e inocente, se educa y crece en un entorno social determinado, poco a poco junto con otros de su edad entra en una organización armada y comete ciertos actos. Eso es también obligación mía. Colgarle el sambenito e influir en el lector orientándole ideológicamente es el mejor camino para una novela mala.
Los escritores suelen decir que se identifican con todos sus personajes. ¿En un caso como éste ha operado también ese reconocimiento, también con los criminales? Yo no me meto en la piel de nadie. Mis personajes son construcciones literarias. Lo que sí es cierto es que hay personajes que me caen mejor porque me permitían un mayor provecho literario. Esto a veces, claro está, puede suceder con el malo de la película. Los villanos más complejos y perversos suelen ser más provechosos que los que viven situaciones de equilibrio, porque mueven a la acción.
El libro muestra la violencia física pero sobre todo la violencia cotidiana, el miedo y el silencio al que se ha visto abocada la sociedad vasca y que da como resultado una colección de soledades. ¿Ese es el tema? Hay una suma de sentimientos. Pienso en el personaje que se cierra a la felicidad, el que exacerba su sensación de culpa, en el personaje femenino que se monta un parapeto de vitalidad y viajes para no ver el crimen puro y duro que tiene delante, el que huye y renuncia a su vocación y a sus sueños. Pero pienso sobre todo en la idea del perdón. Si me pregunta por el verdadero tema, la columna vertebral de la novela, más que el miedo, sería el perdón, algo sobre lo que la clase política no debería decir gran cosa porque es algo muy personal.
También es la historia de dos mujeres muy fuertes, dos abejas reinas, que es fácil situar en el País Vasco en el que tanto se habla de matriarcado. He conocido tantas mujeres parecidas a Bittori y a Miren...
Empezando por su propia madre… Empezando por mi madre, sí, ella podría ser una de estas dos mujeres. Junto a ellas, este hombre temeroso, tímido y trabajador, con poca capacidad de palabra, también ha sido una presencia habitual en mi vida.
El libro conduce a una tímida lucecita final de esperanza. ¿Eso es un deseo o la constatación de a dónde se ha llegado en cinco años de paz? Fue lo primero que se me ocurrió. Esa imagen final con las dos mujeres. La novela completa nació para dar respuesta a ese encuentro porque empecé sin una trama determinada. Creo que ese final obedece más bien al deseo, no quería acabar la novela de una forma negativa, pero tampoco ser ingenuo.

"¿Por qué un muchacho que nace puro se mete en una organización armada?"

¿Cree, como dice en la novela, que la literatura vasca está poniendo ya en marcha la derrota de ETA? Bueno, eso es una metáfora, claro, pero se trata de lograr un tipo de relato que rebata la falacia de relatos glorificadores del terrorismo.
¿Es porque la literatura vasca ha estado más cerca de victimario que de la víctima? Ha habido de todo. La literatura es más lenta en levantar un relato que la historiografía o el periodismo. Postulo que el escritor debe ponerse a la tarea y si es contemporáneo de los hechos sucedidos su relato tendrá ciertas virtudes de veracidad.
Pero hay muchos jóvenes escritores hartos del asunto, con ganas de escapar al tema de la violencia al igual que hace uno de sus personajes. Me parece interesante que existan multitud de miradas. No es cierto que todos debamos contar lo mismo y en el mismo tono. Hay versiones que me parecen reprobables, aquellas en las que el agresor aparece como un héroe o en las que se espectaculariza el dolor de las víctimas. Pero dejando esto de lado, cada cual tiene sus perspectivas. Yo nací aproximadamente en los días en los que nació ETA, viví muy de cerca los llamados años de plomo, en la transición, cuando ETA mató más que nunca.
¿Es por eso que dice en el libro dice, refiriéndose a sí mismo, "yo estuve expuesto, como tantos otros chicos, a la propaganda favorecedora del terrorismo"? Hay un atentado de ETA que me conmocionó especialmente, sin que eso signifique que los anteriores no fueran terribles, fue el del senador Enrique Casas en 1984.

"Hay que crear testimonio, materia recordable para que los ciudadanos vuelvan a posicionarse"

¿Por qué? Porque vi cómo metían el ataúd en la Casa del Pueblo de un barrio de San Sebastián y tuve por primera vez la sensación directa de la muerte, de cómo le habían segado la vida a un hombre. Hasta entonces yo había visto fotos en los periódicos, imágenes en la televisión, nada comparable a aquello.
Humanizó al muerto. Exacto. Ver la caja me llevó a pensar en los hijos, en la mujer, en que aquellos hechos tenían una onda expansiva mucho mayor. Yo ya escribía poemas pero me dije que algún día escribiría sobre esto. Preguntarme qué pasa al día siguiente de que el muerto ocupe un lugar en los periódicos me hizo novelista. Se suele hablar del silencio pero he descubierto que el más impresionante es el de las madres, viudas de asesinados, que no saben si contar a sus hijos pequeños lo que ha pasado o esperar más adelante para protegerlos y evitar que crezcan con dolor.
Usted vive en Alemania donde se ha hecho un gran esfuerzo para elaborar el sentimiento de culpa de un pasado atroz. ¿Cree que en Euskadi están en la buena dirección a este respecto? A los alemanes les costó tiempo. La primera generación después de la segunda guerra mundial guardó silencio porque necesitaban ordenar sus vidas, trabajar y criar a sus hijos. La generación posterior se lo reprochó. Yo soy reacio a hablar de la sociedad vasca como un todo, porque no es homogénea, pero estos días se me ha acercado mucha gente a pedirme una firma. Me comentan sus reacciones de lectores y cada uno lo vive y lo expresa a su manera porque no todos son escritores. Pero es verdad, las cosas van bien encaminadas y la prueba es que yo he aportado una novela de la que se habla mucho en los medios de comunicación y esto hace que la gente escriba y reflexione. Hay que crear testimonio, materia recordable y si las personas tienen acceso a ella, los ciudadanos vuelven a posicionarse.




El viernes 27 de enero de 2017 dejó de hacer frío para que pudiésemos charlar al cobijo de la plaza de Ireneo González sobre Patria de Fernando Aramburu. Ana, Carolina, Domingo, Lourdes y María José nos reunimos con la vecindad de un convaleciente Beirán. Los impresionantes langostinos rebosados en millo a la manera de piruletas hicieron sombra al castillo de verduras con queso, al bacalo con batata, a los canelones de espinas con ricotta, y más al que desató las quejas por el aparente exceso de vinagre del cazón. El Finca Resalso aligeró las penas y los 14 euros no fueron objetados. 
No fue necesario esperar para hablar sobre la obra ya que nuestra impaciencia desató las alabanzas. Parece que este libro de más de 600 páginas será libro del año en España provocando la misma unanimidad que generó en nosotros. Lo excesivo de su volumen se ve compensado por una estructura en capítulos cortos, a modo de los best sellers más comerciales, pero con la originalidad formal de estructurarse la narración desde varias perspectivas, sin amaneramientos excesivos, que se concreta en cuentos que podrían funcionar de forma autónoma. El narrador omnisciente se pasea por muchos personajes, María José dice que seis, pasándose de forma fluida de la tercera persona a la primera persona. Los términos en euskera se pueden consultar en un glosario. Las formas verbales propias del habla vasca se marcan en cursiva. Todo esto da señales de tener buen oído para captar la forma de vida, bicis, balonmano, tabernas, sociedades gastronómicas, clima y el habla propia del País Vasco.
La lectura política, inevitable y deseable, a pesar de lo que pretenda el autor(lo podemos comprobar en la entrevista que publicamos más arriba), parece que es la inmediata. La ubicuidad del punto de vista parece que no esconde cierta toma de partido frente al terror, a los terrores. La infelicidad se instala en el interior de algunos personajes que como freno a cualquier forma de placer, como nos dijo Carolina, incluso en trivialidades como las castañas que un personaje desecha por gustarles. No nos invita a imitar al matriarcado, aunque  sean las mujeres las que ofrecen la esperanza de un futuro más humano. Lo que sí parece dejar claro es el rechazo a todo valor que no tome como referencia a lo humano, el desprecio a las lealtades que anulan el pensamiento, a la inhibición del deseo de comunicación, de placer, frente a la idealización parcial de la justicia. Nos parece poner en alerta ante las crueldades cotidianas que, aunque pretendamos racionalizar, son producto del miedo a pensar, a ser nosotros mismo, humanos que no tenemos otro destino que difundir todo el placer del que somos capaces.