sábado, 19 de abril de 2014

"La polilla y la herrumbre" de

novelaromantica.com nos presenta y critica  la obra de la tertulia.



Mary Cholmondeley - La polilla y la herrumbre.

 Sara
Esta es la historia de dos muchachas totalmente distintas, Anne y Jane, de clase aristocratica Anne y de clase media-baja Jane, pero que tienen en común el estigma para las mujeres de aquellas época, que a poco que se distrajeran se les pasaba la edad para encontrar marido que era la salvación para todas.
Jane está enamorada de George , y éste de ella, pero tiene la oposición de la madre de George la Sra. Trefusis, que sabiendo de donde proviene Jane, y el hermano que tiene , apostador, vividor, y un poco mujeriego, prefiere a Anne como futura nuera.
Anne , es toda bondad , y con los pies en la tierra; no se dá a romanticismos ó sueños inutiles y sabe lo que quiere; y a pesar de sufrir el acoso que su madre les hace a todos los posibles pretendientes es de una humanidad apabullante, y está exenta de todos los prejuicios sociales de aquella época, por lo que no duda en hacerse amiga de Jane, al conocer la verdadera amiga entrañable, fiel, y bondadosa que puede llegar a ser, incluso hasta extremos perjudiciales para ella.
Anne, tiene dialogos, inteligentes , chispeantes, llenos de humor con la Sra. Trefusis, y aboga por el futuro de George y Jane, aunque el futuro les tenga reservados otros destinos; la falta de fé, y el secreto que guarda Jane, hecho a una amiga moribunda, hacen que este pareja se distancie a pesar del amor que se tienen.
Anne está enamorada de un curentón, feo, y de aspecto adusto - según palabras de la misma Anne - , pero a pesar de ello es perseguido por una troupe de jovenes debutantes y sobre todo de sus madres casamenteras, inluida y en primer lugar, la madre de Anne, por la simple razón que es el no va más de los millonarios.
Aún queriendolo , Anne jamás se ha prestado a la persecución Stephen, antes prefiere vivir el futuro en solitario, a que él pueda pensar que es por su dinero por lo que ella lo ama. Y por eso por lo que su amor es a distancia, y tiene que saber de él a través de lo que publican los periodicos de todos los exitos que consigue en sus finanzas.
En éste pequeño pero perfecto libro de una autora para mi hasta ahora completamente desconocida, he leido la declaración de amor más importante de todos los tiempos. Y no se la hace Anne a Stephen , sino que está describiendole a la Sra. Trefusis lo que siente por él:
"Es todas esas cosas, es exactamente aquello con lo que preferiría no casarme. Y creo que él lo sabe de forma intuitiva, ¡pobre! Pero pese a todo ello, pese a todo lo que me repele, sé que estamos hechos el uno para el otro. Él no escogió agradarme, ni yo agradarle a él. Nunca he tenido posiblidad de elección en este asunto. La primera vez que lo ví, lo reconocí. Lo conocía de toda la vida. Sin conocerlo, habia estado esperandole siempre. No llegué a comprender nada de verdad hasta que llegó. No me enamoré de él; al menos no del modo en que veo que les sucede a otros, ni como en otro tiempo me enamoré yo misma, hace yá años. No me siento atraida por él. Soy él. Y él es yo. Él es mi otro yo. Somos uno. Podemos vivir dolorosamente separados, él puede casarse con otra... pero la realidad sigue siendo la misma."
Stephen, le pide que se case con él, pero Anne lo rechaza, y cuando en una operación financiera el llega a perderlo todo, Anne lo visita y entonces lo acepta como esposo, diciendole. Así sabrás que mi amor por ti es verdadero, no podría vivir a tu lado sabiendo que algún día podrías dudar del amor que siento.
Este es una joya de libro, pequeño, intenso, con una trama de secundarios que hacen de él un interesante libro, y con dos protagonistas capaces de llevar sus conviccioes, y su dignidad como bandera, por mucho que les llegue a costar, incluso por encima de su verdadero amor en el caso de Jane.
Un libro 10.............. Un autentico libro de amor, de amistad, ..........sin sexo, con solo un beso a lo largo de toda la historia, pero que te deja con un agradable sabor de boca, y con la intención de conseguir las obras de Mary Cholmondeley.
Cumpliendo con el gozoso compromiso nos reunimos el viernes 11 de abril en La Chata. Allí por 18 euros bebimos vino chileno, Gato Negro, y comimos muy satisfechos (al que esto escribe le hubiese gustado comer más). Lemmon massala sirvió de bálsamo para nuestras sufridas gargantas mientras degustábamos enjera, wok de verduras, tortilla de pulpos y fresas con chocolate y frutos secos más plátano frito con un dulce mejunje de canela, miel y limón como postre.
Ana, Calola, Domingo,  Lourdes y María José mantuvimos una entretenida y atenta conversación en tono a una bobina de cable que servía de mesa. En ella se hizo patente que disfrutaron el libro por sus muchos valores literarios y humanos. Calola lo presentó como una muestra de literatura femenina, sufragista, en la que la mujer se presenta no sólo como escritora sino también como protagonista. Los sentimientos guían los personajes en un mundo manejado por hombres en el que los intereses económicos priman. La mujer con su honradez pone la esperanza y corrige los comportamientos no adecuados de los hombres. Éstos apenan pueden seguir de lejos las decisiones femeninas que dirigen la trama. Ésta gira y cambia de orientación de un personaje a otro sin que ello suponga que nos perdamos. Lo folletinesco, lo arquetípico de los personajes, lo inexplicable delos cambios, si es que los hay, en la forma de actuar de los personajes ayudan a concentrarnos en lo que importa: la verdad triunfará, sobreviviremos, y las mujeres harán mejor al mundo. 
Acabamos con un golpe en la puerta, un ojo hinchado, un corte en la nariz y muchas ganas de volver a vernos para hablar de Años luz de James Salter en el Peruano de la calle La Rosa el 16 de mayo de 2014.

viernes, 18 de abril de 2014

Recordó el día que vio el hielo por primera vez.




Contigo pasamos de aprender a leer a ser lectores.                               

martes, 8 de abril de 2014

Benjamin Black retorna a Phillip Marlowe.



LIBROS / ENTREVISTA

Banville recupera el espíritu de Raymond Chandler

John Banville ha adoptado una tercera personalidad para escribir 'La rubia de ojos negros'

La novela la firma su alter ego Benjamin Black y recupera el espíritu de Raymond Chandler

Dublín 22 FEB 2014 -1


Las razones de editores y herederos para confiar a novelistas contemporáneos la tarea de revivir a James Bond, Hércules Poirot, Bertie Wooster o Philip Marlowe parecen claras: un nuevo libro puede despertar —al menos en teoría— un renovado interés por sus autores. En cambio, para muchos, las razones de un escritor reputado como John Banville (Wexford, 1945) para prestarse a escribir La rubia de ojos negros (que Alfaguara publicará el próximo 26 de febrero) son un enigma. “Si hace veinte años alguien me hubiera sugerido siquiera que algún día escribiría un libro como este mi reacción habría sido ‘¿cómo te atreves?, ¡estás loco!”. Sin embargo, la propuesta de que Benjamin Black —el seudónimo que reserva a su obra noir—firmase una novela que resucitase a Philip Marlowe, el célebre detective creado porRaymond Chandler, llegó con Banville ya instalado en la sesentena. “Tengo una edad en la que he de probar cosas nuevas para no marchitarme, para no consumirme. Siempre estoy escribiendo una novela de Banville, pero me sobra energía literaria que derivo hacia Benjamin Black y, ahora, hacia Chandler. Me divierte y estoy en un momento en el que me puedo permitir asumir riesgos, hacer estupideces”.

El artista debe gozar de libertad y en la novela negra siempre debe haber un crimen, y eso
la restringe bastante”
El propio Chandler, Georges Simenon, James M. Cain y Richard Stark, enumera Banville, son los padres de Benjamin Black —“me temo que es huérfano de madre”—. Fue su hermano mayor, Vincent, quien le introdujo en la literatura del autor deEl largo adiós y La dama del lago —sus novelas predilectas—. “En esa época yo solo conocía a escritoras inglesas como Agatha Christie o Margery Allingham. No había leído a Ross Macdonald o Dashiell Hammett, por eso me fascinó encontrar a alguien que escribiese tan bien como Chandler”. Para Banville, a quien le gusta repetir que “la frase es el mayor invento de la civilización”, el lenguaje lo es todo. “Escribo frase a frase. Termino una y empiezo la siguiente. Joyce era un maestro del párrafo, yo preferiría prescindir de ellos”. La trama y los personajes le importan, pero desempeñan papeles secundarios. “Como al propio Chandler, a mí tampoco me importa saber quién mató al mayordomo: él siempre defendió que el estilo lo era todo. En buena parte de sus libros la trama no tiene sentido: cuando estaban rodando El sueño eterno le llamaron para preguntarle quién había matado al chófer y él respondió que no lo sabía. Yo he escrito La rubia de ojos negros en ese espíritu. He inventado y he reinventado Los Ángeles, como hiciera en su momento el propio Chandler”.
Ni ha releído sus obras completas ni se ha documentado a conciencia para recrear la Bay City de Marlowe. Se ha limitado a sentarse en su estudio y escribir. Como siempre. “La obsesión por los hechos sofoca la novela. Flaubert dijo que había leído miles de libros cuando preparabaSalambó, su novela sobre Cartago, y al leerla puedes sentir el peso de todas esas lecturas”. Según el irlandés, la invención puede ser tanto o más convincente que la verdad.
Banville escribió La rubia de ojos negros en su estudio de Dublín. Un apartamento pequeño y luminoso frente al río Liffey, ajeno al bullicio que se extiende a ambas orillas. “El silencio es absoluto”. Solo lo quiebran, explica, los hijos de los vecinos que juegan en el patio y a quienes Banville escucha conmovido. “Se entretienen con juegos anticuados, como el escondite y el fútbol, se enamoran, se pelean. Son fantásticos”. Lleva más de veinte años escribiendo en este lugar de moqueta granate —“hace poco advertí que solo está desgastado el tramo que va de mi mesa a la cocina, el resto está impoluto”—, mobiliario austero y riguroso orden. Todo está en su sitio: los libros, los diccionarios, las postales, los sombreros. Es la cara o cruz del espacio de trabajo de otro irlandés ilustre, Francis Bacon, cuyo estudio se encuentra a diez minutos a pie del refugio de Banville. “El desorden que me rodea se asemeja a mi mente: puede que sea un buen reflejo de lo que se está fraguando dentro de mí”, escribió el pintor. Esa cita sirve ahora de aviso a los visitantes desprevenidos a punto de asomarse a ese caos tan necesario para él.

Mitos y franquicias

JUSTO NAVARRO
Philip Marlowe nació ya detective privado en 1939, en la primera novela de Raymond Chandler, El sueño eterno. No habla jamás de sus padres, y no tiene parientes, que se sepa, o eso decía su creador. Marlowe sigue vivo y, a pesar de haber llegado al mundo hace 75 años, tiene la misma edad que en 1939. Pertenece al tiempo atemporal de los mitos, de donde ahora lo rescata John Banville, alias Benjamin Black.Los mitos tienen la gracia de la resurrección incesante y fabulosa: inmortales griegos, bíblicos, evangélicos, artúricos y caballerescos, dráculas, tarzanes y peterpanes, Sherlock Holmes y James Bond, Poirot y Maigret, por qué no. Toleran la repetición sacralizadora, pero también la broma y el pastiche.
Un mito es siempre nuestro contemporáneo, y Marlowe merece renacer en este instante: desconfía de la riqueza y de sus poseedores, ajedrecista solitario, incómodo para los policías serviles con los poderosos y peligrosos para la gente como él. “La ley protege al que paga”, decía en Adiós, muñeca. Emigrante, bajó del norte al sur sin salir de California. Según Chandler, no tiene mucho dinero, pero viste lo mejor que puede. Fuma, bebe cualquier cosa que no sea dulce. Se levanta tarde por gusto y temprano por necesidad. Es un tipo, en el sentido en que Umberto Eco utiliza el término: Don Quijote es un tipo, pero solo es tipo de todos los Don Quijotes, tipo de sí mismo. Invita al eterno retorno, a la repetición siempre nueva.
El renacimiento de Marlowe debería consagrar los rasgos inolvidables que su creador atribuyó al detective: “Es un personaje de cierta nobleza, de ingenio corrosivo, triste pero no derrotista, solitario pero nunca realmente seguro de sí”. ¿Tiene conciencia social? “Tanta como un caballo”, responde Chandler. “Tiene conciencia personal, que es algo totalmente distinto”. Es un santo: encarna “la lucha de todos los hombres esencialmente honrados por ganarse la vida con decencia en una sociedad corrupta”. Mejor persona para el lector que para sí mismo, es más honorable que usted y que yo, dice Chandler, y concluye: “Si ver basura donde hay basura es un signo de inadaptación social, Marlowe es un inadaptado”.
Así, pero envejecido, era el Marlowe que Osvaldo Soriano imaginó en Triste, solitario y final (1974),donde el gordo Soriano formaba, personaje de su propia novela, pareja de aventuras con el flaco detective de Chandler, en un caso en torno al Gordo y el Flaco cinematográficos, también criaturas sagradas. Los recreadores de mitos no son ladrones de cadáveres, sino de seres vivos que reviven sin fin. Hay, sin embargo, una diferencia entre viejos inmortales como Jesucristo o Don Quijote y los inmortales recientes, que son héroes propiedad de los herederos de su creador, algo que probablemente Soriano ignoró. Si el nuevo uso de criaturas como Marlowe, Bond o Poirot se atiene a la lógica de los mitos, obedece forzosamente a la de la franquicia, que, según el diccionario de la Academia, significa “concesión de derechos de explotación de un producto, actividad o nombre comercial”, licencia para repetir la atmósfera de una marca, el diseño, el modelo.
El irlandés odia el verano. “Es la estación más aburrida”, aduce, y desde hace casi una década combate el tedio estival —las vacaciones están descartadas, “me crispa no hacer nada”, se justifica— escribiendo novela negra. Ya ha escrito seis, cinco de ellas ambientadas en el Dublín de los años cincuenta y protagonizadas por Quirke, un patólogo solitario y bebedor, aunque ahí terminan los paralelismos con Marlowe. “Quirke es simplemente un hombre curioso. En esa época en Irlanda no existía el concepto de justicia. Todo era una mentira, todo eran apariencias”. Marlowe, sin embargo, tenía otras ambiciones. “Siempre lo había admirado, pero me costaba creérmelo del todo: un hombre con su sensibilidad no podía ser tan duro. Pero me gusta su heroísmo, su caballerosidad, es un hombre que cree en un cierto tipo de justicia, que cree que es posible hacer algo de bien en el mundo. Estas son nociones muy anticuadas, pero por eso quiero que la gente joven lea a Chandler: la literatura negra de hoy es cada vez más violenta, más sangrienta, es hora de volver a la caballerosidad, al honor, a una ‘violencia educada’, que diría mi mujer”.
El verano es de Benjamin Black. El otoño, la estación más fértil, de John Banville. Black escribe en ordenador, sin reescrituras, tres meses de trabajo le bastan para terminar sus novelas. Banville escribe con inevitable lentitud —“entre ayer y hoy he escrito dos párrafos; el de hoy es más corto porque tenía esta entrevista”—, llenando las páginas en blanco de un libro que encuadernan especialmente para él con ayuda de una pluma, tarda entre tres y cinco años en poner el punto final. Black es un artesano; Banville, un artista. “Estoy muy orgulloso de los libros de Benjamin Black. Creo que son maravillosas piezas de artesanía. No digo que sean muy buenos libros, pero desde mi punto de vista están construidos con maestría, como si fuesen una silla o una mesa. En cambio, mi relación con los libros de Banville es muy complicada, tan oscura que apenas alcanzo a entenderla. No entiendo por qué los odio tanto. Supongo que simplemente porque son fracasos”. Banville es consciente de que la distinción no agrada a los escritores de novelas de detectives, pero nunca le ha preocupado demasiado medir sus palabras —para las hemerotecas queda su agradecimiento al jurado del Man Booker Prize que en 2005 premió su novela El mar y a quienes felicitó por atreverse a distinguir “una obra de arte” y romper la tendencia de premiar ficciones menos exigentes—. “Hace un par de semanas asistí a un festival de literatura negra en Key West y sé que los escritores presentes se molestaron, pero estoy convencido de que es verdad: para ser un artista, para hacer una obra de arte, debes gozar de libertad absoluta para hacer lo que te venga en gana, y cuando escribes novela negra en ella siempre debe haber un crimen. Eso restringe bastante tu libertad. Por eso creo que el género nunca podrá elevarse a la categoría de arte, aunque Chandler estuvo muy cerca”.
En sus cuadernos, Raymond Chandler dejó listados de posibles títulos para posibles novelas: La rubia de ojos negros es uno de ellos. Fue Ed Victor, agente del irlandés y representante del legado del estadounidense, quien le sugirió que lo utilizase. “Y le hice caso, aunque ya había empezado a escribir y [la protagonista] Clare Cavendish tenía el cabello oscuro y los ojos azules”. El lector de Benjamin Black, asegura Banville, encontrará en este libro una historia “mucho más ligera, más libre, con la luz y el sol de California, y el ingenio de Chandler”.

Me sobra energía literaria que derivo hacia Benjamin Black y, ahora, hacia Raymond Chandler. Me divierte”
No lo ha meditado demasiado, pero cree que le fascinaría que otro continuase con la saga de Quirke —cuya adaptación, una miniserie protagonizada por Gabriel Byrne y producida por la BBC, se emite en estos momentos la televisión irlandesa—. “Probablemente sea relativamente sencillo escribir un libro de Quirke porque hay ciertas cosas que se repiten en todos: la bebida, la desesperanza, la extraña relación que mantiene con su hija… En la mayoría de los casos, la literatura noir consiste en trabajar con clichés. Es lo bueno que tiene: tratar de hacer algo nuevo dentro de un género propenso al tópico”. Aún no sabe si repetirá con Chandler —“todo depende de cómo funcione La rubia de ojos negros, aunque la segunda vez no será tan divertida como la primera”—, pero tiene claro que con él terminan los revivals. “Mi mujer me sugirió que escribiese una continuación de Retrato de una dama de Henry James porque Isabel Archer es un personaje muy interesante y la novela termina de forma muy ambigua. Pero James es un gran artista y yo sería como un buitre alimentándome de los restos de un gran autor. Dicho esto, me parece una gran idea y me encantaría saber cómo sigue la vida de Isabel Archer: todos los hombres estamos enamorados de ella”.
En una catastrófica crítica publicada en 1991 en The New York Times,Martin Amis concluía que Robert B. Parker nunca debería haber escritoPerchance to dream, secuela de El sueño eterno de Chandler —tan solo un par de años antes Parker había completado otra novela chandleriana, La historia de Poodle Springs—. Pero no había vuelta atrás: el daño ya estaba hecho, lamentaba Amis. Mientras apura la segunda copa de vino tinto, Banville asegura que está preparado para hacer frente a la controversia que sabe acompañará a La rubia de ojosnegros. “Espero que me acusen de deshonrar la memoria de Chandler para escribir apasionadas defensas del libro, ¡habrá una gran polémica, será una gran campaña publicitaria! Seguro que habrá lectores adictos a Chandler y expertos que se deleitarán en señalar en dónde me he equivocado, pero mi respuesta será ‘escuchad, este libro es mío, no de Chandler. Además, es una obra de ficción: Philip Marlowe nunca existió”.
En estos momentos, la verdadera preocupación de Banville está muy lejos de Chandler. “Ya he escrito un tercio de mi próxima novela firmada por Banville y no tengo ni idea de qué va a suceder en la trama. No paro de pensar, ‘John, en algún momento tendrás que resolverlo. Estos personajes tienen
que hacer algo”. Desde su escritorio, tan solo tiene que mirar de reojo para ver los ocho libros envueltos en papel de seda blanco que encargó al encuadernador y que aguardan a que empiece a cubrir, lentamente, sus páginas.

lunes, 3 de marzo de 2014

Ignacio Rodríguez Alemparte.

       Saboreamos el placer de leernos dos obras de un compañero.
       Elena nos propuso para la tertulia competente unos relatos editado con el título mujeres, lugares y situaciones, en minúscula, incluso la primera letra de ese título, aunque en algunas publicaciones aparezca con mayúsculas. No parece arbitraria esta elección de estilo, sino una forma de eludir la autoridad de la gran obra  para pretender, sin pretensiones, ser una invitación a imaginar. 
      Imaginar mujeres que desean y deseadas, por lo que son y por lo que no sabemos que son, hueco que, nosotros los lectores, anegamos con imaginación. 
        Recrear lugares donde esas mujeres viven y el escritor-lector transita como turista que en la vida somos. Lugares comunes, ya conocidos gracias a los medios de transporte o mediante las autopistas de la información, en los que nos sentimos a gusto porque únicamente somos extranjeros si no nos comunicamos. Desierto y Atlas, parques nacionales con lagos, ciudades, extraradios, viviendas....
     Recordar situaciones ya vividas o contadas pero siempre imaginables. Situaciones de incomunicación, mejor de incomunicación imperfecta, de comunicación fugaz más allá del lenguaje en donde comienzan las palabras acaba la comunicación. En el cuento de la japonesa con su mensaje escrito se evidencia esto, pero en el de Uarzazate con la comunicación táctil también, como en el resto de los relatos de mujeres que nunca entendemos del todo, pero que sí podemos imaginar.
      Tras estos relatos aparentemente independientes me imaginaba al imaginador osado capaz de atreverse a poner en papel lo que sucede en su delirio en una cola de la comisaría, los efectos del calor en una guagua marroquí, lo que flota en un lago más allá de lo que se ve, lo que le sugiere una canción o el recuerdo de ésta, capaz de traducir el tedioso aburrimiento del baile en una galería de personajes que toman el tango como excusa para tocar a alguien, traducir del japonés una historia sugerida por unos ideogramas que estimulan la imaginación, lo que una procesión de Semana Santa invita a pensar a un no creyente...En cualquiera de los relatos tenemos que agradecer el elogio de la imaginación como terapia no escapista para vivir y la invitación a que imaginemos y lo escribamos.
       Cada relato está ilustrado con una obra gráfica original producto de la colaboración de varios artistas que le dan un valor extra a esta obra no sólo literaria que no sólo estimula la imaginación sino también la comunicación. Esto lo comprobamos en la tertulia en El Girón a la que asistió el autor invitado por Elena.


      Estíbaliz conocedora del autor y del evento al que más arriba nos referimos me sugirió una novela del mismo autor que, por supuesto, leí con curiosidad y sorpresa.
      Con mujeres, lugares y situaciones disfrutamos del elogio de la imaginación y de situaciones, lugares y personajes variados, en cambio, con Toda la lluvia nos informamos a través del testimonio de un colaborador en una ONG de la realidad de la vecina África. Lo que suponíamos que sería un viaje turístico es un documento real sobre el peligro cotidiano que es vivir en el este del África subsahariana. Puede parecer que se trate de un reportaje periodístico, lo es, y es un piropo que así se lo consideremos; pero es mucho más: una reflexión que por ser personal no deja de ser rigurosa sobre la desigual distribución de la riqueza y lo paradójico de la intervención humanitaria occidental.
         ¿Puede haber más? Pues lo hay. Ya que el autor, logrando todo lo que hemos dicho, no abandona sus temas habituales y tenemos música y una historia barnizada por el erotismo de la incomunicación imperfecta y de la intensidad de lo fugaz.
        Queremos más. Mucho más.
        ¿Se ambientará la próxima obra en las aulas? Extraño que no aparezcan en ningún relato ni en la novela.

miércoles, 26 de febrero de 2014

"El secreto de Christine" de Banjamin Black.

      Lele a través de Lourdes, sabiendo de mi gusto por la novela negra e Irlanda, me pasa y presta este novelón. Novelón por extensión y por más motivos que expondré a continuación.
      Tras un comienzo a lo Agatha Cristie, por lo bueno y por lo no tanto,  en que se presenta una situación intrigante en un ambiente un poco desdibujado en el que se va construyendo un mundo de intrigas y dramas familiares que atraviesa el Atlántico como lo ha hecho la emigración irlandesa.
     Utilizando los recursos propios del género, como la intriga provocada por las situaciones interrumpidas y los capítulos con final abierto para saltar a tramas paralelas, vamos adentrándonos en las clases sociales producto de un modelo económico que fomenta la desigualdad creciente. La utilización de los instrumentos narrativos de la novela negra y de intriga, siendo evidente y notable, se hace con una alta efectividad, de hecho los herederos de Raymond Chandler le encargan a este autor la continuación de las aventuras de Philip Marlowe, como ya ha realizado.
      Benjamin Black,  pseudónimo de John Banville, no me sorpende con este envoltorio nuevo de sus temas de las nóvelas de género más difuso. Sí me sorprende que  no me sorprenda ya que si el señor Banville nos sumergía en Irlanda a través de historias que a partir de lo íntimo y de la autoreconstrucción de la memoria nos dejaban en una babia sugerente, el señor Black también lo hace cerrando, ahora sí, las historias pero de una manera falsa ya que los personajes subsisten en nuestro pensamiento con todos los condicionantes de su biografía y, sobretodo, de sus condiciones socioeconómicas.
     Las relaciones íntimas, especialmente las sexuales, nos informan de una manera especial sobre los personajes. En esta obra parece que los vínculos filiales, de sangre o adquiridos, parecen predominar, más que como pertenencia a una familia a un clan económico. Me resultó curioso la presentación de forma muy erótica de la relación sexual entre un hombre relativamente joven y una mujer relativamente mayor, de forma muy parecida a cómo nos  la presentó en Antigua luz. 
      Como los buenos vinos que se multilican en boca y sus cualidades pemanecen estimulando la evocación de lo que no ha sucedido, esta novela me deja pensando en lo que no se ha escrito y se puede escribir. Mejor: en lo que no he leído y puedo leer.

miércoles, 5 de febrero de 2014

"La trama nupcial" de Jeffrey Eugenides.

 missatlaplaya.com  nos cuenta en su sección "Tiempo de leer" lo que nos parece interesante para la próxima tertulia:

Encontrar un buen libro es una de las mejores cosas que puede haber. No hay nada como disfrutar con buenas historias, personajes únicos y descripciones sorprendentes (aquellas que lees dos veces para apreciarla más). Un libro que te gusta tanto que no puedes dejar de leerlo, pero a la vez, intentas alargarlo lo máximo posible para que no se acabe pronto. Un libro que acabas recomendando a todo el mundo. La trama nupcial de Jeffrey Eugenides fue mi descubrimiento de este verano. El autor estadounidense ganó el Premio Pulitzer en 2003 por su novela Middlesex (el siguiente de mi lista), y su primer trabajo, Las vírgenes suicidas, fue llevado al cine por Sofia Coppola. Actualmente es uno de los mejores novelistas del panorama.
La trama nupcial gira en torno a la relación de Madeleine, una universitaria en su último año de carrera, con su novio bipolar Leonard y su no-relación con Mitchell, un compañero suyo que está enamorado de ella. Madeleine escribe su tesis sobre la trama nupcial en la novela, particularmente en la novela victoriana. Leonard lucha contra los síntomas de su trastorno a la vez que intenta terminar los estudios y mantener su trabajo. Por su parte, Mitchell busca el sentido de la existenciaviajando por el mundo. Está tan bien escrito que en ocasiones pareces estar presente en esaclase de Religión a la que acude Mitchell e incluso participas de alguna manera en los debates que plantea el profesor. Los personajes no son perfectos, pero hace que sus debilidades y defectos se comprendan, algo que me parece muy difícil de conseguir en un libro. El autor se inspiró en su propia experiencia para algunos fragmentos del libro, pues al igual que Mitchell, él también pasó una temporada haciendo voluntariado en Calcuta con la Madre Teresa.
Jeffrey Eugenides contó en una entrevista que el secreto para ser un buen escritor es pensar que estás escribiéndole una carta a tu amigo más inteligente, sea lo que sea que estés escribiendo, una novela, un relato corto… Nunca ser condescendiente, ni dar explicaciones superfluas. No dirigirse a una audiencia, sino al lector en su individualidad. Ponerse el listón alto.

Para empezar, mira todos los libros. Allí estaban sus novelas de Edith Wharton, ordenadas no por título sino por fecha de publicación; ahí estaba la colección completa de la Modern Library de Henry James, un regalo de su padre en su 21 cumpleaños; ahí estaban los desgastados libros de bolsillo necesarios para sus clases, mucho Dickens, un poquito de Trollope, junto a una cantidad considerable de Austen, George Elliot, y las formidables hermanas Brontë. Había muchos libros de bolsillo de New Directions, la mayoría poesía por tipos como H.D. o Denise Levertov. Allí estaban las novelas de Colette que leía furtivamente. Ahí estaba la primera edición de Parejas, perteneciente a su madre, en el que Madeleine se había sumergido brevemente en sexto y ahora utilizaba como apoyo textual de su tesis para Literatura Inglesa sobre la trama nupcial. Ahí estaba, en parte, su librería de tamaño medio pero transportable que representaba todo lo que Madeleine había leído en la universidad, una colección de textos, aparentemente elegidos al azar, cuyo enfoque se estrechaba lentamente, como un test de la personalidad, uno sofisticado que no podías engañar anticipando las implicaciones de las prefuntas y que al final acababas tan perdido que tu único recurso era responder la simple verdad. Y ahí esperabas el resultado, deseando “Artística”, o “Apasionada”, pensando que podrías vivir con “Sensible”, temiendo secretamente “Narcisista” y “Doméstica”, pero siendo finalmente presentada con un resultado que deshacía ambas maneras y te hacía sentir diferente según el día, la hora, o el tío con el que estuvieras saliendo: “Incurablemente romántica”. – La trama nupcial.















     El viernes 21 de marzo de 2014 nos reunimos en La Laguna, Hotel Hespérides, a propuesta de la inasistente Isabel. A pesar del frío con bastante puntualidad, excepto Calola que se despistó y no acudió a la cita. Los que allí nos reunimos: Angeles, Begoña, Domingo, Ana, María José y Lourdes hablamos de lugares, tiempos y situaciones pero de forma especial de la comida: carpaccio con tomate, ensalada tibia con langostinos, solomillo con salsa bearnesa  y papas fritas y un especial postre de mus de chocolate, además tatin de manzana son los platos que degusto en plena salivación. El Enate  contribuyó a soltar la lengua. El precio fue de 28 euros.
     El libro satisfizo, lo que no se preveía al inicio de la lectura, y los personajes complejos, variantes e incluso caprichosos se hicieron nuestros a pesar de su imprevisibilidad. Las patologías mentales de algunos personajes contribuyen a enriquecer nuestra perspectiva de los demás y a no trivializar el dolor ajeno, al tiempo que hacernos conscientes que nuestros estados son pasajeros y no necesariamente patológicos. Los viajes de otros protagonistas nos ofrecen una visión cosmopolita de la búsqueda de la identidad religiosa y social y de las insuficiencias para afrontar algunas apuestas. La estructura es más compleja de lo que parece en principio, lo que invita a una lectura más profunda. Lo que "echamos de más" quizás sea lo pretenciosos de las citas literarias para mostrar el ambiente intelectual y estudios de los protagonistas, pero quizás se deba a la diferencia en los estudios entre nuestro sistema educativo y uno anglosajón como el de Estados Unidos. Una de las cualidades que creo que más podemos destacar es cómo desde la intimidad familiar y emotiva de unos personajes podemos contemplar una visión de nuestro tiempo y nuestro mundo que ya ni es el siglo XX ni es un país, ni siquiera continente.
     La conversación concluyó con el establecimiento de la fecha de la próxima tertulia, viernes 11 de abril de 2014, lugar, La Chata en la calle Porlier de Santa Cruz, y el libro: La polilla y la herrumbre de Mary Cholmondely a propuesta de Calola.
    

Jeffrey Eugenides .

Lourdes, nos tiene mal acostumbrados y bien nutridos. Espero que lo primero no nos haga caer en el descuido  y convertirnos en mal agradecidos, y que lo segundo contribuya a nuestro crecimiento para mejor disfrute de lecturas, tertulias y comunicación.  Nos manda esta entrevista al autor de la próxima tertulia que apareció en El País-Cultura del 4 de abril de 2013.


Desmontar el amor

Jeffrey Eugenides escribe novelas cada nueve años y de propuestas muy distintas

En 'La trama nupcial' no reivindica la novela decimonónica, pero sí algunos aspectos de la tradición.

 Nueva York 4 MAY 2013 .


El escritor estadounidense Jeffrey Eugenides. / PASCAL PERICH.



Nacido en 1960 en Detroit, urbe que durante décadas fue el corazón de la industria automovilística más poderosa del planeta, a lo largo de su infancia y juventud JeffreyEugenides vivió de cerca el dramático proceso de deterioro que sufrió su ciudad natal desde el punto de observación privilegiado de Grosse Point, zona residencial situada en las orillas del lago Michigan.
        Estos dos enclaves, el centro urbano de Detroit y las áreas limítrofes a la metrópolis, constituyen el escenario de sus dos primeras creaciones novelísticas. Las vírgenes suicidas (1993) refiere la historia de cinco hermanas que ponen fin de manera consecutiva a sus vidas tras asomarse al terror primordial del sexo. Contada en primera persona del plural, la narración reproduce las fluctuaciones del coro de voces masculinas configurado por los antiguos pretendientes de las hermanas. La novela sorprendió por su frescura y originalidad y fue llevada al cine por Sofia Coppola.
       Nueve años después, en 2002, el escritor americano de origen griego publicaba una fábula si cabe más audaz y sorprendente que la anterior. Middlesex es una obra de considerable complejidad y ambición, diestramente contada por alguien (Calíope o Cal Stephanides, según el momento de la historia en que nos encontremos) que cambia de sexo durante el transcurso de la narración. La novela efectúa un recorrido por varias fases de la historia de una familia que se muda de continente, a la vez que da cuenta de diversos episodios históricos con la crónica convulsa de Detroit como trasfondo. Middlesex fue galardonada con el Premio Pulitzer en 2007.
        Con misteriosa regularidad, tras otros nueve años exactos de silencio narrativo, en 2011, Eugenides publicó en Estados Unidos una obra muy distinta de sus dos apuestas narrativas anteriores.La trama nupcial, que ahora edita Anagrama, es una luminosa meditación acerca de la distancia que media entre la vida y la literatura cuando esta última trata de atrapar el misterio inasible de la pasión amorosa. Con enorme agilidad, la acción da cuenta de las peripecias de un triángulo sentimental en el que se ven envueltos tres jóvenes que cursan estudios universitarios en un campus de élite de la Costa Este de Estados Unidos. En La trama nupcial Jeffrey Eugenides se adentra en un mundo ficcional tan alejado de los que había explorado en sus dos entregas anteriores que el lector tiene la sensación de estar frente a un escritor radicalmente nuevo.


         La conversación tiene lugar en un café senegalés de la Avenida Madison, en Manhattan. Jeffrey Eugenides transmite una impresión de inmediatez, claridad, sencillez y autenticidad que son reflejo fiel de los sentimientos que transmite su prosa.
PREGUNTA. Resulta intrigante saber que el motor de su última novela fue una frase que acababa de escribir.
RESPUESTA. Rigurosamente cierto. La protagonista de La trama nupcial estudia semiótica en la universidad, aunque lo que le gusta de verdad son las novelas a la antigua usanza, como las de Jane Austen. La frase que usted dice es: “Los problemas amorosos de Madeleine empezaron cuando sus lecturas de teoría literaria desconstruyeron la idea que tenía del amor”. En el momento en que escribí eso comprendí que tenía que empezar una novela distinta.
P. ¿Qué papel juega en todo esto la semiótica?
R. Madeleine lee con fruición los Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes, libro que le sirve para articular una postura intelectual acerca de la experiencia del amor, que la realidad se encarga de desmontar con suma facilidad, porque a la hora de la verdad se enamora perdidamente sin que ninguna teoría le sirva de ayuda.
P. Usted es autor de tres novelas que llaman la atención por lo distintas que son entre sí. ¿Cómo ve los cambios que le han llevado de un título a otro?

Cuando escribo un guion siento que estoy ante un enorme vacío. Echo de menos los matices de que es capaz la prosa
R. En Las vírgenes suicidas prima el lenguaje. No tenía aún mucha experiencia como novelista de modo que no pensaba demasiado en cuestiones como el argumento, que desvelo en el primer párrafo. Con Middlesex la cosa cambió radicalmente. Es una novela extensa, de una complejidad infinita, con numerosas ramificaciones, un verdadero rompecabezas, de manera que era imperioso prestar atención al armazón argumental. En La trama nupcial los personajes lo son todo. Dejé que fueran ellos quienes escribieran la novela, en lugar de imponerles una historia desde fuera como autor.
P. Las vírgenes suicidas está narrada en la primera persona del plural, algo que los escritores suelen rehuir. ¿Fue difícil?
R. No. Me limité a confiar en la voz. Le dejé leer el manuscrito a Donald Antrim, el escritor, que es muy amigo mío y me preguntó por qué no me olvidaba de las voces individuales y formaba un coro colectivo. La voz que empecé a escuchar entonces era como un conjuro que me llegaba de las profundidades del libro. Usted es escritor y sabe que en ficción lo más importante es dar con la voz que ha de conducir la narración. Cuando se da con ella, se trata de seguir sus indicaciones.
P. Te descubre cosas.
R. Te descubre cosas porque conecta con algo que hay dentro de ti. Te dice cosas que no sabías, es casi como si te diera permiso para adentrarte en el mundo que te has propuesto explorar. De repente se oye una voz que te dice qué debes hacer. Muchas veces el escritor está sumido en la incertidumbre, sin saber bien qué dirección tomar, hasta que una voz le señala el camino a seguir.
P. Usted fue alumno de John Hawkes.
R. Fui a la universidad para poder estudiar escritura creativa con él.
P. Hawkes era un experimentalista radical, pero usted parece haber evolucionado gradualmente hacia posturas más convencionales.
R. Si en el momento en que pusiera un pie fuera de este café me atropellara un autobús lo que dice usted sería cierto, pero tengo que decir que en estos momentos estoy escribiendo unos relatos que tienen muy poco de convencional.
P. ¿Cree que hay una cierta tendencia a volver a la tradición entre los escritores más importantes de su generación?
P. No es que me haya propuesto llevar la misión retrógrada de volver a la novela decimonónica, pero es verdad que hay cosas que vale la pena preservar de la tradición. La única manera de dar nueva vida a la novela es recombinando elementos muy dispares, mecanismos posmodernos, elementos tradicionales, aspectos de la novela psicológica, mezclándolo todo. No hay por qué sacrificar los logros del pasado en aras de ningún doctrinarismo.
P. ¿Qué libros hay en las estanterías del estudio donde escribe en su casa de Princeton?

La manera de dar
nueva vida a la novela
es recombinando elementos: mecanismos posmodernos, elementos tradicionales...
R. Sobre todo novelas y poesía de los grandes maestros del siglo XX, Joyce, Beckett, mucho Nabokov, bastante Philip Roth, Saul Bellow y Alice Munro, a quien cada vez leo más.
P. ¿Qué libros le han impactado más a lo largo de su vida?
R. Me vienen dos a la cabeza. Uno es Pálido fuego, de Nabokov. Lo leí durante un viaje a Turquía y me pareció que el reino de Zembla del que se habla en el libro se salía de las páginas fundiéndose con la realidad circundante. Era como si en lugar de a Turquía hubiera viajado al interior del libro. Desde el punto de vista emocional, la lectura más estremecedora de toda mi vida fue la de Anna Karenina. Ningún libro me ha impactado nunca tanto.
P. Nueve años exactos entre novela y novela. ¿Por qué tarda tanto?
R. Es como preguntarle a alguien que está haciendo el amor por qué no para.
P. ¿Es solo cuestión de placer?
R. En cierto modo sí, aunque hay otras cosas. Cuando escribo una novela no existe nada más. Vivo dentro de ella, me absorbe por completo. No sigo ningún plan, porque entonces se convierten en algo demasiado obvio, vivo dentro de la historia y normalmente no me siento satisfecho con lo que hago, al revés, me siento confundido y no sé en qué dirección seguir. Pero la historia avanza, voy viendo cómo se gesta milímetro a milímetro y cuando me quiero dar cuenta han pasado años.
P. ¿Cómo se da cuenta de que ha llegado el momento de parar?
R. Hay un punto en que todo lo que se le hace al libro lo empeora. Se empiezan a añadir partes que no hacen falta, a reescribir pasajes que al final no quedan mejor. Cuando pasa eso es momento de parar.
P. La palabra suicidio no parece circunscrita a su primera novela. También surge con cierta frecuencia en La trama matrimonial.
R. Supongo que debería preocuparme. Martin Amis volvía con cierta insistencia a la idea del suicidio hasta que un día se dio cuenta de que alguien había plantado esa semilla en él, alguien que conocía y que acabó por suicidarse había inoculado la idea en él y se filtró a los libros. Así que encontrarme el asunto en mis libros empieza a inquietarme.
P. Un elemento religioso gravita ocasionalmente sobre la novela. Alusiones a La nube del no saber, los místicos españoles, el maestro Eckhart, el viaje a India…
R. En Las variedades de la experiencia religiosa, William James explica bien cómo opera ese instinto en la gente joven. En ese sentido hay una razón personal. Hubo un tiempo en que me interesé por cosas como la meditación zen. Pero más allá de eso, creo que el elemento de que habla es algo radicalmente ausente de la novela contemporánea, lo cual es lamentable. En Anna Karenina, Levin sostiene una lucha consigo mismo por eso, porque siente que la vida carece de sentido y cuando al final de la novela nace su hijo tiene la impresión de que ha entrado en contacto con el origen de la vida, y es un momento muy intenso. Creo que momentos como ése, presentes también en la obra de otros grandes novelistas, nos obligan a enfrentarnos con nosotros mismos, planteándonos las preguntas más radicales que se derivan del hecho de existir. ¿La vida, la suya, la mía, tiene algún sentido o no lo tiene? La pregunta brilla por su ausencia en la literatura contemporánea y creo que es legítimo volver a formularla.

En La trama nupcial los personajes lo son todo. Dejé que fueran ellos quienes escribieran la novela, en lugar de imponerles una historia
P. Su novela le da un giro muy hábil al asunto al trasladar la cuestión del sentido de la vida al plano literario, preguntándose por el sentido o el significado de los textos que leemos. Los libros de teoría literaria que lee la protagonista proclaman la muerte del autor, del texto, del significado, aunque la realidad de su vida va por otro lado.
R. Muy poca gente ha visto ese aspecto de mi libro. Toda la cuestión de la semiótica no es más que una envoltura tras las que se ocultan cuestiones de más largo alcance. Hay un paralelo entre la negación del sentido en la literatura y la negación del sentido en la vida.
P. ¿Cuánto hay de autobiográfico en su novela?
R. Un 37%.
P. ¿El resto se lo deja a la imaginación?
R. Tampoco se puede dejar todo el trabajo a la imaginación. Lo vi muy claro cuando estaba escribiendo Middlesex. Había elementos históricos, como los sucesos de 1922 en Esmirna que exigen documentarse rigurosamente.
P. ¿Qué escritores le interesan entre sus contemporáneos?
R. Martin Amis, Franzen, David Wallace, Donald Antrim, George Saunders, y como le dije cuando me preguntó por mis estantes, Alice Munro. Cada vez la leo más.
P. En uno de los últimos números de The New York Review of Books, el artículo estrella es un análisis de Homeland por Lorrie Moore, una de las escritoras estadounidenses más respetadas. ¿Cree que los novelistas de mayor talento escriben para la televisión? ¿Que el equivalente al espíritu de Dostoievski sobrevive en series como The Wire?
P. David Foster Wallace fue el primero en decir cosas así, cuando confesaba que estaba enganchado a The Wire. Pronto lo comprobaré, porque me han encargado trabajar para la pantalla, aunque la verdad es que escribir novelas o escribir para televisión son actividades radicalmente distintas. Cuando escribo un guión siento que estoy ante un enorme vacío. Echo de menos los matices de que es capaz la prosa narrativa. Eso no quiere decir que no me gusten las series de televisión. Las veo, pero no sustituirán a la literatura. La idea de que la gente va a dejar libros para dedicarse exclusivamente a ver televisión es simplemente falsa. Ahora bien, hay una idea importante detrás de todo esto. Aunque como escritor no me preocupa la competencia que supuestamente se quiere hacer a la literatura desde otros medios, nunca me he avergonzado de querer atrapar la atención de la gente con un libro. Eso es algo totalmente legítimo que todos buscamos. Philip Roth no se cansó de decirlo. Nadie quiere ser tan frío e intelectual como para escribir libros que solo se enseñan en clases universitarias que son un pestiño. El escritor tiene que ser consciente de su obligación de darle algo gratificante al lector, algo que este no puede encontrar en ningún otro lugar salvo en un buen libro.