lunes, 3 de marzo de 2014

Ignacio Rodríguez Alemparte.

       Saboreamos el placer de leernos dos obras de un compañero.
       Elena nos propuso para la tertulia competente unos relatos editado con el título mujeres, lugares y situaciones, en minúscula, incluso la primera letra de ese título, aunque en algunas publicaciones aparezca con mayúsculas. No parece arbitraria esta elección de estilo, sino una forma de eludir la autoridad de la gran obra  para pretender, sin pretensiones, ser una invitación a imaginar. 
      Imaginar mujeres que desean y deseadas, por lo que son y por lo que no sabemos que son, hueco que, nosotros los lectores, anegamos con imaginación. 
        Recrear lugares donde esas mujeres viven y el escritor-lector transita como turista que en la vida somos. Lugares comunes, ya conocidos gracias a los medios de transporte o mediante las autopistas de la información, en los que nos sentimos a gusto porque únicamente somos extranjeros si no nos comunicamos. Desierto y Atlas, parques nacionales con lagos, ciudades, extraradios, viviendas....
     Recordar situaciones ya vividas o contadas pero siempre imaginables. Situaciones de incomunicación, mejor de incomunicación imperfecta, de comunicación fugaz más allá del lenguaje en donde comienzan las palabras acaba la comunicación. En el cuento de la japonesa con su mensaje escrito se evidencia esto, pero en el de Uarzazate con la comunicación táctil también, como en el resto de los relatos de mujeres que nunca entendemos del todo, pero que sí podemos imaginar.
      Tras estos relatos aparentemente independientes me imaginaba al imaginador osado capaz de atreverse a poner en papel lo que sucede en su delirio en una cola de la comisaría, los efectos del calor en una guagua marroquí, lo que flota en un lago más allá de lo que se ve, lo que le sugiere una canción o el recuerdo de ésta, capaz de traducir el tedioso aburrimiento del baile en una galería de personajes que toman el tango como excusa para tocar a alguien, traducir del japonés una historia sugerida por unos ideogramas que estimulan la imaginación, lo que una procesión de Semana Santa invita a pensar a un no creyente...En cualquiera de los relatos tenemos que agradecer el elogio de la imaginación como terapia no escapista para vivir y la invitación a que imaginemos y lo escribamos.
       Cada relato está ilustrado con una obra gráfica original producto de la colaboración de varios artistas que le dan un valor extra a esta obra no sólo literaria que no sólo estimula la imaginación sino también la comunicación. Esto lo comprobamos en la tertulia en El Girón a la que asistió el autor invitado por Elena.


      Estíbaliz conocedora del autor y del evento al que más arriba nos referimos me sugirió una novela del mismo autor que, por supuesto, leí con curiosidad y sorpresa.
      Con mujeres, lugares y situaciones disfrutamos del elogio de la imaginación y de situaciones, lugares y personajes variados, en cambio, con Toda la lluvia nos informamos a través del testimonio de un colaborador en una ONG de la realidad de la vecina África. Lo que suponíamos que sería un viaje turístico es un documento real sobre el peligro cotidiano que es vivir en el este del África subsahariana. Puede parecer que se trate de un reportaje periodístico, lo es, y es un piropo que así se lo consideremos; pero es mucho más: una reflexión que por ser personal no deja de ser rigurosa sobre la desigual distribución de la riqueza y lo paradójico de la intervención humanitaria occidental.
         ¿Puede haber más? Pues lo hay. Ya que el autor, logrando todo lo que hemos dicho, no abandona sus temas habituales y tenemos música y una historia barnizada por el erotismo de la incomunicación imperfecta y de la intensidad de lo fugaz.
        Queremos más. Mucho más.
        ¿Se ambientará la próxima obra en las aulas? Extraño que no aparezcan en ningún relato ni en la novela.

miércoles, 26 de febrero de 2014

"El secreto de Christine" de Banjamin Black.

      Lele a través de Lourdes, sabiendo de mi gusto por la novela negra e Irlanda, me pasa y presta este novelón. Novelón por extensión y por más motivos que expondré a continuación.
      Tras un comienzo a lo Agatha Cristie, por lo bueno y por lo no tanto,  en que se presenta una situación intrigante en un ambiente un poco desdibujado en el que se va construyendo un mundo de intrigas y dramas familiares que atraviesa el Atlántico como lo ha hecho la emigración irlandesa.
     Utilizando los recursos propios del género, como la intriga provocada por las situaciones interrumpidas y los capítulos con final abierto para saltar a tramas paralelas, vamos adentrándonos en las clases sociales producto de un modelo económico que fomenta la desigualdad creciente. La utilización de los instrumentos narrativos de la novela negra y de intriga, siendo evidente y notable, se hace con una alta efectividad, de hecho los herederos de Raymond Chandler le encargan a este autor la continuación de las aventuras de Philip Marlowe, como ya ha realizado.
      Benjamin Black,  pseudónimo de John Banville, no me sorpende con este envoltorio nuevo de sus temas de las nóvelas de género más difuso. Sí me sorprende que  no me sorprenda ya que si el señor Banville nos sumergía en Irlanda a través de historias que a partir de lo íntimo y de la autoreconstrucción de la memoria nos dejaban en una babia sugerente, el señor Black también lo hace cerrando, ahora sí, las historias pero de una manera falsa ya que los personajes subsisten en nuestro pensamiento con todos los condicionantes de su biografía y, sobretodo, de sus condiciones socioeconómicas.
     Las relaciones íntimas, especialmente las sexuales, nos informan de una manera especial sobre los personajes. En esta obra parece que los vínculos filiales, de sangre o adquiridos, parecen predominar, más que como pertenencia a una familia a un clan económico. Me resultó curioso la presentación de forma muy erótica de la relación sexual entre un hombre relativamente joven y una mujer relativamente mayor, de forma muy parecida a cómo nos  la presentó en Antigua luz. 
      Como los buenos vinos que se multilican en boca y sus cualidades pemanecen estimulando la evocación de lo que no ha sucedido, esta novela me deja pensando en lo que no se ha escrito y se puede escribir. Mejor: en lo que no he leído y puedo leer.

miércoles, 5 de febrero de 2014

"La trama nupcial" de Jeffrey Eugenides.

 missatlaplaya.com  nos cuenta en su sección "Tiempo de leer" lo que nos parece interesante para la próxima tertulia:

Encontrar un buen libro es una de las mejores cosas que puede haber. No hay nada como disfrutar con buenas historias, personajes únicos y descripciones sorprendentes (aquellas que lees dos veces para apreciarla más). Un libro que te gusta tanto que no puedes dejar de leerlo, pero a la vez, intentas alargarlo lo máximo posible para que no se acabe pronto. Un libro que acabas recomendando a todo el mundo. La trama nupcial de Jeffrey Eugenides fue mi descubrimiento de este verano. El autor estadounidense ganó el Premio Pulitzer en 2003 por su novela Middlesex (el siguiente de mi lista), y su primer trabajo, Las vírgenes suicidas, fue llevado al cine por Sofia Coppola. Actualmente es uno de los mejores novelistas del panorama.
La trama nupcial gira en torno a la relación de Madeleine, una universitaria en su último año de carrera, con su novio bipolar Leonard y su no-relación con Mitchell, un compañero suyo que está enamorado de ella. Madeleine escribe su tesis sobre la trama nupcial en la novela, particularmente en la novela victoriana. Leonard lucha contra los síntomas de su trastorno a la vez que intenta terminar los estudios y mantener su trabajo. Por su parte, Mitchell busca el sentido de la existenciaviajando por el mundo. Está tan bien escrito que en ocasiones pareces estar presente en esaclase de Religión a la que acude Mitchell e incluso participas de alguna manera en los debates que plantea el profesor. Los personajes no son perfectos, pero hace que sus debilidades y defectos se comprendan, algo que me parece muy difícil de conseguir en un libro. El autor se inspiró en su propia experiencia para algunos fragmentos del libro, pues al igual que Mitchell, él también pasó una temporada haciendo voluntariado en Calcuta con la Madre Teresa.
Jeffrey Eugenides contó en una entrevista que el secreto para ser un buen escritor es pensar que estás escribiéndole una carta a tu amigo más inteligente, sea lo que sea que estés escribiendo, una novela, un relato corto… Nunca ser condescendiente, ni dar explicaciones superfluas. No dirigirse a una audiencia, sino al lector en su individualidad. Ponerse el listón alto.

Para empezar, mira todos los libros. Allí estaban sus novelas de Edith Wharton, ordenadas no por título sino por fecha de publicación; ahí estaba la colección completa de la Modern Library de Henry James, un regalo de su padre en su 21 cumpleaños; ahí estaban los desgastados libros de bolsillo necesarios para sus clases, mucho Dickens, un poquito de Trollope, junto a una cantidad considerable de Austen, George Elliot, y las formidables hermanas Brontë. Había muchos libros de bolsillo de New Directions, la mayoría poesía por tipos como H.D. o Denise Levertov. Allí estaban las novelas de Colette que leía furtivamente. Ahí estaba la primera edición de Parejas, perteneciente a su madre, en el que Madeleine se había sumergido brevemente en sexto y ahora utilizaba como apoyo textual de su tesis para Literatura Inglesa sobre la trama nupcial. Ahí estaba, en parte, su librería de tamaño medio pero transportable que representaba todo lo que Madeleine había leído en la universidad, una colección de textos, aparentemente elegidos al azar, cuyo enfoque se estrechaba lentamente, como un test de la personalidad, uno sofisticado que no podías engañar anticipando las implicaciones de las prefuntas y que al final acababas tan perdido que tu único recurso era responder la simple verdad. Y ahí esperabas el resultado, deseando “Artística”, o “Apasionada”, pensando que podrías vivir con “Sensible”, temiendo secretamente “Narcisista” y “Doméstica”, pero siendo finalmente presentada con un resultado que deshacía ambas maneras y te hacía sentir diferente según el día, la hora, o el tío con el que estuvieras saliendo: “Incurablemente romántica”. – La trama nupcial.















     El viernes 21 de marzo de 2014 nos reunimos en La Laguna, Hotel Hespérides, a propuesta de la inasistente Isabel. A pesar del frío con bastante puntualidad, excepto Calola que se despistó y no acudió a la cita. Los que allí nos reunimos: Angeles, Begoña, Domingo, Ana, María José y Lourdes hablamos de lugares, tiempos y situaciones pero de forma especial de la comida: carpaccio con tomate, ensalada tibia con langostinos, solomillo con salsa bearnesa  y papas fritas y un especial postre de mus de chocolate, además tatin de manzana son los platos que degusto en plena salivación. El Enate  contribuyó a soltar la lengua. El precio fue de 28 euros.
     El libro satisfizo, lo que no se preveía al inicio de la lectura, y los personajes complejos, variantes e incluso caprichosos se hicieron nuestros a pesar de su imprevisibilidad. Las patologías mentales de algunos personajes contribuyen a enriquecer nuestra perspectiva de los demás y a no trivializar el dolor ajeno, al tiempo que hacernos conscientes que nuestros estados son pasajeros y no necesariamente patológicos. Los viajes de otros protagonistas nos ofrecen una visión cosmopolita de la búsqueda de la identidad religiosa y social y de las insuficiencias para afrontar algunas apuestas. La estructura es más compleja de lo que parece en principio, lo que invita a una lectura más profunda. Lo que "echamos de más" quizás sea lo pretenciosos de las citas literarias para mostrar el ambiente intelectual y estudios de los protagonistas, pero quizás se deba a la diferencia en los estudios entre nuestro sistema educativo y uno anglosajón como el de Estados Unidos. Una de las cualidades que creo que más podemos destacar es cómo desde la intimidad familiar y emotiva de unos personajes podemos contemplar una visión de nuestro tiempo y nuestro mundo que ya ni es el siglo XX ni es un país, ni siquiera continente.
     La conversación concluyó con el establecimiento de la fecha de la próxima tertulia, viernes 11 de abril de 2014, lugar, La Chata en la calle Porlier de Santa Cruz, y el libro: La polilla y la herrumbre de Mary Cholmondely a propuesta de Calola.
    

Jeffrey Eugenides .

Lourdes, nos tiene mal acostumbrados y bien nutridos. Espero que lo primero no nos haga caer en el descuido  y convertirnos en mal agradecidos, y que lo segundo contribuya a nuestro crecimiento para mejor disfrute de lecturas, tertulias y comunicación.  Nos manda esta entrevista al autor de la próxima tertulia que apareció en El País-Cultura del 4 de abril de 2013.


Desmontar el amor

Jeffrey Eugenides escribe novelas cada nueve años y de propuestas muy distintas

En 'La trama nupcial' no reivindica la novela decimonónica, pero sí algunos aspectos de la tradición.

 Nueva York 4 MAY 2013 .


El escritor estadounidense Jeffrey Eugenides. / PASCAL PERICH.



Nacido en 1960 en Detroit, urbe que durante décadas fue el corazón de la industria automovilística más poderosa del planeta, a lo largo de su infancia y juventud JeffreyEugenides vivió de cerca el dramático proceso de deterioro que sufrió su ciudad natal desde el punto de observación privilegiado de Grosse Point, zona residencial situada en las orillas del lago Michigan.
        Estos dos enclaves, el centro urbano de Detroit y las áreas limítrofes a la metrópolis, constituyen el escenario de sus dos primeras creaciones novelísticas. Las vírgenes suicidas (1993) refiere la historia de cinco hermanas que ponen fin de manera consecutiva a sus vidas tras asomarse al terror primordial del sexo. Contada en primera persona del plural, la narración reproduce las fluctuaciones del coro de voces masculinas configurado por los antiguos pretendientes de las hermanas. La novela sorprendió por su frescura y originalidad y fue llevada al cine por Sofia Coppola.
       Nueve años después, en 2002, el escritor americano de origen griego publicaba una fábula si cabe más audaz y sorprendente que la anterior. Middlesex es una obra de considerable complejidad y ambición, diestramente contada por alguien (Calíope o Cal Stephanides, según el momento de la historia en que nos encontremos) que cambia de sexo durante el transcurso de la narración. La novela efectúa un recorrido por varias fases de la historia de una familia que se muda de continente, a la vez que da cuenta de diversos episodios históricos con la crónica convulsa de Detroit como trasfondo. Middlesex fue galardonada con el Premio Pulitzer en 2007.
        Con misteriosa regularidad, tras otros nueve años exactos de silencio narrativo, en 2011, Eugenides publicó en Estados Unidos una obra muy distinta de sus dos apuestas narrativas anteriores.La trama nupcial, que ahora edita Anagrama, es una luminosa meditación acerca de la distancia que media entre la vida y la literatura cuando esta última trata de atrapar el misterio inasible de la pasión amorosa. Con enorme agilidad, la acción da cuenta de las peripecias de un triángulo sentimental en el que se ven envueltos tres jóvenes que cursan estudios universitarios en un campus de élite de la Costa Este de Estados Unidos. En La trama nupcial Jeffrey Eugenides se adentra en un mundo ficcional tan alejado de los que había explorado en sus dos entregas anteriores que el lector tiene la sensación de estar frente a un escritor radicalmente nuevo.


         La conversación tiene lugar en un café senegalés de la Avenida Madison, en Manhattan. Jeffrey Eugenides transmite una impresión de inmediatez, claridad, sencillez y autenticidad que son reflejo fiel de los sentimientos que transmite su prosa.
PREGUNTA. Resulta intrigante saber que el motor de su última novela fue una frase que acababa de escribir.
RESPUESTA. Rigurosamente cierto. La protagonista de La trama nupcial estudia semiótica en la universidad, aunque lo que le gusta de verdad son las novelas a la antigua usanza, como las de Jane Austen. La frase que usted dice es: “Los problemas amorosos de Madeleine empezaron cuando sus lecturas de teoría literaria desconstruyeron la idea que tenía del amor”. En el momento en que escribí eso comprendí que tenía que empezar una novela distinta.
P. ¿Qué papel juega en todo esto la semiótica?
R. Madeleine lee con fruición los Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes, libro que le sirve para articular una postura intelectual acerca de la experiencia del amor, que la realidad se encarga de desmontar con suma facilidad, porque a la hora de la verdad se enamora perdidamente sin que ninguna teoría le sirva de ayuda.
P. Usted es autor de tres novelas que llaman la atención por lo distintas que son entre sí. ¿Cómo ve los cambios que le han llevado de un título a otro?

Cuando escribo un guion siento que estoy ante un enorme vacío. Echo de menos los matices de que es capaz la prosa
R. En Las vírgenes suicidas prima el lenguaje. No tenía aún mucha experiencia como novelista de modo que no pensaba demasiado en cuestiones como el argumento, que desvelo en el primer párrafo. Con Middlesex la cosa cambió radicalmente. Es una novela extensa, de una complejidad infinita, con numerosas ramificaciones, un verdadero rompecabezas, de manera que era imperioso prestar atención al armazón argumental. En La trama nupcial los personajes lo son todo. Dejé que fueran ellos quienes escribieran la novela, en lugar de imponerles una historia desde fuera como autor.
P. Las vírgenes suicidas está narrada en la primera persona del plural, algo que los escritores suelen rehuir. ¿Fue difícil?
R. No. Me limité a confiar en la voz. Le dejé leer el manuscrito a Donald Antrim, el escritor, que es muy amigo mío y me preguntó por qué no me olvidaba de las voces individuales y formaba un coro colectivo. La voz que empecé a escuchar entonces era como un conjuro que me llegaba de las profundidades del libro. Usted es escritor y sabe que en ficción lo más importante es dar con la voz que ha de conducir la narración. Cuando se da con ella, se trata de seguir sus indicaciones.
P. Te descubre cosas.
R. Te descubre cosas porque conecta con algo que hay dentro de ti. Te dice cosas que no sabías, es casi como si te diera permiso para adentrarte en el mundo que te has propuesto explorar. De repente se oye una voz que te dice qué debes hacer. Muchas veces el escritor está sumido en la incertidumbre, sin saber bien qué dirección tomar, hasta que una voz le señala el camino a seguir.
P. Usted fue alumno de John Hawkes.
R. Fui a la universidad para poder estudiar escritura creativa con él.
P. Hawkes era un experimentalista radical, pero usted parece haber evolucionado gradualmente hacia posturas más convencionales.
R. Si en el momento en que pusiera un pie fuera de este café me atropellara un autobús lo que dice usted sería cierto, pero tengo que decir que en estos momentos estoy escribiendo unos relatos que tienen muy poco de convencional.
P. ¿Cree que hay una cierta tendencia a volver a la tradición entre los escritores más importantes de su generación?
P. No es que me haya propuesto llevar la misión retrógrada de volver a la novela decimonónica, pero es verdad que hay cosas que vale la pena preservar de la tradición. La única manera de dar nueva vida a la novela es recombinando elementos muy dispares, mecanismos posmodernos, elementos tradicionales, aspectos de la novela psicológica, mezclándolo todo. No hay por qué sacrificar los logros del pasado en aras de ningún doctrinarismo.
P. ¿Qué libros hay en las estanterías del estudio donde escribe en su casa de Princeton?

La manera de dar
nueva vida a la novela
es recombinando elementos: mecanismos posmodernos, elementos tradicionales...
R. Sobre todo novelas y poesía de los grandes maestros del siglo XX, Joyce, Beckett, mucho Nabokov, bastante Philip Roth, Saul Bellow y Alice Munro, a quien cada vez leo más.
P. ¿Qué libros le han impactado más a lo largo de su vida?
R. Me vienen dos a la cabeza. Uno es Pálido fuego, de Nabokov. Lo leí durante un viaje a Turquía y me pareció que el reino de Zembla del que se habla en el libro se salía de las páginas fundiéndose con la realidad circundante. Era como si en lugar de a Turquía hubiera viajado al interior del libro. Desde el punto de vista emocional, la lectura más estremecedora de toda mi vida fue la de Anna Karenina. Ningún libro me ha impactado nunca tanto.
P. Nueve años exactos entre novela y novela. ¿Por qué tarda tanto?
R. Es como preguntarle a alguien que está haciendo el amor por qué no para.
P. ¿Es solo cuestión de placer?
R. En cierto modo sí, aunque hay otras cosas. Cuando escribo una novela no existe nada más. Vivo dentro de ella, me absorbe por completo. No sigo ningún plan, porque entonces se convierten en algo demasiado obvio, vivo dentro de la historia y normalmente no me siento satisfecho con lo que hago, al revés, me siento confundido y no sé en qué dirección seguir. Pero la historia avanza, voy viendo cómo se gesta milímetro a milímetro y cuando me quiero dar cuenta han pasado años.
P. ¿Cómo se da cuenta de que ha llegado el momento de parar?
R. Hay un punto en que todo lo que se le hace al libro lo empeora. Se empiezan a añadir partes que no hacen falta, a reescribir pasajes que al final no quedan mejor. Cuando pasa eso es momento de parar.
P. La palabra suicidio no parece circunscrita a su primera novela. También surge con cierta frecuencia en La trama matrimonial.
R. Supongo que debería preocuparme. Martin Amis volvía con cierta insistencia a la idea del suicidio hasta que un día se dio cuenta de que alguien había plantado esa semilla en él, alguien que conocía y que acabó por suicidarse había inoculado la idea en él y se filtró a los libros. Así que encontrarme el asunto en mis libros empieza a inquietarme.
P. Un elemento religioso gravita ocasionalmente sobre la novela. Alusiones a La nube del no saber, los místicos españoles, el maestro Eckhart, el viaje a India…
R. En Las variedades de la experiencia religiosa, William James explica bien cómo opera ese instinto en la gente joven. En ese sentido hay una razón personal. Hubo un tiempo en que me interesé por cosas como la meditación zen. Pero más allá de eso, creo que el elemento de que habla es algo radicalmente ausente de la novela contemporánea, lo cual es lamentable. En Anna Karenina, Levin sostiene una lucha consigo mismo por eso, porque siente que la vida carece de sentido y cuando al final de la novela nace su hijo tiene la impresión de que ha entrado en contacto con el origen de la vida, y es un momento muy intenso. Creo que momentos como ése, presentes también en la obra de otros grandes novelistas, nos obligan a enfrentarnos con nosotros mismos, planteándonos las preguntas más radicales que se derivan del hecho de existir. ¿La vida, la suya, la mía, tiene algún sentido o no lo tiene? La pregunta brilla por su ausencia en la literatura contemporánea y creo que es legítimo volver a formularla.

En La trama nupcial los personajes lo son todo. Dejé que fueran ellos quienes escribieran la novela, en lugar de imponerles una historia
P. Su novela le da un giro muy hábil al asunto al trasladar la cuestión del sentido de la vida al plano literario, preguntándose por el sentido o el significado de los textos que leemos. Los libros de teoría literaria que lee la protagonista proclaman la muerte del autor, del texto, del significado, aunque la realidad de su vida va por otro lado.
R. Muy poca gente ha visto ese aspecto de mi libro. Toda la cuestión de la semiótica no es más que una envoltura tras las que se ocultan cuestiones de más largo alcance. Hay un paralelo entre la negación del sentido en la literatura y la negación del sentido en la vida.
P. ¿Cuánto hay de autobiográfico en su novela?
R. Un 37%.
P. ¿El resto se lo deja a la imaginación?
R. Tampoco se puede dejar todo el trabajo a la imaginación. Lo vi muy claro cuando estaba escribiendo Middlesex. Había elementos históricos, como los sucesos de 1922 en Esmirna que exigen documentarse rigurosamente.
P. ¿Qué escritores le interesan entre sus contemporáneos?
R. Martin Amis, Franzen, David Wallace, Donald Antrim, George Saunders, y como le dije cuando me preguntó por mis estantes, Alice Munro. Cada vez la leo más.
P. En uno de los últimos números de The New York Review of Books, el artículo estrella es un análisis de Homeland por Lorrie Moore, una de las escritoras estadounidenses más respetadas. ¿Cree que los novelistas de mayor talento escriben para la televisión? ¿Que el equivalente al espíritu de Dostoievski sobrevive en series como The Wire?
P. David Foster Wallace fue el primero en decir cosas así, cuando confesaba que estaba enganchado a The Wire. Pronto lo comprobaré, porque me han encargado trabajar para la pantalla, aunque la verdad es que escribir novelas o escribir para televisión son actividades radicalmente distintas. Cuando escribo un guión siento que estoy ante un enorme vacío. Echo de menos los matices de que es capaz la prosa narrativa. Eso no quiere decir que no me gusten las series de televisión. Las veo, pero no sustituirán a la literatura. La idea de que la gente va a dejar libros para dedicarse exclusivamente a ver televisión es simplemente falsa. Ahora bien, hay una idea importante detrás de todo esto. Aunque como escritor no me preocupa la competencia que supuestamente se quiere hacer a la literatura desde otros medios, nunca me he avergonzado de querer atrapar la atención de la gente con un libro. Eso es algo totalmente legítimo que todos buscamos. Philip Roth no se cansó de decirlo. Nadie quiere ser tan frío e intelectual como para escribir libros que solo se enseñan en clases universitarias que son un pestiño. El escritor tiene que ser consciente de su obligación de darle algo gratificante al lector, algo que este no puede encontrar en ningún otro lugar salvo en un buen libro.

jueves, 9 de enero de 2014

"Intemperie" de Jesús Carrasco.

Isabel, Lourdes y otras tertulianas nos aconsejaron esta primera obra de Jesús Carrasco:

Intemperie
Un niño que se escapa de casa entra en contacto con un pastor en una huída por la meseta castigada por una sequía que hace más peligrosos a sus perseguidores. Nos recuerda La carretera de Corman McCarthy en el retrato de la relaciones niño-adulto y el proceso de tránsito hacia la madurez. La meseta de Miguel Delibes y Familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela con la violencia que se respira sin causa aparente, como constitutivo del ser humano nos parecen antecedentes de esta novela que nos muestra un ambiente que ya hemos respirado en películas como La caza de Carlos Saura.

Mejor novela de 2013, según los lectores de EL PAÍS: ‘Intemperie’

El escritor extremeño relata en 'Intemperie', mejor novela según los lectores, los motivos por los que vale la pena escribir


Me piden que hable sobre mi vivencia de este año con Intemperie, mi primera novela, publicada por Seix Barral en enero pasado. Como no sé por dónde empezar, contaré sólo una anécdota que ejemplifica parte de lo mucho que he experimentado y sentido a lo largo de estos meses. Hace unas semanas, tras la clausura de las Jornadas de Bibliotecas de Extremadura, un hombre vino a verme y me dijo que él era el niño de Intemperie. Tuve que mirarlo a los ojos para comprender lo que quería decirme. Tenía una mirada profunda y apesadumbrada. Charlar con él me confirmó lo que intuía en sus ojos: que había sufrido, que se había rozado con la vida, que tenía cicatrices por todas partes. Me confesó que el libro le había dolido pero que también lo había sanado. Yo no sé muy bien por qué escribo, pero ese encuentro me ayudó a comprender dónde reside el poder de la literatura y, más ampliamente, de la palabra. Antes de comenzar una novela, sabemos que lo que vamos a encontrar es un artefacto. Un montón de palabras sobre un papel en blanco. Sin embargo, durante la lectura, suspendemos aquellas categorías que nos sirven para habitar el mundo y, por unas horas, nos desplazamos por un territorio que es, a lo sumo, sólo una imagen de la vida. ¿Por qué entonces a ese hombre le dolía una mera representación de lo real? La respuesta a esa pregunta bien vale un oficio y, para mí, condensa lo vivido en un año entero
* Jesús Carrasco (Badajoz, 1972)





domingo, 5 de mayo de 2013


ENTREVISTA CON JESÚS CARRASCO, AUTOR DE LA NOVELA 'INTEMPERIE'



  JESÚS CARRASCO: ‘INTEMPERIE’ ES UN FRESCO SOBRE LA DIGNIDAD”



El escritor, nacido en Badajoz hace 41 años, está revolucionando el panorama literario con su primera novela, vendida a 13 países


Por Antonio Medina Díaz*


El escritor pacense Jesús Carrasco, autor de la novela 'Intemperie', una de las últimas sensaciones literarias
Y de pronto… llega ‘Intemperie’, una novela que está revolucionando el panorama literario español; una novela que, incluso antes de salir publicada en España por Seix Barral, sus derechos fueron vendidos en la última Feria de Frankfurt a editoriales de 13 países; una novela que, con poco más de 200 páginas y tres personajes, tiene el aliento de un clásico: ‘Pedro Páramo’, ‘Cien años de soledad’, el mejor Delibes, el mejor Cela... Son palabras mayores, pero son palabras que ya comparten los miles de lectores que, solo en nuestro país y en pocos meses, han hecho que la novela vaya por la octava edición. ‘Intemperie’ es un relato duro, salpicado de momentos de gran lirismo donde la presencia de una naturaleza inclemente hilvana toda la trama y en la que la dignidad del ser humano brota del paisaje seco y polvoriento con una fuerza inusitada. ‘Intemperie’ es todo eso y más y aún guarda otra sorpresa: su autor, Jesús Carrasco, es extremeño y ahora vive en Sevilla. Nació en Badajoz en 1972 y pasó parte de su infancia en Olivenza. Extremadura está en el lenguaje de la novela y en el paisaje de la obra, dotado de una fuerza protagonista que al aparecer sin referencias de lugares, nombres y tiempo permite al lector centrarse exclusivamente en los hechos. Carrasco será el pregonero, el próximo viernes día 10, de la Feria del Libro de Badajoz.


¿Qué es ‘Intemperie’? ¿Una tragedia clásica? ¿Una lucha entre la violencia y el mal? ¿El triunfo de la dignidad?

Todas las lecturas que apunta son, desde luego, lecturas posibles. Si debo elegir una, me quedo con la última, pero alterada. Más que un triunfo de la dignidad, creo que es un fresco sobre la dignidad.
¿Cómo es su proceso de creación? ¿Parte de una idea previa y la empieza a escribir cuando ya la tiene bien elaborada o se va haciendo sobre la marcha?

Comparto la idea de Auster cuando dice que sabe cómo comienza y termina una obra, y que el espacio blanco que hay entre medias, se llena dejando a los personajes vivir. Parto, generalmente, de una intuición. Mi trabajo, a priori, consiste en acotar el espacio donde esa intuición ha de tomar una forma.

Uno tiene la impresión de que el texto de su novela se construye sobre un lenguaje que no es literario, el que se encuentra leyendo, sino vivido, el que se respira en la casa, la familia, en el sitio en que se vive y se aprende a hablar. ¿Es así?

El lenguaje de la novela es en parte natural y en parte buscado. En cualquier caso, busco mi propia cadencia a la hora de construir el texto. Ha de sonarme bien cuando lo leo en voz alta, independientemente de que tenga o no resonancias literarias. Ha de ser algo parecido a la respiración.

No hay nombres ni fechas, solo “el niño”, el “cabrero”, el “alguacil”. ¿Ha eliminado todo lo demás para que estos personajes lleguen al lector más intensamente?

En parte sí. Lo simbólico, por definición, tiende a concentrar significado y a intensificar su presencia. Despojando a los personajes de sus atributos particulares, lo que nos queda son arquetipos capaces, por un lado, de tener una mayor presencia y, al mismo tiempo, de encontrar a una mayor cantidad de receptores dispuestos a acogerlos.

Al lector extremeño no le resulta difícil identificarse con el paisaje, con la desolación del campo, de las ruinas, de las edificaciones; por supuesto, también con el lenguaje. Aunque se le ha relacionado con el mundo de Delibes, parecería como si estuviese pensando en Extremadura mientras escribía la novela. ¿Es cierto?

Aunque los paisajes de Intemperie existen en la realidad, no estaba pensando particularmente en Extremadura. A pesar de que los haya desdibujado, necesitaba esas imágenes para construir la obra y tiré del escenario que, por circunstancias de la vida, me quedaba más a mano. Pero lo cierto es que ese paisaje aspira a ser ibérico, así que Extremadura, por supuesto, es una ubicación posible para la novela.

En algunas entrevistas confiesa que le ha sorprendido el éxito de ‘Intemperie’. ¿Por qué? ¿Cree que su novela no lo merece?

El éxito, en ocasiones, no se corresponde sólo con el merecimiento. Yo he hecho mi trabajo lo mejor posible, pero si no me hubiera cruzado en el camino con la que ahora es mi editora, el lugar que en este momento ocupa el libro no sería el mismo. Para mí, que lo he visto nacer, el libro sigue siendo el mismo texto que había en aquel montón de folios que era el manuscrito.

¿Escribe poesía? Hay párrafos de ‘Intemperie’ con un gran aliento lírico…

No escribo poesía, pero la leo. El aliento lírico al que ser refiere, tiene que ver, en mi caso, con la mirada. La belleza está delante de nosotros, pero necesitamos entrenar la mirada para que sea capaz de percibirla. Yo hago todo lo posible por mantener mi mirada en forma.

¿Teme que la repercusión internacional de ‘Intemperie’ trastoque sus planes de escritor?

Mis planes de escritor, antes de esa repercusión internacional, eran seguir escribiendo a salto de mata mientras trabajaba de cualquier otra cosa. El "trastorno" al que alude, me va a permitir estar algún tiempo dedicado solo a la escritura.

¿Cuándo podremos ver en las librerías la novela que está escribiendo ahora?

No tengo ni la menor idea. Todavía tengo mucho trabajo por delante para llevar la obra a término. Cuando la concluya, mi editorial tendrá que encontrar el momento más propicio para publicarla. Si sumamos esos dos inciertos plazos, es imposible saber cuándo llegará esa futura novela a las librerías.


*Antonio Medina Díaz es director de AULA MAGNA, la revista de la Universidad de Mayores de Extremadura .







Jesús Carrasco, autor de 'Intemperie'. / NACHO ALEGRE
Con su rostro serio, su cabeza rapada combinada con bigotes de húsar, su atuendo radicalmente discreto y su mirada taladrante, Jesús Carrasco no parece el hombre más entusiasta con las actividades sociales mundanas. Pero cuando inicio la conversación preguntándole si le ha resultado una experiencia agradable venir a firmar libros a Madrid, contesta que sí. Descarto indagar sobre si su cola ha sido larga, normalita o encogida, pero insisto en si disfruta con los encuentros con sus lectores. Responde que suelen ser interesantes, y que esta mañana uno de ellos se le ha puesto a llorar “como una magdalena” al contarle cuánto se había reconocido en su primera novela.

Conversaciones frescas en compañía de personajes singulares de la vida pública española. Tras Ada Colau, Mikel López Iturriaga aborda al escritor Jesús Carrasco.
Asumo que tan positiva predisposición a un ritual que muchos escritores sufren en silencio se deberá a que es un autor novel, y acojo con empatía la anécdota del lector conmocionado. A mí también me impactó Intemperie (Seix Barral). La novela con la que este extremeño afincado en Sevilla se estrenó hace unos meses narra la brutal historia de un niño que huye de su casa, un cabrero que le acoge y un alguacil que le persigue en algún lugar y algún tiempo indeterminado del campo español de la primera mitad del siglo XX. Tan desnudo en su estilo como los yermos paisajes que describe, es un libro cargado de simbolismos, con un misterio que atrapa y una violencia que impacta. Tanto que ha causado sensación en el mundillo editorial internacional: ya se ha publicado en Alemania y Holanda, y pronto lo hará en 11 países más.
PREGUNTA: Su libro se lee como se ve una serie o una película de miedo. ¿Cuál es el truco para crear un misterio tan adictivo?
RESPUESTA: El misterio está fundamentalmente en el silencio, en lo que no se dice. Ha habido por mi parte un trabajo de contención y de recorte en el diálogo: intentar que los personajes hablen para que el lector no sepa tanto lo que piensan, sino que lo imagine. El misterio está en regresión, pero es un valor fundamental.
P: En Intemperie no cuenta el lugar y la época en que se desarrolla la acción. ¿Por qué se niega a revelarlo?
R: No creo que tenga ningún sentido hacerlo. De hecho, creo que hablo demasiado de la novela. Me gusta mantener una visión limpia como lector, como espectador de obras de arte o de cine. Prefiero no saber y sacar yo mi propia conclusión. A veces, si admiras a alguien suele ser porque sabes poco de él.
P: Con la facilidad para acceder a la información en Internet, es difícil mantener ese desconocimiento.
R: En términos objetivos, es evidente que Internet es un adelanto. Pero uno de sus efectos perniciosos es que ha sido la puntilla del misterio. Del siglo XIX a esta parte se está haciendo un ejercicio de pornografía con la realidad: cada vez todo es más explícito, desde la propia intimidad de cada ser hasta cualquier acontecimiento social. El misterio está en constante regresión, y para mí es un valor fundamental en la vida. Hay cosas que es mejor no conocer. Yo no quiero saberlo todo, también quiero dejarme llevar y emborracharme.
P: Ha dicho que el tema principal de su novela es la dignidad. ¿Por qué le interesa tanto ese concepto?
R: La dignidad surge en cada esquina. Solo hay que verla, es como la belleza o el arte, y consiste en ser capaz de mantener la postura después de sufrir las inclemencias de la vida. Eso me interesa muchísimo, y quiero ser capaz de dirigir mi vida en esa dirección. Ser capaz de mantener la postura, de ser esa persona que en el metro, cuando alguien está siendo agredido, interviene.
P: ¿Usted cree que es un valor en alza o a la baja?
R: En alza. No soy nada pesimista: prefiero quedarme con las personas que salen a la calle a reivindicar los derechos, luchar por la sanidad, por la educación pública, en vez de quedarse en casa. Cada vez hay más redes de intercambio o apoyo mutuo: lo veo en mi vida cotidiana, y también las practico.
P: ¿Algún ejemplo que le haya llamado la atención?
R: Hace poco, en EL PAÍS leí la historia de un matrimonio que desde hace años están abriendo su casa a inmigrantes sin papeles. Están metiendo en el templo que es el hogar a gente que no conocen de nada, y su hijo está allí, está disfrutando, viviendo con intensidad ese ejemplo. Para mí son héroes. No hace falta subir al Everest ocho veces en biquini, me parece mucho más alucinante aguantar la incomodidad de tener desconocidos en tu casa.
P: Otro tema de la novela es la violencia en un contexto de necesidad extrema. ¿Le sorprende que en la situación tan grave que vive España no haya más conflictos de los que hay?
R: Sí. La respuesta sencilla, la fácil, es la de la familia. La familia como armazón social oculto o subestructura que está soportando todo eso, esas fricciones. Por otro lado, quizá es que somos un pueblo permanentemente invadido y tenemos este carácter. Un país acostumbrado a una cierta adecuación, como esas plantas o animales que de repente tienen un parásito y lo que hacen es rodearlo con parte de su propia estructura. No puedo contigo, pues te acojo, te tengo aquí controlado. Mi pregunta o mi duda es qué pasará después. Cuando vuelva el dinero, ¿dónde estará la educación, la sanidad, los derechos? ¿Dónde estarán los poderosos? Eso me da mucho miedo, nos va a costar mucho trabajo volver a recuperar lo que teníamos.
P: Se ha relacionado su novela con el Delibes de Los santos inocentes, pero no tanto con La familia de Pascual Duarte, de Cela, el primer libro que me vino a la cabeza cuando empecé a leer Intemperie. ¿Es una referencia para usted?
R: No. Lo he leído, pero ni el libro ni el tremendismo como movimiento literario son una referencia. Es una época de la literatura que me deprime, porque refleja esa España tan sombría, tan polvorienta.
P:Pues su libro es bastante tremendista.
R: Sí, sí lo es. Pero la influencia viene más del tremendismo norteamericano. He leído mucha más literatura norteamericana que española. Los relatos de Carver son durísimos, no se salva nadie, todo es atroz, y para que veas un hilito de esperanza… Al mismo tiempo son relatos poderosos, bien tramados, que te enganchan, y que a mí me transmiten muchas cosas. Cuando hablo de Carver, hablo de Richard Ford, de John Updike, de John Cheever o de Cormac McCarthy: si acaso, viene de ahí esta visión un poco lúgubre de la realidad.
P: Supongo que su estilo, tan desnudo, también bebe de esos autores.
R: Ahí yo creo que Carver es el campeón. Hay un cuento suyo que dice: “Un día llamaron a mi puerta y encontré un hombre con ganchos que quería vender una foto de mi casa”. El cuento dura un poco más, pero por mí se podía haber acabado así. Él era el rey de la poda, y yo aspiro a ser no el rey ni el príncipe, pero sí a ser un buen podador. Quitar, quitar y quitar, y dejar interpretar a los demás. Eso es la poesía también, que a mí como género me interesa mucho en tanto que ultima precisamente eso, la máxima imagen con la mínima expresión formal.
P: Pero usted no escribe poesía, ¿no?
R: No me atrevo. No tengo coraje, ni tablas. En la poesía no te puedes escapar, no son 200 páginas donde puedes cargar aquí o allá.
P: ¿Es usted tan parco, tan austero y tan esencial como su literatura?
R: Yo no había hablado tanto en mi vida como estos meses. En mi círculo íntimo no soy parco, incluso cuento chistes, pero fuera de él soy una persona silenciosa. Ni me gusta hablar por hablar, ni me gusta decir tonterías. No se confunda esto con solemnidad o seriedad: me encanta reírme, pero tiendo a hablar poco. Hay un dicho que dice: “Los que saben no hablan, los que hablan no saben”. Yo no sé si cumplo ese axioma, pero procedo de una tradición silenciosa también. En casa se ha hablado poco, para bien y para mal. Me encanta reírme, pero tiendo a hablar poco.
P: Dice que le encanta reírse, pero en Intemperie no hay ni una gota de sentido del humor.
R: Me gustaría, pero el humor es difícil. Admiro tanto a Eduardo Mendoza, a Tom Sharpe, a Shakespeare, a Oscar Wilde… Mendoza dice que siempre ha sido un género denostado, y yo añado que además es un género complicadísimo. A lo mejor, porque hay pocos escritores capaces de asumirlo con solvencia, directamente se desprecia. Si en mis próximas novelas voy incorporando el humor, significará que voy ganando aptitudes como escritor. Quizá mi última obra sea desternillante, la que haga antes de jubilarme.
P: Tiene una imagen contundente. ¿Puede un escritor serio cultivar su look?
R: Pues yo te diría que, lejos de cultivarlo, todo lo contrario. Mi calva no procede del cultivo, sino más bien de la falta del mismo: voy calvo porque se me cayó el pelo hace 15 años, y es muy triste ir con una loncha. Y el bigote, pues llevo casi 20 años con él. Me lo dejé, me lo quité y me dije: “Vaya cara de tonto”. Así que al final se quedó ahí. Pero no es premeditado, llevo así toda mi vida. Prometo dejarme el pelo largo para la próxima novela.
P: La peluca es otra opción.
R: O los implantes.
P: ¿Proviene usted de un ambiente rural como el de su libro?
R: La mitad de mi vida la he pasado en el campo. Nací en Olivenza, un pueblo de Badajoz que está en la frontera con Portugal. Cuando tenía cuatro años, mi familia se trasladó a Torrijos, un pueblo de Toledo. He pasado mi vida entera dando tumbos por los caminos, subiéndome a los árboles, construyendo cabañas, cazando perdices a mano y conejos con hurones, haciendo ese tipo de cosas que se hacen en los pueblos. Es la tierra que amo, es mi lugar en el mundo en cierto modo. En el libro hay un interés por dignificar lo rural. Se nos olvida muchas veces que España es mucho más que Madrid, Barcelona, Bilbao y Valencia. Ves el telediario, donde los reporteros cogen a la gente debajo de la redacción, y parece que España es la calle de O’Donnell de Madrid. Pues no: hay gente que vive de otra manera. Pero desde el desarrollismo de los cincuenta y sesenta, el foco de los medios está en las ciudades y parece que lo demás no existe. En el libro hay un interés por dignificar lo rural. es la tierra que amo.
P: La gente de ciudad tendemos a pensar que nos vamos a aburrir en sitios así porque nunca pasa nada.
R: Vivir en el campo es muy duro. Pero yo invito al urbanita a que vaya al campo no a visitar, sino a experimentar cosas que en la ciudad son difíciles de probar: el horizonte, la nada, el vacío, el aburrimiento, soportarse a uno mismo, mirar alrededor, bajarse un poco de este frenesí en el que vivimos. Yo encuentro ahí cosas importantes de la vida, ya no simplemente paz.
P: ¿Por ejemplo?
R: Entender quién es uno mismo, tener capacidad para verse, para pensar un poco, para no verse interrumpido, para tener paciencia. Virtudes todas muy útiles, incluso en la ciudad. La paciencia es necesaria para vivir en pareja, para negociar, para no volverse loco en un atasco de tráfico… Para cualquier situación en la que puedas ponerte en el lugar del otro en vez de gritarle.
P: Pues nuestra civilización parece ir justo en el sentido contrario.
R: Yo veo que ya no podemos estar parados. Antes, hace siete años, cuando no había smartphones, la gente iba en el metro leyendo, dormida o mirando a la nada, y ahora nadie va así. Parece que ese tiempo hay que aprovecharlo, como si lo perdiéramos. Me parece una obsesión atroz, atroz para construirte. La vida es un crecimiento, somos maestros de nosotros mismos, y el objetivo es que el último de nuestros días seamos nuestra mejor versión gracias a lo que hemos sido capaces de atesorar y eliminar a lo largo de nuestra vida. Y para eso hace falta tiempo, hace falta atención, hace falta una serie de cosas que se nos están yendo de las manos.
P: Pero ahora vive en Sevilla, una gran ciudad.
R: Vivo en el centro peatonalizado. No tengo coche y voy andando o en bici a todas partes. Me mudé aquí por mi mujer, que es sevillana. Cuando vine, hace nueve años, ella tenía más difícil laboralmente moverse a Madrid y yo trabajaba de freelance. La típica cosa que es temporal y al final te quedas.
P: Trabajaba como redactor publicitario.
R: De redactor publicitario, diseñador cutre, contabilidad, paquetería.
P: ¿Alguna campaña de la que se sienta orgulloso?
R: Sí, pero son muy chicas. Casi toda mi vida publicitaria he trabajado para Bankinter de una u otra manera, y hay campañas de las que me siento ­orgulloso, pero que nadie recordaría: solo las han visto clientes del banco en su casa.
P: ¿Y se puede mantener la dignidad haciendo publicidad para un banco hoy día?
R: Hoy día no lo sé, y en aquella época tampoco lo sé. Al principio yo sufría mucho con esto e iba a trabajar con sensación de culpa. Un día me encontré con una profesora de Filosofía que me preguntó a qué me dedicaba. Le dije que a la publicidad, y ella me respondió que era una manera bonita de difundir belleza. Entonces empecé a verlo desde otro punto de vista. No me quito mi responsabilidad, yo también he formado parte del engranaje y vendía cosas que jamás habría comprado, pero también aprendí que nosotros no obligamos a nadie a comprar. No creo en este discurso de “somos víctimas de la publicidad, somos víctimas de la prensa, somos víctimas del sistema, de la política”, etcétera. A nadie se le ha obligado a coger una hipoteca, a nadie se le ha obligado a comprarse un coche. La gente lo hace porque quiere o porque no pone los filtros suficientes a aquellos estímulos que le vienen y le dicen: “Compra esto”. También es verdad que ha habido ejemplos ya no de sugestión, sino de engaño, como las preferentes. Pero eso ya no es la publicidad, es un director de un banco que dice: “Manolo, mira lo que tengo aquí que es un 2% y luego es un 26%”. Eso es una estafa.
P: Estuvo mucho tiempo escribiendo antes de mandar nada a una editorial. ¿Tan malo era?
R: Claro. Al mismo tiempo que hay una responsabilidad en el que puede comprarse una tele y no la compra, también hay una responsabilidad en el que dice: “Bueno, tengo una novela, pero no tengo por qué publicarla. No la publico porque me parece mala”. Pero es duro pasarte seis meses y medio escribiendo algo y, al acabar, pensar que es una castaña.
P: ¿Tiene muchos cadáveres de ese tipo?
R: Unos cuantos. Un pequeño mausoleo.
P: ¿Cree que lo que ha pasado con Intemperie le ha llegado en un buen momento, a los 40?
R: Sí. Con 40 años tienes cierta madurez: estás más tranquilo, pero al mismo tiempo sigues teniendo fuerza, coraje y brío. Si hubiera llegado antes, me habría vuelto un poco más loco, me lo habría tomado de una manera más personal y habría creído cosas de mí que a lo mejor no son verdad. Así que yo me siento ahora en un momento perfecto para disfrutar de esto y seguir pensando que la vida es maravillosa y que a veces las cosas salen.
P: ¿Ha cambiado su vida cotidiana?
R: Sí ha cambiado en cuanto a que ahora viajo y todo eso, pero cuando vuelvo a casa todo sigue exactamente igual. Y quiero que sea así, porque lo necesito. Vuelvo a ser el padre de mi hija y hago las cosas que se hacen en casa: fregar los platos, hacer chapuzas con mi cuñado en su casa o trabajar con las manos en la huerta.
P: Pero imagino que escribir será más grato que trabajar como publicista.
R: Toda mi vida laboral ha estado basada en recibir palos, porque en la publicidad te están rechazando proyectos constantemente. En esta otra parte de mi vida laboral que es la escritura abundan más los elogios que los palos. Creo que ninguna de las dos cosas te tiene que arrastrar: hay que disfrutar en la medida de lo posible de todo lo que se pueda. Yo no me voy a quejar de firmar libros, no me voy a quejar de tener que viajar o de que me pregunten siempre lo mismo.
P: Como periodista, se lo agradezco.
R: Mira a la gente que trabaja en el metro, a los barrenderos, a los oficinistas que vienen de Móstoles a las seis de la mañana y se van a su casa a las nueve de la noche, a los de los invernaderos de El Ejido o a los de los andamios. Esa gente quizá tenga algún motivo serio para quejarse. Yo no.


 Una vida con ritmo propio.


El escritor Jesús Carrasco. / NACHO ALEGRE
Brian Wilson compuso ‘I just wasn’t made for these times’ (No estoy hecho para estos tiempos) antes de que Jesús Carrasco naciera en 1972, pero la canción bien podría sonar de fondo en el discurso de este extremeño afincado en Sevilla. Alérgico a los frenesíes del mundo urbano contemporáneo, Carrasco reivindica los silencios y la lentitud del campo tanto en su vida como en su primera novela, la rural y atípica Intemperie. No quiere estar en las redes sociales, no quiere “pasar 50 horas metido dentro de una pantalla”, y hasta ha osado quitar las alertas del WhatsApp en su móvil. “Cuando me apetece, miro y digo: ‘Anda, esto me llegó hace tres días”, dice con sorna. También mantiene una huerta que le proporciona excelentes pepinos –“es para llevar mi ritmo hacia el de las plantas”–. Mientras, prepara su segunda novela, que tratará otra vez “de cosas poco cibernéticas, como la relación del hombre y la tierra”.


      El viernes 31 de enero de 2014 nos reunimos Ana, Bego, Calola, Domingo, Isabel, Lourdes, Luis, Maive y María José en el Orégano, a pesar del frío, ruido y de una mesa menos cuadrada y más larga de lo que la comunicación requería disfrutamos de una ensalada denominada Orégano con caballa, de unos saquitos de queso, que ya están más que repetidos aunque sí buenos, en cambio las berenjenas rebozadas lo eran en tiras gruesas lo que suponía una novedad, carrilleras también servidas de forma novedosa separando la salsa de la carne y de la guarnición, y unos postres en que destacaban unos polvos que creemos precedentes de galletas molidas, como es costumbre el tinto Ribera del Duero liberó las lenguas y gargantas(mira que chillamos) de la inhibición cotidiana. 18 euros por cabeza contribuyeron al crecimiento económico, no necesariamente del bienestar social aunque sí del individual y de este colectivo de nueve personas.
          Como ya es costumbre, del libro se hablo alto y mucho pero no claro. Por lo que este secretario no garantiza una adecuada translación de lo allí escuchado, con gran esfuerzo. Para facilitar este laborioso engorro los tertulio-comensales se prestaron a dejar unas notas. Las vemos:
            Lourdes, confesa admiradora de la obra, escribió que el libro es un ejercicio de estilo muy depurado y trabajado. La economía en el estilo se ve reflejada en las descripciones escuetas pero efectivas del paisaje y la climatología y de los personajes bajo los nombres arquetipos. 
        Begoña se quejó de lo innecesario de la sangre, vísceras y pellejos. Domingo no sólo estaba de acuerdo sino que además le pareció una obra distante en la que costaba empatizar con los personajes y se creaba una fría distancia emocional.
           Luis sí consideró la obra efectiva y destacó cómo el personaje le hacía partícipe de su sufrimiento y el entorno paisajístico, arquitectónico y climatológico hacían prever el surgir de la violencia.
           Unas opinantes anónimas, posiblemente Calola o Ana, nos comentan la calidad artística, el realismo existencial, el paisaje como un personaje más y lo apasionante de la historia. La otra opinante anónima nos destaca el magnífico léxico y estilo; el éxito en los nombres: niño-chico, viejo-cabrero; el sentido de la justicia, la solidaridad y la dignidad; para concluir que la lectura ha de ser sutil por lo numeroso de las claves.
           Parece que hubo unanimidad en lo referido al estilo escueto, efectivo, en la descripción, nunca sobrecargada de personajes y ambientes, en lo que no estábamos de acuerdo es en la dosis de casquería necesaria para transmitir el asco y  repugnancia de la situación. La arquitectura de los pueblos abandonados, remiten a un pasado añorado desde un presente desesperanzado en el que la salida urbana  parece aumentar la incertidumbre pero que se atisba como inevitable, sugieren unas razones no explicadas de por qué se sigue viviendo allí y qué extrañas relaciones se mantienen. Otro tema que parece de común acuerdo es el del determinismo debido a las condiciones naturales y del clima, como el sol quemante, la ausencia de agua...que parecen hacer imposible esquivar la violencia; aunque, sin discrepar, este aparente determinismo me incomoda porque parece remitir a causas naturales lo que es construcción humana: la injusticia, la pobreza, el abuso de poder...no son producto, como la violencia, del calor y del paisaje y creo que el acierto de la novela está en hacernos valedores de una justicia que se mantiene, a pesar de los inconvenientes, ciclo tras ciclo como nos sugiere la estructura circular de la obra.. 


Photo by Maive.
Thank you very much.