domingo, 30 de octubre de 2016

"Me llamo Lucy Barton" de Elyzabeth Strout.

      Cajacanarias en su cilco de cine, Página 2 en la televisión y varias recomendaciones más no fueron suficientes para iniciar la lectura de este libro. Sólo la recomendación de Lourdes y el consejo de MaríaJosé me decantaron a utilizar mi tiempo en esta lectura. Y su lectura me ha puesto sobre el teclado para manifestar mi opinión antes de que se diluya como todos nos diluiremos. 
         De disoluciones trata el libro. No de las químicas, ni de las biológicas (varias muertes y enfermedades son descritas con elegancia) sino de las disoluciones en vida. De todas aquellas vidas, de todas nuestras vidas, que no son, no llegan a ser, o no son todo lo que pueden ser por motivos variadísimos: físico, machismo, homofobia, inteligencia, complejos, inmigración...pero que muchas veces se resumen en una que es la causa económica. Salió de la nada. ordinaria, no tine estilo...son términos que en esta novela se desacreditan como descriptivos y los deja en la denudez de la segregación y rechazo que muestran. 
             La metáfora de la competición no debería sino ser eso: una metáfora. No competimos sino en algunos y limitados apectos de nuestra vida. En ellos el deporte, que no es sino un juego, puede servirnos de ejemplo. En el resto somos producto de la colaboración y si de algo disfrutamos es de formar parte activa y reconocida de una colectividad que empieza por el próximo. En ninguna competcición se termina ganando, siempre se acaba perdiendo, la enfermedad y la muerte son la única realidad que no podemos esquivar. Podemos eludir el dolor y el pesar precisamente por la consciencia de la finitud que da valor al presente. Nuestros miedos nos llevan a atrincherarnos en la seguridad de la normalidad de nuestra mísera riqueza. Los muros del dinero no nos dan seguridad porque no la hay ni la habrá pero nos hacen creernos mejor que los demás, que algunos de los demás, consuelo de tontos que no es sino un mal de muchos. La inteligencia, la fuerza, la habilidad.... de igual forma que el dinero o el prestigio no son sino esas pequeñas tretas que nos permiten continuar en la brecha de una lucha sin sentido por lo que nunca lograremos.
        Las manchas de negro en los dedos por el trabajo no nos pueden impedir vivir el gran amor, o el pequeño amor de descubrir el placer que podemos compartir. Y si no es así ya tendremos la literatura para ajustes de cuentas y penitencias preñadas de futuro. Recuerda el caso póstumo de Chirbes. De igual forma esta obra de Strout hace el mismo ejercicio, sin el hedonismo mediteráneo, que en su momento hizo Milena Busquets. En los tres casos tenemos la reconstrucción de un pasado, desde un presente apenado, ajustando cuentas con uno mismo y con los demás en la búsqueda imposible de lo que echamos en falta haber hecho, que se resume en QUERER. Querer y manifestarlo, con mayúsculas y con minúsculas, sin excusas ni atenuantes. Pretender responsabilizar a los otros de nuestra incapacidad para querer y por lo tanto ser felices, es como achacar la culpa de mi delgadez a alguien que muere de hambre. La felicidad, como la inteligencia, no es un producto individual sino un reflejo que captamos en los demás. Seguro que ya no admiramos la inteligencia arrogante del erudito que deslumbra como un sol, en cambio disfrutamos de la inteligencia de aquel que nos hace sentir útiles y vemos ese reflejo como una luna que ilumina pero no ciega ni achica. Lo mismo con la felicidad que sólo puede ser producto del querer, del preferir el bombero al bombardero, un buen polvo a un rapapolvo y la revolución a las pesadillas. 
      Pesadillas recurrentes de que los nazis se levan a tus hijos, como las tuvo la protagonista-narradora. Reflejo del cariño que  no les podía transmitir. Sufrimiento compartido ante el tormento, de baja intensidad pero tormento, que inflinge la psicoanalista, desde su conocimiento, a la escritora-enseñante que sufre por no tener respuesta de sus alumnos. O el de pensar que sigue con su marido, con la familia que formó, a pesar del divorcio y nuevo matrimonio de ambos. Parece que todo esta inquietud procede de sus limitaciones para expresar sus sentimientos producto de su origen (sin más calificativo). Me pregunto si no será una manera de eludir la responsabilidad de las propias decisiones ese psicoanalista recurrir al pasado, a la infancia,  las ausencias y miedos originarios. En cualquier caso parece que es una fuente literaria, aunque siempre se cuente la misma historia, que no se agota ni nos agota....De estos libros quiero más.


     Ayer vatimos records de asistencia a una tertulia. Domingo, Lourdes y María José (Tomás se excusó por gripe) no consideramos la lluvia y el frío como inconvenientes para vernos en el Deboca. La presentación de la comida resultó de lo más curiosa y se me instó a que fotografiara las pequeñas escenografías comestibles.Así empezamos con unas tarjetas comestibles, obleas, con miel de trufa. Una misteriosa caja ocultaba un paté de hígado con crema de queso. Una fuente de apariencia oriental nos portaba unos panecitos, bao, con cordero a la mostaza. El ceviche con helado de mango sorprendió. Acabamos con tartar de salmón con aguacate. El vino fue La perra gorda procedente del bierzo. Los mantelitos nos mostraron una imagen de la isla de Tenerife en la que con humos mostraba los tópicos. La cuenta nos llegó en su respectiva caja, 21 euros con propina de los que Lourdes no debió pagar 6 que correspondían al vino que no bebió. Se lo pagaremos en la próxima comida.
     Como es de desear, a pesar del escaso número de asistentes, no existía un parecer unánime y el disfrute de esta obra mostró diferentes grados. Así María José dijo que la había disfrutado mucho, Domingo se mostró de acuerdo, pero Lourdes consideró que la simpleza era lo que predominaba en la novela. Domingo insitió en cómo lo había emocionado, en especial cómo transformaba el desapego, incluso el desprecio, en cariño; pero nunca utilizándolo como excusa ni siquiera como atenuante, para realizar acciones parecidas de las que huía, la protagonista-narradora. Lourdes insistió en las sugerencias hechas a partir de las elipsis, en especial referidas a las relaciones de la protagonista con su padre y su pareja, en cambio, se explicaban el resto de las relaciones sin eludir detalles dolorosos, como en el caso del hermano. María José veía la situación de los personajes en el presente como consecuencia del las acciones sufridas en el pasado, no únicamente explicables por la pobreza. El rechazo a todo tipo de desprecios, no sólo debidos a la aporafobia, se mostró claramente con la escena descrita en que la psicoanalista  pretendió acallar a la escritora en un curso dándole a entender que sufría de un mal que la limitaba. Este es un ejemplo de juzgar a los personajes que no ejerce con otros de clara brutalidad o poco cariño, como el padre o la madre. En todo caso miostrar, de forma pretendidamente aséptica, los hechos ante los que no nos queda otra opción que sentir rechazo. Ejemplo de esto es el paseo que le hace sufrir el padre al hermano, o el rechazo de la llamada telefónico a cobro revertido de la madre.
      La actualidad política se manifestó en entender cómo Donald Trump pudo ganar unas elecciones presidenciales. La brutalidad unida o debida a la pobreza parece que justifica salidas políticas vengativas y pretendidamente justicieras. Opciones excluyentes a las que sólo la educación parece que pueden frenar.

        Tras el comentario sobre peso, salud y demás boberías Lourdes propuso el novelón Patria de Fernando Aramburu. Domingo replicó que le parecía una novelota del S.XIX y que él prefeería El bar de las buenas esperanzas de JR Moeringer. Tras la correcta discusión nos quedamos con Patria, entre otras razones por su valor diáctico respecto a nuestra historia reciente y por no haberla leído ninguno.


 


miércoles, 12 de octubre de 2016

"Trabajos del reino" de Yuri Herrera.



Trabajos del reino, de Yuri Herrera

Trabajos del reino, de Yuri Herrera
La Tarántula, agosto de 2015

Querido A… No sé si aún te mantienes fiel a La Ley que rige en nuestro medio, ley no escrita (oh, paradoja) y de artículo único que nos obliga a leer exclusivamente a autores viejísimos o muertos. Cabe informar a visitantes y profanos que se trata de una norma dictada por el puro sentido común (de ahí que no precise redacción), y que garantiza nuestra supervivencia como autores a la vez que vela por la salubridad general del hábitat que, mejor o peor, cohabitamos; norma, pues, fundamental que sólo ocasionalmente se relaja para incorporar a nuestra dieta lectora alguna que otra tolerable frivolidad, alguna chuchería ligera como la que suponen escritores vivos y más jóvenes que, en todo caso, deberán contar con la ventaja haber nacido antes que nosotros, por si acaso… Todo autor que crea en sí mismo y no busque suicidarse ignora firme y soberanamente a los autores de su misma generación, por lo que pueda pasar. En cuanto a los más jóvenes, en el caso de que exista alguno, son condenados genérica y sumariamente a un ostracismo sin redención, y arrojados tras un muro de silencio e ignorancia impenetrable a sus balbuceos, a cualquiera que sea su burdo protolenguaje. Es así, cualquier autor riguroso y autoexigente sabe que detrás de él no hay nada porque no puede haberlo: detrás de nosotros y nuestra escritura, sólo silencio y rechinar de dientes, sólo la barbarie o ni eso, el mundo devuelto a su perfecto silencio original…
El narcocorrido, un nuevo mester de juglaría. (Ilustración de Matt Taylor)
El narcocorrido, un nuevo mester de juglaría
(Ilustración de Matt Taylor)

Esta ha sido, querido hermano, nuestra fe y nuestra norma desde el instante primigenio y sobrecogedor en que movimos los dedos y floreció un mundo fabuloso de imaginación y tinta azul: entonces comprobamos que el mundo existía sólo porque nosotros lo creábamos, porque lo amamantábamos “hilo a hilo”… Y comprendimos con orgullo y solemnidad la grave responsabilidad que asumíamos, la importancia capital de nuestra tarea, pues si se interrumpía el baile de nuestra mano sobre el universo vacío de la hoja, retornaría el vacío, la oscuridad blanca y plana, el infierno tan temido del no-ser.
Yuri Herrera, con su libroTal fe en nuestro protagonismo indiscutible y creador es un edificio enhiesto y flamante que alegremente se yergue en el cenit de nuestra fuerza vital; una erección que, claro, con los años va perdiendo lustre y firmeza, y sin remedio vemos cómo merma y se inclina, se arruga, ay… Quiero decirte que pasan los años y vamos abriendo los ojos a esta realidad espantosa e intolerable: la realidad prosaica y notarial que nos informa de la existencia de autores más jóvenes que, la verdad, tampoco lo hacen del todo mal. De tan cruda manera comprendemos que si nuestro mundo arde o enmudece o salta por los aires, no pasa nada porque en el mundo hay más y mejor y de todo, vaya por Dios.
Así hemos llegado a saber de Yuri Herrera, insolente que osa haber nacido en 1970 (¿de qué va?) y que en 2004, esto es, con 34 años, estampó su soberbio copyright en Trabajos del reino, la bella y admirabilísima historia que te envío y que resulta ser su primera novela.
Te diré que me he aplicado mansamente la cura de humildad, que hasta he disfrutado casi como cuando era un muchachito y empezaba a descubrir el placer intenso y G R A N D E que guardaban para mí —sólo para mí— esas criaturas tan extravagantes y adorables, los libros.
Yuri Herrera toma de su México natal el barro elemental de su ficción, que es el narcotráfico y la violencia sádica y delirante que lo sustenta. Habla del chancro de crueldad que cubre la faz de ese México suyo inconcebible y, de todas las maneras en que podría hacerlo, elude las más obvias y opta por la ficción alegórica, renunciando casi por completo a las referencias directas a “la realidad” y convirtiendo su historia en algo muy parecido a una fábula, casi en un cuento de hadas, inteligente maniobra que amplía el alcance y la universalidad de su arte, además de su valor estético.
Reducidos a su función elemental dentro de la trama, los personajes que articulan esta historia no tienen nombre porque no lo necesitan y son de forma simple y suficiente el Rey, la Bruja, el Heredero, el Gerente, la Niña, el Doctor, el Peligroso, la Cualquiera… Y maridándolos a todos en este relato colorista y brutal, entrañable y bárbaro y poético, el protagonista absoluto, que es —claro— el Artista… Herrera sabe o intuye con acierto que un artista sólo puede estar hecho con pegotes, esto es, con claroscuros, matices y contradicciones, y por eso su Artista es excepcional en un teatrillo en el que todos los demás personajes no son ni necesitan ser nada más que lo que indica su nombre: un rey, una bruja, un heredero, una cualquiera… Criaturas de una pieza como las figuras del ajedrez, pues con eso le basta y le sobra a un autor para contar su historia y para meter en ella todo lo que tiene que tener una historia si la queremos resultona y pintiparada, además de eficaz y perdurable: maldad, erotismo, ambición, cobardía, avaricia, brutalidad y buen gusto, más o menos lo que tienen todos los cuentos de hadas y lo suficiente para que podamos seguir contando y escuchando historias hasta que llegue el soplido que barra nuestra especie.
Portada del libro en Editorial PeriféricaY para hablarte un poco del libro y no sólo de mis cosas, te diré que el reino aludido en el título es el que gobierna el capo a cuyo servicio entra el Artista con la crítica misión de cantar y propalar su grandeza, pues qué sería de los reyes y de sus reinos sin bardos que les hagan el retrato para la posteridad, sin juglares que glosen y divulgen verso a verso la gesta de sus feroces batallas, sus vastos dominios, sus incontables riquezas, su crueldad inefable ante el enemigo y su afecto y su generosidad también ilimitada para con los que le son fieles. Un rey desprevenido podría creer que incorporar a su plantilla a un juglar sería un capricho y una frivolidad; podría suponer que en el fastuoso decorado que es cualquier palacio, el poeta sólo sería un elemento decorativo y accidental, prescindible y menor. Pero todo rey bien informado sabe que, muy al contrario, la pieza clave de su reinado es justamente ese tipo esquivo y resbaloso que se ocupará de contarlo, de cantarlo; de fijar y divulgar su obra y su figura conforme más conviene que se hagan estas cosas. Por eso los reyes se rodean de poetas, de pintores y músicos, y los controlan y alimentan con el mismo celo con que controlan y alimentan a sus sabuesos o a su yeguada.
En cuanto a los trabajos a los que se refiere Yuri Herrera, entendemos que son dos básicos los que ha de despachar el Artista y cualquier artista, el Hombre y todos los hombres. El primero es un trabajo absurdo y necio, innecesario e idiotizante, un trabajo sucio y vil propio de siervos y de imbéciles, que consiste en adscribirse a una fe ajena y ciega, a un credo con el que identificarse y por el que estar dispuesto a batirse más o menos hasta morir. El segundo, contraparte del primero, es un trabajo doliente y hermoso, largo, complicado y absolutamente necesario, aunque casi nadie lo afronte; un trabajo iluminador y noble, que nos cimenta y construye y eleva, trabajo costosísimo que consiste en descreer, es decir, en desprenderse de la venda podrida de la fe y abrir los ojos, sacudirse la segunda piel que es cualquier credo y permitir que el sol y la lluvia, el aire y la libertad bañen nuestro cuerpo entero y bello y desnudo, y ya de paso que empezamos a sentir, empezar también a pensar pero por cuenta propia, con ideas propias y no prestadas.
El reino puede ser una religión, una mujer, una profesión; una ideología, una fantasía, una peña taurina. Etcétera. Los trabajos consisten en sostenerlo, primero, y dinamitarlo después. Trabajos que casi siempre quedan incompletos, ya te digo, pero sólo así crecen los hombres, sólo así dejan de ser niños-artistas al servicio de un rey caprichoso y déspota, quienquiera que sea. Sólo atravesando los páramos de la decepción y el des-engaño podremos ganarnos la palabra y nuestro nombre, como se lo gana en Trabajos del reino el Artista, que se llama Lobo y es manso y leal hasta que se descubre fiero y nómada, salvaje y libre.
Arrumbado el mito ajeno y falaz, querido amigo, ya es posible el reencuentro con la realidad auténtica y personal. O bien: sólo hallarás tu propio camino cuando abandones el establo de la fe, que en tu ceguera podría parecerte un palacio. Creo que sabes bien de qué te estoy hablando.
Recibe mi afecto viril y un cálido abrazo en este fin de verano súbito. Septiembre también es el mes más cruel.
Tuyo,
Alberto



Recuerdo canciones que son relatos. Historias breves pero redondas en su planteamiento nudo y desenlace. Cuentos realzados por la música. Las 4 y 10 de Aute, La tormenta cantada por Javier Krahe de George Brassens, los personajes de las canciones de Serrrat...
Con más facilidad recuerdo canciones que son crónicas, crónicas poéticas de sucesos y acontecimientos que forman historias e historia. Bob Dylan, con su reciente Nobel parece un buen ejemplo de esto.
También disfrutamos de poesía cantada tras ser escrita con el propósito aparente de ser sólo leída o recitada. Sabina alterna ambas vertientes de este arte.
Pero pocas veces leemos una novela que parece que tiene una música propia. Con este relato largo afinamos el oído de la imaginación para poner una banda sonora a esta historia de subidas y caídas, de delincuentes encumbrados y traicionados, de cortes y del juglar que a diferencia del cantautor se vende a quién le pague ensalzando su historia. Algunos capítulos parecen asumir claramente la forma poética de una canción, mientras que otros toman la forma de narraciones lineales, siempre con la música de fondo. Los narcocorridos sugeridos con las historias de los crímenes, amoríos y traiciones subrayan la letra escrita con una sinestesia que enriquece esta obra mostrándonos que el arte es un fenómeno multisensorial.


domingo, 18 de septiembre de 2016

"El lector del tren de las 6,27" de Jean-Paul Didierlaurent.

La Cueva del Erizo en la pluma de la psicóloga 
amante de los libros y de las novelas en especial
Mercedes Suero Fernández nos anticipan lo 
que será nuestra próxima lectura.
“El lector del tren de las 6.27”, una historia sensible con aura de cuento.
14 abril, 2015 
Reseña de El lector del tren de las 6.27 de Jean-Paul Didierlaurent. Una recomendación de Mercedes Suero Fernández Seix Barral.
No sólo de clásicos vive el ávido lector. No siempre para obras profundas, introspectivas y reflexivas tenemos la cabeza preparada. Afortunadamente siempre hay algún libro que se posa delante de nuestros ojos mandándonos la energía adecuada, diciéndonos: “vale, no soy una obra maestra, pero no me hace falta, vas a pasar un buen rato conmigo porque soy una lectura amable y sencilla.” Y justo en ese instante algo te impulsa a leer sin descanso cumpliéndose el principio básico del libro adecuado, abstraerte de tu realidad. Pues justo esto me ha pasado con El lector del tren de las 6.27. Una portada distinta, un título impactante hace que me decida por él y descubra la vida de Guibrando Viñol, un hombre cualquiera con una vida cualquiera, que como tal, encierra maravillosas casualidades que harán de ella una historia digna de contar. Y es que en la vida más mediocre puede aparecer el momento más inolvidable.
Guibrando Viñol trabaja en la STRN (Sociedad de tratamiento y reciclaje natural) haciendo justo lo contrario a lo que le gustaría. Tritura libros en una máquina abominable a la que llama “la cosa”. Sus únicos amigos son Yvon, el señor de la garita que habla en versos alejandrinos y Giuseppe, un antiguo empleado que sufrió un trágico accidente. Sin contar al único ser que le hace compañía cuando llega a casa, un pez rojo al que le cuenta sus vivencias del día en ese lugar que detesta y necesita. Su única manera de rendir homenaje a todos esos libros destruidos es salvando hojas sueltas que “la cosa” no llega a engullir. Así, cada mañana, cuando coge el tren, lee en voz alta esos párrafos inconexos para deleite del resto de pasajeros. Pero un día encuentra algo nuevo, es un pendrive extraviado donde se recoge el día a día de una misteriosa Julie a modo de diario. Sustituye el texto a leer por el de la chica y comienza su búsqueda.
Jean-Paul Didierlaurent se mete en la piel de una persona anodina y sin ilusiones, que vive como un autómata la vida que le ha tocado, en soledad, intentando mostrar una imagen más optimista y triunfadora de sí mismo a los demás que no es real. Su realidad inmediata es lo único que tiene y gracias a un hecho fortuito todo cambia en él, su manera de ver la vida y sus ganas de vivirla. Esta novela sencilla es una muestra sobre la importancia de las percepciones de nosotros mismos y de lo que nos rodea. Cómo puede cambiar el paseo que todos damos por la existencia en función de lo que queramos conseguir, de cómo queramos ser. Las ilusiones, queridos lectores, que son capaces de convertir la vida más gris en el arco-iris existencial que impulse cada paso. Donde por supuesto, el amor tiene un papel protagonista.
El lector del tren de las 6.27 no es una obra maestra, tiene algunas informaciones descentradas, personajes que no sabemos muy bien qué aportan a la trama y quizás falte un poco más de narración en la parte que más atrapa, pero es una historia bonita y original, muy sensible, con un lenguaje sencillo y con un aura de cuento moderno que nos regala ese final propio del género. Una historia humana y bienintencionada en la que merece la pena entretenerse y que nos entretenga.






Parece mentira que el fenómeno de la lectura, en sus orígenes, fuera en voz alta y en público. La reflexión pausada y privada en lo que ha derivado hace que muchas veces echemos en falta esa vertiente originaria. Quizás los informativos radiofónicos y televisivos sean una manera de que la lectura pública y en alto continúe. Esperemos que se extienda y cuando alguien lea para sí mismo se sienta en la libertad de hacer comentarios en alta voz y públicamente, y , de forma recíproca, poder preguntar al lector silencioso e invitarlo a que rompa ese silencio no siempre deseado.
La penosa destrucción de libros parar dinamizar el ciclo industrial, no por la censura a la manera Farenheit 411. Es el punto de partida de una novela que bascula entre el género de terror, máquina cruel y asesina, y la descripción de la cotidianeidad solitaria. O mejor: relaciones incompletas y perfectas en sus limitaciones y parcialidad. Estupendas relaciones que se limitan a un aspecto concreto de nuestra vida, en general aficiones o trabajo, pero que no superan la prueba del algodón cotidiano.Todo quedaría en un nsayo industrial o sociológico si no fuera por la varita mágica de laliteratura que es capaz de convertir la sosa realidad en un cuento de hadas, o carta a los reyes magos, mediante la fantasía. Película de Dysney  a lo Pretty woman capaz de dibujar sonrisas y hacer lo malo menos malo y lo bonito más bonito.



     Acabando octubre, el 28, de este año 2016, un viernes de calor otoñal y con varias bajas por enfermedad, achacables más a nuestra meridiana edad (ronda la mitad de los cien) que a las inclemencias del tiempo o al cansancio laboral, nos reunimos, la no despreciable cifra de cuatro personas, en un local que insultaba all agradable clima canario e imitaba lejanas tierras laponas con su aire acondicionado, al tiempo que retaba a Eolo a cambiar sus suaves alisiso por una tormenta canariona mediante un erupto de fritanga al aroma de cochino negro. Estas provocaciones al clima no entretuvieron más que unas frases de los interesantes discursos de Domingo, Lourdes, Luis y MaríaJosé; ya que el libro centró todo el interés (exceptuando los obsesivos kilos de alguna autolimitada comensal). Para amenizar la velada la musica en directo evitaba que nuestros pensamientos pacieran en las verdes praderas del silencio. 
      Todos estos trucos hicieron que disfrutaramos más de una comida que sorprendió en varios aspectos. Por ejemplo: Ensalada de potas que, para disgusto de Lourdes, eran más potas que ensalada pero para alegría de Luis, las potas estaban de escándalo, Domingo disfrutó especialmente de un hilito de mojo rojo buenísimo, mientras MaríaJosé recordaba a un tal Dukan. Un pulpo frito, quizás demasiado, dormía su último sueño en la paz de unos vegetales de sabor y textura excelentes entre los que destacó el dulzor de la batata. El bacalao rebozado entre rodjas de pasta nos gustó unanimemente convenciendo a algún esceptico. El cochino negro, con mucho tocino incluso para Domingo, convenció a la experta en carnes Lourdes, lástima de papas fritas que no llegaron al nivel. Todo esto Fincas Resalso, crema de orujo(no orujo, una pena) y 15 euros completaon una cen conl unares pero de calidad del mesón Cervantes que a pesar del nmbre parece seguirla senda marcada por El Archete en la renovación de la cocina y productos canarios.
        Antes de nuestra digestión comentó Lourdes la desmesura escatológica de las descripciones de los procesos digestivos de la máquina deboradora de libros. Resaltó lo que consideró un desequilibrio tendente a la fantasía, Domingo lo consideró adecuado en tanto nos introduce en los miedos y pesadillas de los personajes y enriquece estilíticamente la obra. Lourdes no sólo no consideró adecuada la heterogeneidad de estilos sino que incluso lo consideró un amanerado y esteril ejercicio de estilo que no aporta sino el lucimiento del autor. El resto de los comenssales disfrutaon de esta variedad, en especial de los documentos del pen drive, que aportaban una óptica distinta ala del narrador. Lourdes consideró que eso microrelatos estaban introducidos de forma poco fluída y rompían con la posibilidad de una obra más redonda y estructurada con unos valores literarios más meritoros. A pesar de eso valoró el lenguaje rico y si complejos que no elude de términos poco comunes para ganar en precisión, así como la lograda traducción. Los alejandrinos anacrónicos ponían el contrapunto de la narrativa tan fluída.
      Todos coincidieron en el engaño inicial de la obra que de novela de terror gótica va tendiendo a la comedia urbana con tonos románticos, esta deriva es epecialmente acentuada a partir del 50% del libro. Este detalle resultó especialemte disfrutado. Lo cómico de las viejitas en su asilo recordo a las películas del género. Lo amorosito del final dejó un rato recuerdo que miniminazaba las posibles carencias literarias.
        Tras la elección de la nueva obra a discutir, Me llamo Lucy Barton de Elizabeth Strout y de la fecha, 25 de noviembre de 2016, nos fuimos. 
          Hasta luego.

sábado, 10 de septiembre de 2016

"París-Austerlitz" de Rafael Chirbes.



elespañol.com nos presenta, antes de su lanzamiento 

comercial el 13 de enero de 2016, la novela póstuma de Rafael 

Chirbes fallecido en agosto de 2015.

RAFAEL CHIRBES

Chirbes sale del armario

En unos días llega “París-Austerlitz”, la novela póstuma del autor que dibujó España y se olvidó del amor. Ahora sabemos por qué.

Rafael Chirbes, autor de París- Austerlitz.

Rafael Chirbes, autor de París- Austerlitz.


PEIO H. RIAÑO
“Te he capturado”, le decía Michel cuando apretaba su polla con fuerza una vez la tenía dentro. Y él, el narrador, el protagonista de París-Austerlitz(Anagrama), se revolvía al recordar aquellas palabras dichas entre juegos, transformadas en siniestro aire premonitorio del sida. No quiere morir, no quiere entregarse, ni dejarse capturar, no quiere convertirse en víctima, como ha hecho su amante francés, que le echa en cara no haberse entregado nunca al amor por andarse con prevenciones y condones. “El amor como una trampa mortal”, cuenta la primera persona que teje un amargo tratado sobre el amor y que Rafael Chirbes tuvo guardado en el cajón durante casi veinte años hasta que lo dio por terminado, tres meses antes de su fallecimiento, el pasado agosto.
Chirbes abandona en su despedida los lodos de los poceros de este país de sombras, con su obra más cruda y personal. La que, posiblemente, nunca se hubiese atrevido a defender, conociendo la reserva con la que conducía su vida privada. En poco más de un centenar de páginas aparta los deslices del país para centrarse en las obsesiones que se filtran a lo largo de su carrera -sin tanta evidencia-, como la soledad, el amor, el egoísmo, el aislamiento, el sexo, la traición, la vergüenza, los impostores, la corrección, las aspiraciones, las ambiciones, la represión, el resentimiento, la familia y, claro está, la culpa.
Es el alcohol el que habla en nombre del amor, son las horas enteras follando las que declaran fidelidad y vejez. Y qué bien las cuenta Chirbes. En París-Austerlitz el protagonista huye a la capital francesa para zafarse de la incomprensión, de la incapacidad de su familia para aceptar su orientación sexual. Allí hallará lo mismo que el primer personaje de Chirbes: el amor como un pacto contra el abandono, el amor útil. Ruin, escéptico y destructivo, como esta novela en la que el autor de Crematorio logra que uno aborrezca a todos los personajes, incluido el amor. Cambia de tercio para volver a la casilla de salida: todo eso estaba ya en Mimoun (1988), novela surgida de sus experiencias en Marruecos como profesor de español, en la que Manuel, el protagonista, termina regresando a España para reconstruir su vida, harto de ver cómo las personas se usan recíprocamente para no quedarse a oscuras, a solas. Chirbes vivió antes un año en París, en 1969, cuando tenía 20 y unas ganas locas de leer a Marx, Lenin, Sartre y ver El acorazado Potemkin y escapar de la opresión franquista.

NO TE CONFUNDAS

De esto estamos hablando cuando decimos amor: exaltación, ebriedad, sexo, deseo y una forma perversa de intercambio. “Sospechaba que todo lo que Michel me ofrecía tendría que devolvérselo algún día, y empecé a mirar su afán por gastar conmigo hasta el último céntimo como el deudor mirar el libro de operaciones del prestamista que acabará por cobrarle un interés desorbitado”. No hay esperanza, todo son condiciones. El joven español lo necesita para salir a flote en su llegada a París, para prosperar como diseñador de una empresa de muebles y convertirse en artista. El maduro francés lo necesita para no caer en el vacío. El amor es poco más que apego reemplazable.
“Durante meses he llegado a creerme que mi ideal de vida coincidía con el suyo: envejecer juntos chapoteando en el pequeño estanque de los hábitos”. Y al cabo de los meses, termina por volver a saltar del barco. Las visitas al hospital de su examante postrado, convertido en una madeja de huesos, forman parte de esa obligación adquirida al pronunciar las grandes palabras. Aunque no signifiquen nada, aunque no sienta nada. Es el alcohol el que habla en nombre del amor, son las horas enteras follando las que declaran fidelidad y vejez. Y qué bien las cuenta Chirbes.
Chirbes pletórico en la prosa de sus imágenes, certeras y dañinas. Es posible que sea ésta su pieza más directa y descarnada, la que más profundiza en el paisaje interior de los personajes
Más leña, por si no había quedado claro: el amor es como el ruido de la carcoma. “La presencia de una piedrecita o de un clavo en el zapato: uno se empeña en seguir caminando con la esperanza de que la costumbre disimule la molestia que produce, pero ocurre al revés: la molestia se convierte en dolor y el dolor se vuelve insoportable”.
Chirbes pletórico en la prosa de sus imágenes, certeras y dañinas. Es posible que sea ésta su pieza más directa y descarnada, menos subordinada, la que más profundiza en el paisaje interior de los personajes y poco en lo que los envuelve. “Me veía a mí mismo como el calefactor que climatizaba la casa después de que se le ha estropeado al inquilino el aparato que le funcionó durante algún tiempo. Un bien útil”. Pues eso, no se puede vivir sin agua o sin luz o sin aire, pero se puede vivir sin compañía. Este es el testamento de Rafael Chirbes.

INACABADA, ¿Y QUÉ?

El próximo 13 de enero, cuando aparezca en las librerías París-Austerlitz, leeremos la novela menos preservativa de Chirbes. Un libro sin grasa ni desarrollo, pura fibra amorosa inacabada. Escribió su final, pero es una novela a la que le dedicó toda una vida -iba y venía sobre ella- y se le terminó echando la enfermedad encima. Dudaba, la temía. Es una cuenta pendiente con sus fantasmas (familiares). Chirbes se ventila en las últimas cinco páginas el asunto como puede, dejando en el aire el desarrollo del protagonista. Debió entregar apenas un centenar de folios, que la editorial ha estirado ampliando márgenes, hasta las 150.
Solía decir que sólo escribía con un motivo y cada vez que se le presentaba todo quedaba paralizado. El milagro español le tuvo ocupado desde 2007 (Crematorio y En la orilla), antes se había preocupado de la posguerra y Transición (La larga marcha, La caída de Madrid y Los viejos amigos) y antes de todo los despojos de la Guerra Civil (En la lucha final, La buena letra, Los disparos del cazador).
Será la Fundación Rafael Chirbes, con su sobrina María José en la dirección, la encargada de gestionar su legado literario y ayudar al patrimonio cultural de su tierra valenciana, tal y como dejó dicho antes de su muerte. La primera responsabilidad de la misma serán los derechos de autor de la obra póstuma.
Es en este texto cuando saca a relucir sin miedo su buen ojo para el arte, con especial interés por Bacon y Matisse
Nos tendremos que conformar con los cimientos de un novelón, en el que, por supuesto, aparece la fuga hacia arriba en la escala social. Por si hubiera poca tensión entre los amantes, no comparten clase social. El madrileño tiene el futuro garantizado con antiguas rentas, el parisino es un obrero. Comían cerca de la fábrica. Michel no se quitaba el mono, veía sus dedos manchados de grasa al partir el pan. Era un local sombrío, “con largas mesas de madera sobre las que tendían manteles de papel que compartíamos con otros obreros de las industrias cercanas”.
El texto guarda otro secreto alucinante, que se había deslizado en otros capítulos de su trayectoria, pero que no es hasta éste cuando saca a relucir sin miedo su buen ojo para el arte, con especial interés por Bacon y Matisse y desidia por las instalaciones contemporáneas. “Parece que no se le pide habilidad de artesano a un artista contemporáneo, más bien se le aplaude el ingenio”. El amor también requiere de ilusionistas que le engañen a uno y le hagan creer en algo, alguien con quien creer en el trampantojo (barroco, siempre), reino de la arbitrariedad, “fuego que se enciende porque sí y se extingue no se sabe por qué”.



      Mis alumnos me informan que en una encuesta hecha a personas mayores demandándoles información sobre lo que habrían hecho y no han hecho en su vida, se sinceran en reconocer que podrían haber tenido una vida sexual más rica e intensa. En la inminencia de la muerte, como los aviones secuestrados a punto de estrellarse como misiles cargados de vidas, la mayoría aprovecha el tiempo para despedirse de sus seres queridos en la forma de I love you.
        En esos aparentes apuntes biográficos de Chirbes parece desnudarse más allá de la epidermis, se despelleja buscando un alma que quizás no encuentre. Se muestra agradecido con los buenos momentos, en especial los sexuales y alcohólicos. En cambio no parece perdonarse haber despreciado el cariño, el amor, ni siquiera la posibilidad de haber ejercido de paliativo. Sus emociones se vieron inhibidas ¿por su actividad artística?, ¿por sus relaciones familiares?, ¿por su edad?, ¿por su condición social?, ¿por las diferencias económicas? a cambio de un remordimiento que se expía con la escritura. Ojalá la escritura tenga el efecto terapéutico de mitigar los dolores de la insensibilidad pasada, al menos tiene el efecto de evitar repetir el desprecio que provoca dolor en los demás y, multiplicado, en el que lo produce.
            Después de leer a Chirbes no me miro en el espejo a ver si llevo ropa de pobre, ni procuro hablar con estilo, mucho menos me miraré las manos a ver si mí trabajo deja marcas indelebles. Pero lo que sí tengo claro es que no ando sobrado de cariño, por lo que no rechazaré al que tenga los dedos negros, ni ropas que no son de su talla, ni que hable distinto...y si lo hiciera me gustaría poder echar a andar mis fantasmas en forma de recreaciones artísticas como  nos legó Rafael.