viernes, 27 de marzo de 2015

David Trueba presenta "Blitz".

María José me regala-recomienda este libro que en un fin de semana pasó a formar parte de mi memoria duradera asociado a Saber perder. 
     Lo que se busca no se encuentra, pero lleva a encontrar lo que no se busca pero se desea. Así una pareja cómoda y madrileña se ve dinamitada, o dinamizada, por el pasado en forma de ex, cantautor latinoamericano, que quiere y logra restablecer una antigua relación, a costa, de la aparente estabilidad. El amor no es para toda la vida, en cambio,  los exs sí. La manera de consumarse la ruptura es de lo más tecnológico-comtemporáneo: en un mismo espacio, viéndose los dos personajes de la pareja, ella envía un mensaje de móvil por error al que desea abandonar, con lo que la paradójica incomunicación tecnológica propicia una situación comunicativa más rica y honesta.


     El creativo y saturado personaje desparejo y desparejado inicia un viaje a un congreso en Munich. 
En la ciudad protagonista, en forma de madre acogedora de las frustraciones recientes, encuentra, sin buscar, un amor que pudiendo ser su madre no es nada maternal. Los sólidos ladrillos de la edad crujen ante el placer sexual, conquistado paso a paso, el gusto por enseñar-descubrir una ciudad, y compartir la chorradas cotidianas que se convierten en monumentos al placer y preámbulo de la próxima, pero siempre por ausente no inexistente, felicidad.
     Los necesarios cambio, fomentados por la admiración de un competente y, en competencia, profesional laboral (personaje en silla de ruedas pero que es tratado con una normalidad y que se muestra una naturalidad tal que hasta me abochorna comentarlo, espero la indulgencia de los paréntesis) llevan a nuestro personaje a Barcelona. La narración, en este punto, afronta el tiempo con un tratamiento que podríamos de nominar de elipsis: desaparecen periodos, no se habla de los detalles, antes tan significativos, y lo que es el desarrollo laboral se describe cómo lo único relevante, pero no a efectos de la narración. 
        Pero llega fin de año, comienzo y principio, con lo que se modifica de nuevo el tratamiento del tiempo y cada detalle cobra la suficiente importancia para ser descrito aportando sentido y haciéndonos vivir la intensidad de cada momento. Y nos vamos a Mallorca...
         
          Tras haber tratado de chistes a Abierto toda la noche y Cutro amigos y comentar que lo mejor que podían tener era una serie cómica de televisión detrás me quedé impresionado con Saber perde rhasta el punto de haber comentado, con risas y sin ellas, que es un libro que me ha cambiado la vida y, me ha reconciliado con la palabra escrita y me ha hecho más indulgente conmigo y con los demás, por lo tanto, mas feliz. Blitz me pareció, en un principio, una historia desgajada del libro que tan buena impresión me causó. Pero creo que no entendí en ese momento el contexto del formato: Las dos primeras novelas eran una expresión cómica de lo cotidiano y autobiográfico, saber perder un pedazo de novela coral y Blitz un relámpago, como su significado en alemán, que ilumina con un tremendo fogonazo, con una energía y vitalidad tal que hacen imposible su extensión más allá de lo fugaz.


Victor G nos presenta la breve novela en @libresdelectura.


BLITZ - DAVID TRUEBA
Siete han sido los años de silencio narrativo en la vida del genial David Trueba. Pero todo ello ya quedó atrás y lo verdaderamente importante es que ahora se están redactando críticas como esta en las que se habla de la nueva novela de este escritor, periodista, director de cine, guionista e incluso actor.

Siete años que han podido pasar volando o ser eternos, que han podido transcurrir con diferente tempo según la vida de cada uno. Este tempo tan subjetivo e individual queda reflejado en esta obra con unos capítulos, o meses, que se estiran y se encogen como una goma de mascar. El autor ha querido jugar con las velocidades, como lo hace Cortázar en El perseguidor, para demostrar la forma en la que el ser humano puede alargar un minuto en horas o puede acortar meses en un simple minuto. Y hablamos de esta percepción individual porque para David Trueba “se suma apelando a la individualidad, no al grupo”, porque para el famoso cineasta “el concepto de ‘gente’ no existe, cada individuo es uno”. De ahí nace la visión tan especial y admirable de Trueba frente a la vida. Una frase suya que será recordada por mucho tiempo es la de “antes perturbar que masturbar”. Y es que para él siempre hay que buscar perturbar al lector, hacerle pensar sin agitarlo, clavar su mirada en el mundo.

Cansado de ver que las personas tienen antes una opinión que una observación, el madrileño vuelve a apoyarse en una ficción que él defiende a ultranza por su capacidad de evitar que la gente siga ese camino de la opinión primeriza; evitar a esa colectividad, como él mismo dice, con bisturís en las manos y que se lanzan a abrir el cuerpo sin saber qué tiene o si es necesario abrirlo. Trueba se aparta de la conformidad, busca a ese lector disconforme, busca apartarse de ese grupo de “personas que van al cine o leen libros esperando estar de acuerdo con todo”. Y, como siempre, lo consigue.

Trueba ha bebido y bebe, aunque pueda parecer extraño dentro del mundo poco letrado del cine, de maestros narrativos que le han enseñado a diferenciarse buscando no lo general, sino el admirar al lector con un detalle a simple vista nimio pero que para lectores con corazones disconformes es la esencia de una buena novela. Detalles como un pestañeo calculado, un gesto, una mirada, una frase; esa es la táctica de Trueba y solo cabe observar el resultado para darse cuenta de si ha surgido efecto o no. 

Con la maestría que lo caracteriza, el autor crea dos personajes totalmente opuestos, Beto y Helga, que nos exponen dos perspectivas contradictorias pero a la vez lo suficientemente cercanas como para atraerse entre sí. Beto es el joven despreocupado, paisajista con visiones frustradas, verde, solo y apesadumbrado por ver que su pareja lo deja para irse con su antiguo novio. Helga, en cambio, es una mujer de avanzada edad, o como Beto dice "una señora", alemana, de vuelta de todo, segura de sí misma, pero con la inexplicable aceptación de entrada en su cama a ese joven con más dudas que años. Viviremos de primera mano el recorrido de un Beto hermanado con la clásica figura del paseante, del dandi, por la ciudad de Múnich, luchando con sus prejuicios, estereotipos y tabús que una sociedad como la nuestra le ha inculcado. 
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‘Blitz’ es una historia de orfandad, del luchar por encontrar un refugio en la vida. Porque, ¿qué es la vida sino la búsqueda de un refugio en nuestra familia, en nuestro hogar, en nuestra patria,…? Tal y como expone su propio título, es la historia de un relámpago. Ya lo decía Vicente Aleixandre: “entre dos oscuridades, un relámpago”. Y es que la vida se sustenta en estos pequeños relámpagos, fugaces y momentáneos, que pintan de color una vida insulsa, una vida que como dice Trueba “es salir de un relámpago para volver a caer en la oscuridad”. 

Jorge Herralde, director de la editorial Anagrama, se hacía eco en la presentación de una frase aparecida en La opinión de Málaga sobre el libro y que desde aquí también acuñamos porque no puede ser más cierta y precisa: “Háganse el favor, y léanla”.

"La besé y cuando la besé me había quitado de encima la mirada de los demás, la opinión de los otros y las convenciones. No me molestaba sentir la rugosidad encima de sus labios, puede que en lugar de estar volviéndome loco me estuviera volviendo cuerdo". 

Víctor G. 
@libresdelectura


miércoles, 4 de febrero de 2015

"Tierra desacostumbrada" de Jhumpa Lahiri.

En septiembre de 2011 Begoña nos propuso este libro que algunos nos leímos. Retomo la entrada porque será la lectura de la próxima tertulia en enero de 2015.

Begoña nos regala esta sugerencia.





Después de leer los relatos que componen esta Tierra desacostumbrada editada por Salamandra en el 2011 me parecen especialmente interesantes los últimos tres en que dos personajes principales son comunes y se intercambian las perspectivas. Estos tres relatos pueden entenderse como una novela en la que los personajes divagan por todo el mundo acercándonos las localidades distantes haciéndonos entender el concepto de aldea global. Vivimos, re-vivimos, un tiempo contemporáneo que respiramos con total naturalidad. No creo que sea un libro sobre bengalíes en Estados Unidos, como dice el eslogan publicitario, sino que nos hace partícipes co-partícipes de la vida de unos personajes y nos convence de que por muy distintos que queramos hacer parecer a los demás tenemos en común lo más importante y definitorio que son los sentimientos y estos no siempre se muestran de forma honesta en las relaciones de pareja, amistad, familia sino que de la forma menos sincera en la relación con nosotros mismos.



Desde un perspectiva editorial, Lecturalia nos invita a leerlo de esta manera:




Tierra desacostumbrada de Jhumpa Lahiri:
Designado Mejor Libro del Año 2008 por el periódico The New York Times, Tierra desacostumbrada fue objeto de un torrente de admiración por parte de la crítica estadounidense. Además, algo inaudito para una obra literaria, logró colocarse en el primer lugar de las listas de ventas y suma hasta la fecha más de 680 mil ejemplares vendidos en ese país. Se trata, sin duda, de un caso único en el panorama editorial reciente. Quizás el secreto esté en que los relatos de Lahiri -que suelen girar en torno a las vivencias de las familias de ascendencia bengalí en Estados Unidos. no se detienen meramente en plasmar la experiencia de la inmigración, sino que retratan con gran fidelidad y sin cortapisas las vivencias y emociones que ocupan y preocupan a un amplio sector de la sociedad moderna. Son historias acerca de una variada galería de personajes caracterizados con singular delicadeza y simpatía: hermanos y hermanas, padres e hijos, maridos y mujeres, amigos y amantes que se ven obligados a afrontar momentos fundamentales en sus relaciones y navegar como pueden en aguas desconocidas entre la inocencia y la experiencia, entre los dictados de la remota tradición familiar y la emancipación personal, entre el impulso de reinventarse a sí mismos y definir su identidad en un mundo fragmentado.

Vídeo:Lahiri. 18/05/2010.




      Un viernes frío de enero,16 del 2015 para ser exactos, nos reunimos en la carretera de Geneto los que vemos en la foto: Ana, Angeles, Domingo, Lourddes, Luis, Maive y María José disfrutamos de la cálida, abundante y sabrosa comida de La comarca. El habitual Rivera del Duero, en esta ocasión La Planta, sirvió para deglutir mejor y más placenteramente unas croquetas en cama de fideos de arroz fritos que podemos ver en la foto. Verduras a la plancha co n fondue de queso, ventresca de atún...Acabamos con el asturiano cachopo, por si faltaban calorías, también en foto. Coulant y sorbete de postres. Los licores, crema de cacao, mora sin alcohol y orujo alrgaron la conversación ya de por sí animada.
      Jhumpa Lahiri estaría satisfecha si se enterase de los suculentos comentarios que acompañaron a la energética comida. Incluso los no asistentes ya manifestaron su agrado ante la lectura. De esta manera  Tomas, confundido de fecha, nos relató su emoción ante la lectura de los relatos  en los que veía reflejada a a su familia, a  la familia, no necesariamente bengalí. Begoña, a la que le debemos el origen de la sugerencia, le resultó dificultada su asistencia por lo lejano y tardío de la reunión, nos habló tempranamente, antes de septiembre de 2011, a menos de un año de la salida del libro con mucha expresividad y elocuencia de cómo nos describía los sentimientos producto de la relaciones en unos contextos muy heterogéneos pero que no dificultaba la identificación con ellos y el gozo de la vida compartida. Tanto hablo que convenció al que esto escribe y posteriormente a Lourdes de leerlo.
       Los allí presente, tras la extrañeza por el posible palabro del título que la Real Academia de la Lengua nos confirma como válido, comentamos el disfrute que la obra nos proporcionó y cómo los cuentos, siendo variados, reiteraban las preocupaciones de la autora: familia, relaciones entre generaciones, aculturación, emociones...y cómo la estructura de los cuentos, orden y lenguaje estaban muy trabajados, hasta el punto en que ese trabajo hacía imperceptible esa gran elaboración de forma que no se hace notar, sino que contribuye al disfrute y fluidez de la lectura. Un aspecto interesante son las localizaciones, tan variadas que parece un libro de viajes. La procedencia social y actividad cultural y académica de los personajes es homogénea, de forma que ninguno tiene problemas económicos y su acceso a la cultura de élite y actividades artísticas la tienen garantizadas. Los tres relatos últimos, con los mismos personajes, pero alternando el punto de vista tienen una unidad y estructura que podríamos denominar de novela, culminando de una forma sorprendente y contemporánea.
      La mejor forma de acabar una reunión es tener la sensación de inacabada, de satisfactorio deseo de continuidad, de pequeño vacío, de apetito no colmado, de temas pro tratar, de olvidos que ya va a ser muy difícil solventar. La significación del puntito ciego de luz del protagonista de los últimos relatos me sigue intrigando...Me lo comentan en la próxima tertulia.
       María José propuso Caribou Island de David Vann y se aceptó con agrado, proponiendo fecha para el 6 de marzo de 2015. El lugar está por por decidir, por lo que agradeceremos las propuestas.
 

viernes, 23 de enero de 2015

"Caribou Island" de David Vann.

El País en su separata cultural Babelia nos presenta el libro de la próxima tertulia que nos propuso María José tras leer Sukkwuan Island para la tertulia amiga.     Lourdes nos envía esta crítica.

Una obra de arte

David Vann confirma con Caribou Island, su segunda novela, que nos encontramos ante un escritor de talla. Su estilo, tan duro como expresivo, lo aproxima a la estela melvilliana de la novela estadounidense contemporánea
Después del formidable debut de David Vann con Sukkwan Island, el anuncio de una nueva novela titulada Caribou Island, igualmente ambientada en el áspero paisaje de Alaska, en la que de nuevo se contaba la lucha inclemente de un hombre en torpe y obcecada lucha contra sí mismo y contra la Naturaleza, producía cierta prevención ante la posibilidad de que Vann se hubiera enrocado en una especie de guarida literaria, un "más de lo mismo". Pues desechemos la prevención: el señor Vann ha demostrado con este nuevo libro que es un escritor de la cabeza a los pies.
En efecto: Gary es un hombre que ha conseguido frustrarse a lo largo de su vida y concibe la loca idea de irse a vivir a una isla en un lago con su mujer en una especie de regreso al origen para borrarlo todo y empezar de nuevo. En la novela anterior, el mismo asunto se cocía entre un padre y su hijo adolescente; esta vez el campo se abre: es un matrimonio el que se embarca en la absurda aventura, pero hay una serie de personajes que contemplan el dislate desde la orilla del lago, por así decirlo. Tienen dos adultos, Rhoda y Mark, que viven en una población cercana al lago sus propias vidas. Vann enfoca con igual atención a Rhoda que a su madre, estableciendo una soberbia relación entre las dos, uno de los grandes aciertos del libro, mientras Mark y su esposa dan cobijo a una segunda pareja, Carl y Monique, cerrando un conjunto de caracteres perfectamente eslabonados y medidos dentro de una intriga dramática que sobrecoge por su dureza, su desnudez y su penetración psicológica.

Caribou Island / Desolacions. Caribou Island

David Vann
Traducción de Luis Murillo Fort / Francesc Rovira
Mondadori / Empúries
Barcelona, 2011
276 / 264 páginas
21,90 euros
"Gary era un as del remordimiento", dice Irene, su esposa, y ese es exactamente su problema: el remordimiento de no haber hecho nada de sí mismo y haberla arrastrado a ella. Gary se aturde haciendo de homo faber, construye una cabaña sin tener ni idea, con una terquedad lastimosa. "Lo que Gary buscaba era (...) el retorno a una época idílica en la que pudiera tener un rol, ser el herrero, el panadero o el cantor de leyendas populares. Irene, por su parte, sólo quería que no volvieran a abandonarla, que no pasaran de ella, que no la dejaran de lado". La lucha de Gary es titánica y está contada deteniéndose morosamente el autor en todas las dificultades materiales hasta constituir el estilo de la novela. A su lado, Irene somatiza su miedo y su desesperanza progresiva con jaquecas terribles que le impiden dormir. Rhoda, por el contrario, está sumida en una vida ciudadana cotidiana mientras planea casarse con Jim, un dentista que a su vez planea engañarla periódicamente y empieza a hacerlo ya con Monique; el autoengaño de Rhoda se manifiesta en una desgana contra la que no lucha. Se dispone a asumir una vida semejante a la de su madre, Irene, y ésta, a su vez, no puede olvidar que su propia madre, al ser abandonada, se colgó de una viga, donde la encontró la niña. Mark, en cambio, sobrevive siendo un perfecto sinsustancia acomodaticio. El contraste entre la dramática y definitiva brecha que abre entre ellos la insensata lucha de Gary e Irene y la resignación de Rhoda y Mark está llevado con pulso maestro.
La historia y el estilo son tan duros, tan expresivo y preciso este último, que a varios críticos les ha dado por relacionarlo con la literatura de Cormac McCarthy, lo cual es una simpleza; pero sí es cierto que en Vann hay algo que lo aproxima a la estirpe melvilliana de la novela americana contemporánea que señaló Harold Bloom. Y la dureza salvaje del paisaje está presente no sólo en el paisaje mismo y en la lucha de Gary sino también en excursos admirablemente utilizados, como la pelea de Carl con los salmones en la mesa de lavado. Poco a poco, la imposibilidad de amor y de comunicación va agrietándose como los mismos postes de la estrambótica cabaña y esa paulatina invasión de la realidad no deseada se va abriendo paso entre todos, en cada uno a su manera, como una coral trágica. Por ahí es por donde Vann abre el camino para contar, esta vez, varias vidas anudadas en torno a un destino inexorable en un mundo en zozobra. Lo trágico afecta a Gary e Irene; lo dramático, a Rhoda; la simple supervivencia, a Mark. Todos se mienten para no decir ni decirse la verdad, pero todos la conocen, está dentro de ellos. Gary comprende que "la fe que entonces albergara había degenerado en determinación, ahora era un compromiso emparejado con el aniquilamiento". Irene piensa que "Gary quería vivir en la isla, pasar todo un invierno allí, tener esa experiencia. Pero (...) iba a ser un invierno y nada más. Llegada la primavera, abandonaría el lugar, abandonaría a Irene". La grotesca e inhabitable cabaña no es sino la exteriorización de la vida de un hombre. La niebla se cierra sobre sus vidas, el lago, la isla y la novela. Una obra de arte.


    

  A veces se nos olvida la foto, como es este caso, pero no dejar dejar constancia de nuestras reuniones. Mucho menos se nos olvida la asistencia a las tertulias y, si por fechas, exámenes (como ejecutores o ejecutados), familia (progenitores o prole),deportes, viajes, o por cansancio; no dejaríamos de preguntar vía el inmediato whats app qué habíamos comentado.
    Así un viernes 3 de marzo de 2015 iniciamos la subida a Cuevecitas, término municipal de Candelaria, para llegar a una cueva abierta a un barranco, cabuco, en una urbanización de descanso Finca la paz que regenta Marc y Mary, padres de los queridos Manon y Nicolás, para, en su restaurante El auténtico hacer mucho más que comer. Ana, Carolina, Domingo, Enrique, Lourdes, Maive, Maríajosé y Tomás nos encontramos en ascenso físico y emocional para hacer pico en una mesa con velas y sabrosa comida: ensaladas con queso en forma de flor y otra con foie y pato, langostinos en pasta brick con salsa de mariscos y azafrán , magret de pato, mejillones a la manera belga, lasaña de salmón, carnes...y de postre helado de gofio y coulant, todo con abundante tinto francés.  Y todo por 22 euros.
     Como ya es habitual, del libro poco se dijo, ni falta que hacía ya que leer es leer y hablar es hablar y cómo bien nos explico aquella presidenta de comunidad autónoma mezclar cosas de distinto género nos lle va a nada. Así y todo, mezclamos y a nada llegamos. En tan feliz destino desbarramos sobre las relaciones familiares, especialmente las enfermedades de nuestros progenitores y los viajes que nos fuerza a hacer, no precisamente de placer. Sin estar en Alaska notamos como el cruel invierno que cerca la vida y enfría los pies para hacernos parecer enfermos de nada pegados al mando a distancia y bajo la manta no es otra cosa que la vida misma que nos advierte de que no hay mejor ni peor final para lo que sea vida que el único posible y, mientras tanto, lo más que podemos hacer es cambiar de canal, mientras el mando tenga pilas.
      Siguiendo con la decrepitud y enfermedades se nos planteó el origen, consecuencias, y si es o no somatización del dolor persistente de cabeza de una de las protagonistas. Me recordó y quise preguntarlo si no tenía semejanza con el punto luminosos del fotógrafo de Tierra desacostumbrada. Otro aspecto interesante es lo cíclico como determinismo del destino en el que parece que estamos atados a un eterno retorno, genético o no, en el que repetir comportamientos, generalmente violentos, con los demás y con uno mismo. El reiterado tema de la diferencia de comportamientos entre hombres y mujeres volvió a salir con las repetidas respuestas de siempre: qué simples son los hombres, las mujeres ofrecen más matices; para terminar, generalmente, con el no escapa ninguno.
     Lo interesante de la lectura, opinión generalizada, nos planteó leernos el reto de la trilogía. Los que compartimos tertulia ya nos habíamos leído Sukkwan Island y contamos las relaciones de parentesco entre los personajes de las dos obras, sin que eso limita la libertad del escritor para tomar cada una como obra independiente, suprimiendo o añadiendo circunstancias sin que se vea alterada la unidad temática. La curiosidad fue tal que a propuesta de MaríaJosé nos planteamos para la nueva tertulia algo totalmente novedoso: repetir autor, así que nos leeremos Tierra de David Vann para volver a vernos el 17 de abril de 2015.



miércoles, 7 de enero de 2015

"Sukkwan Island" de David Vann.

La tertulia amiga propone para su próxima tertulia el libro de David Vann

Sukkan Island  a propuesta de María José nos lo presenta el periódico El Periódico:

David Vann afronta el suicidio de su padre en 'Sukkwan Island'

La novela fabula una tensa relación paternofilial en una solitaria isla de Alaska

El contundente debut del escritor estadounidense gana el prestigioso Médicis.

Sábado, 27 de noviembre del 2010
ANNA ABELLA / Barcelona
El estadounidense David Vann, el pasado jueves en Barcelona.Alos 13 años a David Vann le cambió la vida. Su padre, un hombre depresivo y desesperanzado, divorciado dos veces a causa de su infidelidad, le preguntó si quería ir a pasar un año con él a Alaska. Él le dijo que no. «Dos semanas más tarde mi padre su suicidó», recordaba el jueves en Barcelona este profesor y escritor de franca sonrisa, nacido hace 44 años en la isla de Adak, Alaska. Para superar «el terrible sentimiento de culpabilidad» al pensar si una respuesta afirmativa lo habría evitado, recurrió a la escritura con solo 19 años y el tardío pero maduro fruto de esa «terapia literaria» fue su ópera prima, Sukkwan Island (Alfabia / Empúries). En esta escalofriante, sorprendente, contundente e imprevisible novela corta, de obligadas referencias autobiográficas bañadas en ficción, contó «la historia del niño que en vez de decir no dice que sí».
zoom
LA VERGÜENZA / «Durante los tres primeros años tras el suicidio decía que mi padre había muerto de cáncer porque me avergonzaba de ello y no quería que nadie lo supiera», confiesa Vann, que estuvo una década reescribiendo la novela, y sufriendo insomnio, hasta que encontró «la fórmula de hablar de los personajes a través del paisaje», convirtiendo «Alaska en el tercer personaje» y mostrando «un mundo salvaje hacia el que el padre [Jim], que está muy desesperado, necesita escapar».
Sukkwan Island crea una atmósfera claustrofóbica y asfixiante, donde se respira el drama aún por llegar, en una remota, inhóspita, fría y solitaria isla de Alaska, accesible solo por mar y en hidroavión y a 50 millas de Ketchikan, donde Vann se crió y donde cazaba y pescaba con su padre. Roy, un chaval de 13 años, álter ego del autor, acepta la oferta paterna de pasar allí un año para reconstruir la relación. Sin embargo, Jim, divorciado dos veces y «reflejo de mi padre -afirma-, que siempre fue un inconsciente que no pensaba en las consecuencias de lo que hacía», no prevé la escasez de comida, la peligrosa cercanía de los osos o los inevitables imprevistos en un lugar al que ningún adulto responsable llevaría jamás a un niño.
CATARSIS / Para Vann, que intentaba «comprender la desesperanza de su padre», el relato «tuvo un efecto maravilloso y catártico». «Me ayudó a superar toda la vergüenza y la ira que había sentido y tuvo otro efecto, el de volverlo a traer a la vida -explica-. El libro es casi una carta que quería escribirle a mi padre, porque un suicidio es como una conversación interrumpida».
Vann rememora la «increíble» reacción de la familia de su padre: «Yo tenía 13 años y me regalaron todas sus armas, incluso el rifle para matar osos con el que se suicidó». Y el sentimiento de culpa de su tío: «Intentó convencer a mi padre para que siguiera tratamiento psicológico y viajó a Alaska para separarle de las armas de caza pero él le convenció de que no era necesario». Y cómo su padre llamó a su madrastra antes de matarse para decirle : «Te quiero pero no voy a vivir sin ti». Para ella, llovía sobre mojado: «La madre de mi madrastra mató a su marido porque le era infiel y luego se pegó un tiro».
ÉXITO TARDÍO / Vann tardó 12 años en lograr publicar Sukkwan Island, que formaba parte de los relatos Leyenda de un suicidio, que se editarán pronto en España. En el 2008, una elogiosa crítica enThe New York Times le catapultó al éxito al llamar la atención de la poderosa Harper Collins, que le fichó. El libro acaba de ganar en Francia el prestigioso premio Médicis escalando las listas de ventas, y se ha traducido a 10 idiomas.
A Vann le encanta el mar, navegar y construir barcos pero la vorágine literaria (está a punto de publicar libro y tiene otro en marcha) le ha quitado la idea de dar la vuelta al mundo en solitario en catamarán. «Ahora veo que es algo bastante peligroso».







viernes, 12 de diciembre de 2014

"El héroe discreto" de Mario Vargas LLosa.


     
    Ya no me acuerdo quién nos recomendó este héroe de Vargas Llosa, pero sí recuerdo que cada vez que rememoramos las gozosas lecturas de sus libros alguien apostilla: a pesar de sus ideas políticas, siendo este el mejor de los casos ya que lo  normal es que esté completamente defenestrado y lo placentero de sus lecturas se quiera convertir en un pasado remoto cuando no era así. Bien nos lo recuerda Padura en El hombre que amaba los perros que lo del peruano es una excomunión laica y así los que lo leemos tenemos que justificar tan pecaminosa actividad. 
        Sí recuerdo que este blog ha celebrado en varias ocasiones los buenos ratos que Mario nos ha ofrecido y las gratas charlas que ha provocado y plantado un interés por temas que nos eran desconocidos. Me refiero a la imperial La fiesta del chivo que hace novela lo que no debió nunca de pasar más allá de la fantasía. Cómo este novelón, difícil de empezar, nos ponía en un mundo en el que queremos no creer y cómo disfrutamos de una prosa que vomitaba palabras que parecían que no podían ser otras. Isabel la tiene entre sus novelas, Begoña no podía creer que le resultara imposible dejar de leer toda esa barbarie, Ernesto comenzó a interesarse por las hermanas Mirabal (25 de noviembre Día Internacional de la No Violencia Contra la Mujer conmemorando sus asesinatos),...y muchos más nos quedamos enganchado esa novela que siendo histórica es más novela que historia y, sobretodo, es placer de leer.
     Un verano le cogí a mi padre El sueño del celta y, a pesar de los bienintencionados consejos de que no leyera por lo pesada que era, lo hice. Lo que parecía irrepetible se repitió. Otra vez nos sumergíamos sin tapujos en la barbarie humana a través de unos personajes que reivindican su condición humana a pesar de la circunstancias. El colonialismo, con sus excusas, queda desnudo ante el virus desenmascarados de personajes reales, como las Mirabal, que desde su modestia pretenden seguir siendo personas. El placer, cada vez más silencioso, de esta lectura se multiplicó al comentarlo con otros lectores igual de sorprendidos. 
     La sorpresa no se queda en eso ya que ahora nos ocupa El héroe discreto que partiendo de un personaje real, ya menos histórico, nos sumerge en un siglo XXI peruano que sirve como maqueta de un mundo para aflorar sus contradicciones y los inconveniente que pone para la búsqueda de la felicidad. Al modo cinematográfico del montaje paralelo dos historias transcurren hasta que se encuentran y culmina la historia. Este recurso estructura la obra, pero, al tiempo, se utiliza reiteradamente de forma que a un tiempo y sin ninguna solución de continuidad dos acciones se describen a la vez justificándose, en algunos casos, la narración porque un personaje es común a las dos acciones y cuenta lo que le ha sucedido. Los  personajes aparentemente secundarios dan una carne, grasa y, por supuesto, sabor a una novela que parece histórica, en cierto sentido lo es ya que se basa en una historia real, pero que es un canto coral, de zarzuela, a la vida. Me resultó un poco complicado creerme algunos personajes que parecen caricaturas, los mellizos. Tampoco me resultó satisfactoria la posible lectura de cuento moral, con moraleja,  y me hubiese gustado una lectura más compleja que vaya más allá del sentimiento de compasión que se manifiesta hacia todos los personajes. Personajes ya encontrados en otras obras y que volveremos a encontrarnos en otras. Muy curioso el punto de intriga e invitación a la reflexión de algún personaje misterioso que no se termina de aclarar. Me resultó un punto incomprensible la benevolencia con la que trata al poder y, en especial, al económico, dotándolo de cierto aire de excelencia que no siempre lo tiene, recuerdo En la orilla de Rafael Chirves en el que se describían sus miserias muy lejos de los deseos puros de cultura y comunicación que se manifiesta en la riqueza en esta novela.

       Repasando la entradas anteriores en este blog comprobé cómo celebramos el Nobel concedido en el 2010 y cómo comentamos previamente, junio de 2008, la que ya calificamos de novela histórica, en tanto nos metía en la historia del siglo XX y y paso al XXI de Travesuras de la niña mala que fue objeto de nuestra tertulia. También presentamos el ensayo de Vargas Llosa La civilización del espectáculo. 

            Seguiremos disfrutando de Vargas Llosa y de algunos de esos personajes que vuelven para recordarnos que no es un libro sino un mundo en el que nos adentramos al leer a Mario.










jueves, 4 de diciembre de 2014

"En la orilla" de Rafael Chirbes.

      El 8 de octubre de 20014 felicitábamos a Rafael Chirbes por el Premio Nacional de Narrrativa, noticia conocida el día anterior. También recibió el Premio de la Crítica. Todo ello por la conocida como novela de la crisis En la orilla. Éxito reciente pero no novedoso ya que hay que unirlo al de la serie de televisión  Crematorio basada en otro libro suyo de igual título.
      Nosotros presentamos En la orilla como propuesta de lectura para la tertulia que fue rechazada. A pesar de eso acometimos su lectura algunos de los contertulios. No podemos decir que fuese un disfrute esa lectura, ¿o sí lo fue? Ante esta cuestión el teclado del ordenador nos sirve de almohada de reflexión y valoración. Lo desagradable no es la novela sino la realidad que refleja. Desagradable es no poder empatizar con los personajes porque son espejos en los que se refleja lo peor de nuestra sociedad, ¿de nosotros? Asquerosos son los olores, la mugre, la mierda, la vejez pero sobre todo la falta de salida y el final inevitable como individuos. Hiriente es la verdad, la verdad sin adornos, sin buena letra que según el autor puede llevarnos a engaño. Engaño como el del cadáver que aparece en el inicio que nos lleva a pensar en una investigación policial al uso. Finta como la de los personajes iniciales que aparecen con un protagonismo que luego desemboca en el del narrador para diluirse en una obra coral, rural, de pueblo, del pueblo como personaje con múltiples voces y distintos lenguajes: primera persona, narrador omnisciente, diálogo de teatro, guión cinematográfico...
     Pero, quizás el mayor de los quiebros, al menos eso le sucedió al que esto escribe, es la búsqueda de una estructura, de un esqueleto que sostenga la carne sabrosa y bella de las palabras. Esto es lo que apreciamos en múltiples novelas, supone un juego en el que ponemos a prueba nuestra capacidad de lectores. En este caso la estructura, tenerla la tiene, cede protagonismo al torrente, mar, olas del lenguaje que palabra a palabra generan un ritmo poético. Pero no sólo eso sino que esta poesía tiene una potencia periodística que nos hace pensar que se está describiendo no sólo lo que ha ocurrido, sino también lo que está ocurriendo, e incluso lo que sucederá.
        Variedad y cantidad de temas: inmigración, interculturalidad, eutanasia, especulación inmobiliaria, mercado del arte y culinario, prostitución, mercado laboral,  problemas ecológicos,...no sacan de los sentimientos más íntimos de los personajes, ni de cómo se pretenden camuflar(partidas del bar), sino que enmarcan en un contexto histórico preciso, la crisis, unos personajes que parten del la Guerra Civil, transitan por el franquismo y hacen una transición hacia una época de fuegos artificiales y de polvoras mojadadas. Personajes que te crean el desasosiego de, aun sabiéndolos culpables, generar ´ternura y compasión.













martes, 2 de diciembre de 2014

"Querido Diego, te abraza Quiela" de Elena Poniatowzka.

 
  Yolanda propone, para la tertulia amiga, la lectura de las epístolas que Elena Poniatowska imagina que podría haber escrito a Diego Rivera su pretendida Quiela. Lo obsesivo y monocromo del cuadro que nos ofrece refleja un estado de ánimo y disolución que contrasta con la vitalidad y policromía de las vida y pinturas de Diego. El desencanto se torna en indignación a través de las páginas que nos muestran como la energía creativa y la capacidad de transmitir placer y alegría de algunas personas, en muchos casos mujeres, se pierde por el desagüe de la falsa sublimación de unos sentimientos y la aquiescencia de unos observadores paralizados por la cobardía.
 
     Encontré en la red esta entrada que nos ilustra sobre el tema:

www.graniteandrainbow.com
 
 le agradecemos la colaboración. Y aún habrá más ya que nos ofrecieron la lectura complementaria del texto de Rosa Montero sobre Juan Ramón y Zenobia Camprubí.


“Querido Diego, te abraza Quiela”, de Elena Poniatowska (Impedimenta)

Reseñas— 18 febrero 2014

 

       Alguien decía que una de las mayores formas de violencia es el mutismo, el silencio. Es aterrador y desesperante. Sientes las sacudidas como si todos los órganos de tu cuerpo se pusieran del revés, como si todos ellos, al mismo tiempo, se pusieran a hablar entre ellos en lenguas que desconoces. Es la necesidad de la palabra, es la necesidad de saber. Conocer. Cómo sobrevivir de lo contrario. La presión que ejerce, física y psicológicamente, el silencio, es demoledora y asfixiante. La ignorancia, en estos casos, no ayuda a contemplar la vida desde una perspectiva donde sintamos, como diría Kundera, la levedad de nuestro propio ser. Muy al contrario, cada día de silencio, cada respuesta corta, sí, no, cada nota firmada pero no dedicada, es una pesa que se añade al baúl que transportamos sobre nuestra espalda. Y llegará el día, claro, que se nos rompa la columna vertebral. Y estaremos perdidos.
        Quiela está perdida. Perdida de una forma en la que sólo lo permite el amor. Perdida mientras sigue en la búsqueda del Grial, que es Diego. Perdida mientras bucea entre sus órganos y su sangre e imagina una vida que no le pertenece, que quizás no le haya pertenecido nunca: la de ese pintor, Diego, del que está enamorada. Tendemos territorios en los cuerpos, pieles y vísceras de nuestros amados y, cuando estos se van, nos damos de bruces con que todo lo que éramos, todo lo que hemos construído, se lo han llevado con ellos. Lo que desaparece de esa forma, con el desamor por bandera, no retorna jamás. Pero a Quiela le cuesta comprender que ha construído castillos en el aire. Le cuesta comprender que Diego fue una estación más. Y el mutismo del pintor, esos silencios tan arrolladores, están cavando abismos en las manos de Quiela, que también pinta, están cavando precipicios en sus entrañas, y están matando a los pocos soldados que quedan en su cuerpo; un ejército antes glorioso que podía combatir contra cualquier cosa porque Diego estaba, pero sobre todo porque ese Diego que estaba tenía voz, cuerdas vocales, manos con las que comunicarse. ¿Y ahora? ¿Y ahora?, se pregunta Quiela. Ahora sólo hay una pensión, un hijo al que ha olvidado y una mujer a la que nunca ha querido. ¿O sí?
     El mutismo es un gran insulto que no se pronuncia, pero que está. El mutismo habla, aunque no sepa cómo pronunciar las palabras. El mutismo es la más tremenda de las armas: nadie sobrevive a él, tan presente, tan monstruoso, tan tirano. Quiela le escribe cartas a Diego y Diego no responde. Son cartas de amor, de desamor, de desesperación; cartas en las que habla la memoria, la esperanza, el cuerpo; cartas llenas de lucha, de sacrificio, de pérdida. Cartas que Quiela escribe porque necesita descargarse de algo de ese peso que la arrastra hasta el final del pozo. Su cuerpo, apenas un esqueleto ya, pesa como un gigante: es la estela de Diego que, sin estar, está demasiado presente en todo.
      A Sylvia Plath la denominaron en un libro «la mujer en silencio». Había dejado aparcado su genio, su talento, para que el genio y el talento de su marido, Ted Hughes, triunfase. Se había encerrado en una cocina, con sus hijos, y había ejercido de esposa, pero se le olvidó ejercer de mujer. Escribía a la sombra de una figura que cada día se hacía más grande, más talentosa, más monstruosa. Ted, al final, convirtió lo bello en trágico. El silencio, la huida, la ausencia, pudieron con Sylvia Plath. Recuerdo, también, las cartas que Arthur Cravan envió a la poeta y pintora Mina Loy. Unas cartas fascinantes llenas de amor y de miseria encubierta. Leo, por ejemplo: «Reza por mi descanso en la tumba y no hagas que mis huesos tengan celos.» Y: «Estoy tan hundido que cualquiera sabe. Moriré de la muerte más atroz sin haber recibido el menor consuelo.» Las cartas de amor parecen testamentos, ¿verdad?
       Quiela es, como Plath, la mujer en silencio. Escribe sabiendo, me temo, que Diego nunca más va a volver a hablar, sabiendo que nunca más pronunciará su nombre. Diego pretende, todo, a través del silencio. Quiela pretende, todo, a través de Diego. Es una vía sin salida, un testimonio demasiado brutal y sincero; un desnudo integral por parte de Quiela, y una huida infernal por parte de Diego. En estas ocasiones el mundo nunca es redondo. Diego diría, después: «Ella me dio todo lo que una mujer puede dar a un hombre. En cambio, recibió de mí todo el dolor en el corazón y la miseria que un hombre puede causarle a una mujer.» Lo mejor que podemos hacer por Quiela, entonces, es leerla y acompañarla; unir territorios.





Para una información más periodística, no deseada ni necesariamente objeteliva, proponemos la lectura de la presentación de la reedición del libro en ABC.

Cuando Poniatowska destapó al verdadero Diego Rivera

Día 02/02/2014 - 18.51h

La editorial Impedimenta recupera «Querido Diego, te abraza Quiela», donde la premio Cervantes recreó la enfermiza relación del pintor mexicano con su primera mujer, Angelina Beloff.

A mediados de los años 70, Elena Poniatowska (París, 1932) recibió el encargo de escribir el prólogo de dos libros de la novelista Lupe Marín, considerada por todo el mundo la primera mujer del pintor mexicano Diego Rivera. Mientras se documentaba, Poniatowska descubrió «La fabulosa vida de Diego Rivera», biografía del muralista escrita por Bertram Wolfe.
En ella, la escritora mexicana advirtió la presencia fascinante de Angelina Beloff, pintora exiliada rusa que, de hecho, fue la primera esposa de Diego Rivera y madre de su único hijo, Dieguito. El personaje atrapó a Poniatowska, que decidió escribir «Querido Diego, te abraza Quiela», un pequeño libro en el que recrea la enfermiza relación de Rivera y Beloff.
IMPEDIMENTA
Cubierta de «Querido Diego, te abraza Quiela»
Cuando Poniatowska destapó al verdadero Diego RiveraPublicada en México en 1978, la editorial Impedimenta recupera ahora en una nueva edición esta novela de la premio Cervantes 2013, considerada parte de su canon esencial y una de las obras más queridas por la escritora mexicana, que en abril visitará nuestro país para recibir el galardón más importante de las letras hispanas.
«Querido Diego, te abraza Quiela» se publicó en España hace casi 30 años, pero pasó desapercibido. En México, en cambio, fue un auténtico escándalo a finales de lo 70, pues Poniatowska se «atrevió» a desenmascarar al verdadero Diego Rivera, en aquel momento héroe de la progresía y de la intelectualidad izquierdista. «Este libro le retrata como un monstruo sin alma», explica el editor Enrique Redel.

Una novela femenina

La «novelita» está formada por doce cartas (todas inventadas por Poniatowska salvo la última, publicada originalmente en el mencionado libro de Bertram Wolfe) que Angelina Beloff envió a Diego Rivera entre 1921 y 1922. Ella se encontraba en París, donde el pintor la había dejado abandonada tras más de diez años de convivencia y un hijo en común para regresar a México, donde conocería a Lupe Marín y a Frida Kahlo.
Como explica Redel, «las cartas abarcan nueve meses, lo cual es bastante simbólico, porque son los nueve meses de gestación de algo». «Es una novela femenina por los cuatro costados. El personaje tiene mucho de Poniatowska, sobre todo desde la perspectiva de ese extrañamiento propio del exiliado. Es como meterse en las entrañas de una mujer».
Esa mujer retratada por la premio Cervantes está ciega de amor. La pasión que siente hacia Diego Rivera, quien eclipsó su obra y amargó su vida (Beloff era una artista de talento, pero la estela del muralista era demasiado ancha), determina cada instante de su vida diaria, aún más solitaria y triste por la pérdida de su hijo Dieguito cuando solo tenía 14 meses. «Siento que también yo podría borrarme con facilidad», le escribe el 19 de octubre. En esa misma carta se despide preocupada por la salud de su todavía marido y se disculpa por su flaqueza emocional: «Sé fuerte como lo has sido y perdona la debilidad de tu mujer».

Recuerdo del hijo perdido

El recuerdo del hijo perdido es casi tan intenso como la melancolía por la ausencia de Rivera en su vida. «Imaginaba yo a Dieguito asoleándose, a Dieguito sobre tus piernas, a Dieguito frente al mar», le cuenta el 7 de noviembre. «Te amo, Diego, ahora mismo siento un dolor casi insoportable en el pecho. En la calle, así me ha sucedido, me golpea tu recuerdo y ya no puedo caminar y algo me duele tanto que tengo que recargarme contra la pared», escribe con pesar y abatimiento. Una semana después y aún sin respuesta de Rivera (nunca contestaría a ninguna de las cartas), Quiela se confiesa desesperada: «Hoy como nunca te extraño y te deseo, Diego, tu gran corpachón llenaba todo el estudio».
Pero Beloff aún tiene espacio en su corazón ebrio de amor para ciertos reproches hacia el papel de padre que Rivera nunca quiso ejercer. «El niño cuya cabeza antes se perdía entre las sábanas llegó a ser todo cabeza y a ti te horrorizaba ese cráneo inflado como un globo a punto de estallar. No podías verlo, no querías verlo», le dice. «Siempre quise tener otro, tú fuiste el que me lo negaste (...). Me duele mucho, Diego, que te hayas negado a darme un hijo». A finales de diciembre la desesperación se convierte en disimulado rencor: «Sé que tú no piensas ya en Dieguito; cortaste sanamente, la rama reverdece, tu mundo es otro, y mi mundo es el de mi hijo».

Quiela y la pintura

La vida continúa sin Diego (ni Dieguito) y Quiela trata de recuperar el pulso a su oficio, rodeada de amigos como Juan Gris, Picasso o María Blanchard (gracias a ella conoció a Rivera, en un viaje a Bruselas en 1909) en el parisino barrio de Montparnasse. Reconoce entonces que «estaba como drogada, ocupabas todos mis pensamientos, tenía un miedo espantoso de defraudarte», pero ahora ha perdido «también mi posibilidad creadora; ya no sé pintar, ya no quiero pintar». Y le pide, desesperada, que sea por fin sincero con ella: «¿Me quieres, Diego? Es doloroso, sí, pero indispensable saberlo». El silencio es toda su respuesta. Las cartas continúan hasta el 22 de julio de 1922, día en el que está fechada la única misiva auténtica del libro. La posdata lo dice todo: «¿Qué opinas de mis grabados?».
En 1932, Angelina Beloff logra viajar a México, donde se estableció (su amor hacia Diego Rivera y su condición de expatriada hacían que se sintiera mexicana de alma y corazón) hasta su muerte a los 90 años, en 1969. Como explica Poniatowska en una nota al final del libro, Quiela «no buscó a Diego, no quería molestarlo». Un día se encontraron casualmente en un concierto en el Bellas Artes. Diego pasó junto a ella, pero no la reconoció. No es extraño, por tanto que, como explica Redel, estemos ante «uno de los libros preferidos de Elena, de los que siempre la acompañan, en el que habla de manera más íntima».



 
Yolanda sugiere como lectura complementaria, siguiendo con el tema de la disolución en la pareja en pos de un supuesto talento que precisa de más atención que la que el talentoso pueda darse, un capítulo del libro de Rosa Montero Historias de mujeres editado por Santillana en la colección Punto de lectura. A modo de aperitivo que abra el apetito para leernos la obra completa y que sirva para una tertulia
 
                pariendo-la-patria-buena.blogspot.com
 
 
nos ofrece un fragmento que nos ilustra sobre otro caso parecido al del libro que nos ocupa.
 
 
 
 
ZENOBIA CAMPRUBÍ: LA VIDA MORTÍFERA.

Por Rosa Montero.


"Hay gente que le llama Amor a cualquier cosa. Por ejemplo, a la necesidad patológica del Otro, al parasitismo mas feroz y destructivo. Sin duda, el escritor Juan Ramon Jiménez, Premio Nobel de 1956, necesitaba a su esposa Zenobia Camprubí de un modo abrumador e indescriptible; pero esto no significa necesariamente que la quisiera bien (o incluso que la quisiera: ¿era capaz de querer a alguien un personaje tan monstruosamente egocéntrico?). Sin embargo, algunos de los estudiosos juanramonianos se empeñaron en construir durante años un espejismo del amor conyugal, la irisada mentira de la pareja perfecta. Y así, durante décadas, se escribió abundantemente sobre el "ejemplar matrimonio" y sobre "la relación tan hermosa que sostuvieron".
Hasta que en 1991, Graciela Palau de Nemes editó y publicó la primera parte del Diario de Zenobia. Curiosamente, la profesora Palau intenta salvar en su prólogo lo insalvable: la leyenda rosa de la historia de amor. Tal vez no se daba cuenta que el material que estaba desenterrando era una bomba: un libro desolador y terrorífico, un minucioso e involuntario estudio sobre la patología humana. La pareja como destrucción, la pareja como trampa perversa.
 
     Pero, para empezar por el principio, digamos que Zenobia nació en la Costa Brava en 1887. Era hija de una puertorriqueña rica y de un ingeniero de Caminos catalán: una niña, en fin, de muy buena familia. El inglés era su lengua materna (también sabía francés) y durante su adolescencia paso varios años en los Estados Unidos, de modo que cuando regresó definitivamente a España en 1909 la llamaban la Americanita porque no parecía del terruño. Y no lo parecía porque era culta, activa, desenvuelta, moderna. Creía en Dios de una manera muy libre y participaba de ese espíritu de servicio a los demás tan típico de la época, una especie de caridad ilustrada de clase alta (recordemos que las desigualdades sociales eran por entonces enormes) que en su vertiente mas sustancial, responsable y lúcida había creado la Institutución Libre de Enseñanza. De modo que, al volver a España, organizó una escuela para niños campesinos y colaboro con diversas sociedades benéficas.

     Zenobia recibía unas pequeñas rentas de la herencia materna que ella completaba con diversos trabajos. En el exilio fue profesora de Lengua y Literatura, primero en una Universidad cercana a Washington, luego en la de Puerto Rico. Antes de la guerra tenía una tienda de artesanías en Madrid y amueblaba con primor apartamentos de alquiler para extranjeros. De las rentas y los empleos de Zenobia vivió fundamentalmente el matrimonio durante los cuarenta años que estuvieron juntos: los ingresos de Juan Ramón eran escasos e intermitentes. En su diario, Zenobia se lamenta repetidamente con amargura de la incapacidad manifiesta de su marido para ganar dinero: atravesaron muchos apuros económicos. Pero dentro del naufragio general de la relación y otras perfidias cotidianas, esta inutilidad de Juan Ramón para lo práctico resulta menor, incluso simpática.

     Él era, ya se sabe, un enfermo. La primera vez que piso un centro psiquiátrico (un manicomio, lo llamaban entonces) fue a los diecinueve años, después que su padre falleciera súbitamente mientras dormía y de que el mismo fuera sacado del sueño a sacudidas para darle la horrible noticia. No pudo superarlo: "la muerte repentina de mi padre se copió en mi alma y cuerpo, como en un espejo; o mejor, en una placa fotográfica. Me hirió, como una realidad a la placa, la muerte de mi padre. Y con la muerte grabada en mí, sentía morirme a cada instante". Era hipocondriaco y en sus peores momentos creía estar agonizando: no comía, no se lavaba, no hacia planes para el día siguiente porque pensaba que ya habría fallecido. Estaba lleno de manías: acumular cantidades ingentes de periódicos y recortes que luego era incapaz de tirar. por ejemplo, o cerrar las ventanas herméticamente porque no soportaba las corrientes de aire.

     Sin duda sufrió mucho: de eso se hacen eco, compasiva y litúrgicamente, todos sus estudiosos. Pero se me ocurre que hay locos y locos; hay enfermos dignos y conmovedores, que solo se dañan a si mismos, y enfermos malignos que sobreviven a costa de destruir a los demás. Dice Rilke que todos morimos de nuestra propia muerte, y de la misma manera, creo que todos enloquecemos de nuestra propia locura. Aunque en ocasiones era capaz de gestos magnánimos, Juan Ramón era, eso dicen, de un egoísmo descomunal; un misántropo reseco y amargado, un hombre a menudo cruel y mezquino. Tenía muchos enemigos (Bergamín, Alberti, Guillén, Neruda, Salinas) porque hablaba mal de casi todo el mundo. Sólo parecía manifestar ternura con los animales y los niños: y eso, me sospecho, porque de algún modo veía reflejada su propia niñez en ellos. Esto es, se diría, que le era muy difícil contemplar otra cosa que no fuera a sí mismo. Luis Cernuda escribió que en Juan Ramón se daba el caso más claro de doble personalidad que el había visto, un caso de Doctor Jeckill y Mister Hyde; y que, como Mister Hyde, era "una criatura ruin".

       La defensa de Juan Ramón contra su enfermedad, contra la angustia constante del morir y la nada siniestra del no ser, era su trabajo: una producción literaria obsesiva que cambiaba y reordenaba una y otra vez en su aspiración por conseguir algo imposible, la Obra Completa y Perfecta que lo rescatara de lo fugitivo. Juan Ramón combatía el vértigo existencial con sus actos: una respuesta tradicionalmente masculina. Zenobia lo hizo destruyendo su yo, diluyendo


Lo que hace la autoanulación de Zenobia más llamativa dentro de los muchos casos semejantes es la potencialidad que esta mujer tenía para mutilarse. Zenobia era inteligente, generosa, activa, culta, alegre. Y además escribía: desde muy chica había manifestado una clara vocación narrativa. De adolescente publicaba cuentos en inglés en una revista norteamericana para niños. Yo he leído Malgrat, un relato suyo escrito en castellano a los quince años: es un texto poderoso, asombrosamente bueno para su edad. El diario publicado por Graciela Palau no tiene esa fuerza ni esa voluntad de estilo: está claro que, para entonces, Zenobia ya ha claudicado. Salvo unas cuantas frases aisladas muy hermosas que dejan entrever su capacidad literaria (como cuando explica como se deshace Juan Ramón de los borradores de sus poemas: "rompe el papel en pedacitos con deleite, como si fuera un trabajador quitando el andamio"), el diario es un recuento árido y casi notarial de los dos años que pasaron en Cuba (de 1937 a 1939), después que Zenobia sacara a Juan Ramón de España "para que no se volviera loco", en agosto de 1936, al poco de estallar la guerra.

      Es un libro patético. Zenobia lo comienza el día del aniversario de su boda: llevan veintiún años de matrimonio, ella estaba a punto de cumplir los cincuenta y el cincuenta y seis. Las pautas de su relación, en fin, están perfectamente establecidas, y son las de una total y completa sumisión. Zenobia anula todos sus planes y compromisos cada vez que su marido la requiere para algo: copiarle en limpio los poemas, o simplemente acompañarlo. Debía de ser tan terriblemente duro convivir con un ser tan lleno de muerte, un hombre casi incapaz de disfrutar de nada; pero es que además Zenobia esta constantemente atenta a sus múltiples y neuróticos caprichos. Como no tienen dinero viven en un modesto cuarto de hotel que se va colmando loca y asfixiantemente con los periódicos de Juan Ramón. "El resulto es que el sirviente sólo puede entrar al cuarto una vez vez cada tres días y me parece como si estuviera viviendo en una pocilga. La vista de ese montón de periódicos a todas horas me da nauseas". Además, como cuando Juan Ramón escribe "no soporta ningún ruido o movimiento, lo cual es perfectamente comprensible", Zenobia se pasa los días en el servicio. También cuando él se echa una siesta: "Me puse nerviosa encerrada en el baño mientras Juan Ramón dormía, pues el día estaba bellísimo".

       Y es que ella no se puede marchar, no le puede dejar solo. Juan Ramón no le permite operarse de un lipoma (tumor de grasa) que Zenobia tiene en el vientre: tendría que permanecer internada en el hospital y el no soporta su ausencia (y tal vez tampoco su enfermedad, su debilidad): "mi primer deseo y mas ardiente es ir inmediatamente a la clínica más cercana para que me operen de mi molesta protuberancia", dice ella en el diario: " si no pesaran sobre mi tantas tradiciones idiotas iría sin más ni más y ya podría J.R. retorcerse las manos. Es ridículo imponerle algo tan mortificante a otra persona (...) Pero nunca tendré el valor ni la determinación suficiente para deshacerme de mis problemas mientras Juan Ramón esté cerca". Y , en efecto, pasan los años y Zenobia sigue criando su tumor.

      Lo mas atroz del diario cubano, con todo, es el siempre pospuesto viaje a los EEUU. Zenobia tiene a toda su familia viviendo en ese país, al que hace veintiún años que no va (salvo una brevísima estancia al comienzo del exilio) y esta ansiosa por acercarse a verlos. Desde que llega a Cuba está ansiosa por organizar el viaje; una y otra vez pone una fecha de partida, va a las compañias marítimas, consulta precios, reserva pasajes; una y otra vez llega el día acordado y Zenobia sigue en La Habana. La estrategia obstruccionista de Juan Ramón es siempre la misma: primero consiente en ir con ella (y ella le busca un alojamiento adecuado para sus manías y organiza todo para él en los EEUU), luego empieza a ponerse nervioso y dice que es mejor que Zenobia vaya sola (y ella anula las disposiciones en torno a él, reserva el propio billete, reduce el viaje a sólo un mes), por último Juan Ramón le hace la vida tan imposible ante la idea de su ausencia que Zenobia claudica y no se marcha. Esta lenta tortura se prolonga durante año y medio hasta que Zenobia consigue partir.

      Zenobia apunta sus mas duras criticas a Juan Ramón en relación con este tantas veces frustrado viaje: "realmente no se como tolero estar aquí teniendo a mi familia entera y a mis amigas tan cerca (...) si no me decido a ir sola voy a encontrar que con J.R. estaré más atormentada, pues él nunca quiere hacer nada que yo quiera hacer y siempre quiere que yo haga lo que él quiere". O bien, " ir a los EEUU con J.R. significa tanta complicación que preferiría no ir. Hay un obstáculo cada vez que quiero hacer algo y recuerdo que los pocos días en Nueva York estaba ansiosa de que terminaran. Es horrible". Y también: "no tiene sentido que me sacrifique en balde por el egoísmo de J.R." Pese a la gran contención que Zenobia usa en su diario, muchas entradas hablan escuetamente de su infelicidad y su desesperación. No dice que llorara en ningún momento, pero son páginas que saben a lágrimas. Aunque en otras ocasiones, claro esta, hay buenos momentos, tanto mas apreciados por los escasos.

     "Si veo cosas claras y el no las ve", dice Zenobia, "¿Qué sentido tiene permitirle acabar con mi existencia?". Es una pregunta exacta y pertinente. ¿Es la víctima culpable de ser víctima? Conozco a muchas mujeres como Zenobia: hembras fuertes y débiles al mismo tiempo. En esa patología anida la patología de la mujer dependiente, de quien depende a su vez, morbosamente, el hombre que la tiraniza. Hay un infierno en la relación entre Zenobia y Juan Ramón, pero los demonios (tan reconocibles, tan humanos) están en las dos partes. La necesidad absoluta que Juan Ramón tenía de ella había terminado por atrapar a Zenobia: "el es queridísimo aunque me vuelve loca". Destruirse por alguien (y mas si ese alguien es un artista mundialmente reconocido) puede llegar a convertirse en un placer perverso y mortífero: a fin de cuentas, soluciona la angustiosa pregunta de que va a hacer uno (o que va a ser uno) en la existencia: "Aumenta mi inquietud por llegar a ser útil en la sociedad. Pero estoy consciente que, para dedicarme a otros trabajos, tendría que abandonar a J.R. que ahora mismo esta necesitando mucha atención. Confundida en cuanto al mejor camino a seguir".

      Al final, decidió seguir apuntalando al genio y con el tiempo cada vez se conformó más con su papel (¿se metió más en su propia patología?), hasta el punto de que, al final de sus vidas, estando Juan Ramón terriblemente desequilibrado e internado en un centro psiquiátrico, los médicos llegaron a decirle a Zenobia que su presencia omniprotectora era negativa para su marido. Zenobia parece admitirlo y planea vagamente dejarle solo durante algún tiempo, pero nunca lo hace: la enfermiza interdependencia esta demasiado solidificada para entonces.

      En 1951 a Zenobia se le descubre un cáncer de útero. Viaja a Boston y es operada con éxito, pero en 1954, viviendo en Puerto Rico, se le reproduce. Le recomiendan que vuelva a Boston pero, para no dejar a Juan Ramón que esta muy mal, decide no marcharse y someterse a radio terapia en Puerto Rico. El tratamiento es tan erróneo y tan brutal que Zenobia es quemada lentamente, sesión tras sesión, hasta que es abrasada por completo. Cuando por fin viaja a Boston los médicos quedan horrorizados: las quemaduras son tan enormes que no se la puede operar. Solo tiene tres meses por delante, le comunican. Y ella regresa a Puerto Rico a poner orden en la vida y los papeles de Juan Ramón.
      En estos últimos años, Juan Ramón ha comenzado a darle a Zenobia lo que antes le escatimaba: la certidumbre de su lugar histórico como musa del genio. Lo cual no es sino el justo pago a la inversión hecha por Zenobia día tras día. Y así, en las cartas que le manda a Boston cuando la operación del 51, Juan Ramón le va detallando los poemas que escribió por ella y para ella. Y certifica: "fuiste, con mi madre, la mejor fuente de mi inspiración". Ella, a su vez, ha empezado a contarse su propio pasado mentirosamente, como solemos hacer los humanos al final de la vida (misericordiosa memoria, que nos permite hacer una mirada retrospectiva consoladora), para darle un sentido de destino a sus sacrificios. Y así, Zenobia escribe por entonces: "al casarme con quien, desde los catorce años, había encontrado la rica vena de su tesoro individual, me di cuenta en el acto que el verdadero motivo de mi vida había sido dedicarme a facilitar lo que ya era un hecho".
      Su agonía fue lenta. Poco antes del final, Juan Ramón recibió el premio Nobel de Literatura: para Zenobia era la confirmación de que su existencia no había sido un desperdicio. Ricardo Gullón cuenta que cuando le dijeron lo del premio, Zenobia ya no podía hablar; susurró una canción de cuna y murió a los dos días (el 28 de octubre de 1956). Juan Ramón enloqueció literalmente de pena; tuvo que ser internado y no volvió a escribir mas. Falleció año y medio mas tarde. Después de su muerte, se encontró una libreta que decía: "A Zenobia de mi alma, este  último recuerdo de su Juan Ramón, que la adoró como la mujer más completa del mundo y no pudo hacerla feliz".
     Zenobia y Juan Ramón se habían conocido en 1912. El se enamoró de ella desde el primer momento, pero ella huyó de su insistente acoso durante dos años.: no quería casarse con un español (los consideraba machistas), tenía muchos planes propios para su futuro, Juan Ramón le parecía un tipo raro y demasiado triste. Las abundantísimas cartas de Juan Ramón en ese tiempo son un catálogo de trucos sentimentales: intenta despertar en Zenobia la vocación regeneracionista que hay en toda mujer (a éste lo salvo yo) e incluso le ofrece creer en Dios si ella lo ama.
    
       Pero la gota final fue literaria. Zenobia, que encontraba semejanzas entre Platero y yo y la obra del novel Tagore, tradujo un libro del escritor bengalí para enseñárselo a Juan Ramón. Y este se agarró al clavo ardiendo: revisó el texto español, publicó  la traducción firmada por los dos , insistió que se hicieran más (terminaron traduciendo 20 obras). Juan Ramón le ofreció a Zenobia, en suma, una colaboración creativa de colegas literarios, un futuro de trabajo en común: "todas las traducciones que hagamos de cosas bellas, las firmarás tú. Luego has de hacer algo original ¿verdad? Yo quiero que, en el porvenir, nos unan a los dos en nuestros libros", dice Juan Ramón en una de sus cartas de conquista. Y Zenobia, que tenía aspiraciones literarias, bajo por fin sus defensas y se casó con él...para no volver a escribir nunca más nada propio, salvo sus modestísimos diarios. Tal vez estuviera pensando en todo esto (en las ilusiones rotas, en las vidas no vividas) cuando anotó en los cuadernos cubanos este conmovedor párrafo: "cuando regresamos, las nubes se habían abierto hacia el noreste y el resplandor del atardecer (...) hacía que el mundo pareciera nuevo (...) Y de repente todos los sueños infantiles se hicieron realidad y nos embargó la intensa esperanza de que todo este tiempo de incredulidad hubiera sido un desperdicio de la alegría".

2 comentarios:

  1. Lo escrito en este artículo sobre la historia personal de Zenobia y juan Ramón es una falsedad completa, como lo dicho en el libro de Rosa Montero. Cualquier persona que haya conocido a la pareja sabe que fue una relación hermosa y Zenobia jamás se sometió al poeta. Era una mujer de enorme fuerza y personalidad que luchó por los derechos de la mujer y mantuvo su indepencia laboral, aparte de ayudar a su marido al que amaba profundamente.
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  2.  
    La historia publicada aqui es original de Rosa Montero, integramente, y esta basada en el diario de Zenobia. Si lo que ese diario dice fue asi, como la propia Zenobia escribió, en nuestros dias se diria que ella fue victima de acoso sicológico. Esa es mi opinión. Y lo escrito aqui se hace para ayudar a las mujeres victimas de este tipo de abuso.

 Retrato atribuido a Diego Rivera de Angelina Beloff. Las cinco obras anteriores que ilustran esta entrada parecen ser de Angelina Beloff y pretenden ser un ejemplo de su gran capacidad técnica y versatilidad artística.