martes, 2 de diciembre de 2014

"Querido Diego, te abraza Quiela" de Elena Poniatowzka.

 
  Yolanda propone, para la tertulia amiga, la lectura de las epístolas que Elena Poniatowska imagina que podría haber escrito a Diego Rivera su pretendida Quiela. Lo obsesivo y monocromo del cuadro que nos ofrece refleja un estado de ánimo y disolución que contrasta con la vitalidad y policromía de las vida y pinturas de Diego. El desencanto se torna en indignación a través de las páginas que nos muestran como la energía creativa y la capacidad de transmitir placer y alegría de algunas personas, en muchos casos mujeres, se pierde por el desagüe de la falsa sublimación de unos sentimientos y la aquiescencia de unos observadores paralizados por la cobardía.
 
     Encontré en la red esta entrada que nos ilustra sobre el tema:

www.graniteandrainbow.com
 
 le agradecemos la colaboración. Y aún habrá más ya que nos ofrecieron la lectura complementaria del texto de Rosa Montero sobre Juan Ramón y Zenobia Camprubí.


“Querido Diego, te abraza Quiela”, de Elena Poniatowska (Impedimenta)

Reseñas— 18 febrero 2014

 

       Alguien decía que una de las mayores formas de violencia es el mutismo, el silencio. Es aterrador y desesperante. Sientes las sacudidas como si todos los órganos de tu cuerpo se pusieran del revés, como si todos ellos, al mismo tiempo, se pusieran a hablar entre ellos en lenguas que desconoces. Es la necesidad de la palabra, es la necesidad de saber. Conocer. Cómo sobrevivir de lo contrario. La presión que ejerce, física y psicológicamente, el silencio, es demoledora y asfixiante. La ignorancia, en estos casos, no ayuda a contemplar la vida desde una perspectiva donde sintamos, como diría Kundera, la levedad de nuestro propio ser. Muy al contrario, cada día de silencio, cada respuesta corta, sí, no, cada nota firmada pero no dedicada, es una pesa que se añade al baúl que transportamos sobre nuestra espalda. Y llegará el día, claro, que se nos rompa la columna vertebral. Y estaremos perdidos.
        Quiela está perdida. Perdida de una forma en la que sólo lo permite el amor. Perdida mientras sigue en la búsqueda del Grial, que es Diego. Perdida mientras bucea entre sus órganos y su sangre e imagina una vida que no le pertenece, que quizás no le haya pertenecido nunca: la de ese pintor, Diego, del que está enamorada. Tendemos territorios en los cuerpos, pieles y vísceras de nuestros amados y, cuando estos se van, nos damos de bruces con que todo lo que éramos, todo lo que hemos construído, se lo han llevado con ellos. Lo que desaparece de esa forma, con el desamor por bandera, no retorna jamás. Pero a Quiela le cuesta comprender que ha construído castillos en el aire. Le cuesta comprender que Diego fue una estación más. Y el mutismo del pintor, esos silencios tan arrolladores, están cavando abismos en las manos de Quiela, que también pinta, están cavando precipicios en sus entrañas, y están matando a los pocos soldados que quedan en su cuerpo; un ejército antes glorioso que podía combatir contra cualquier cosa porque Diego estaba, pero sobre todo porque ese Diego que estaba tenía voz, cuerdas vocales, manos con las que comunicarse. ¿Y ahora? ¿Y ahora?, se pregunta Quiela. Ahora sólo hay una pensión, un hijo al que ha olvidado y una mujer a la que nunca ha querido. ¿O sí?
     El mutismo es un gran insulto que no se pronuncia, pero que está. El mutismo habla, aunque no sepa cómo pronunciar las palabras. El mutismo es la más tremenda de las armas: nadie sobrevive a él, tan presente, tan monstruoso, tan tirano. Quiela le escribe cartas a Diego y Diego no responde. Son cartas de amor, de desamor, de desesperación; cartas en las que habla la memoria, la esperanza, el cuerpo; cartas llenas de lucha, de sacrificio, de pérdida. Cartas que Quiela escribe porque necesita descargarse de algo de ese peso que la arrastra hasta el final del pozo. Su cuerpo, apenas un esqueleto ya, pesa como un gigante: es la estela de Diego que, sin estar, está demasiado presente en todo.
      A Sylvia Plath la denominaron en un libro «la mujer en silencio». Había dejado aparcado su genio, su talento, para que el genio y el talento de su marido, Ted Hughes, triunfase. Se había encerrado en una cocina, con sus hijos, y había ejercido de esposa, pero se le olvidó ejercer de mujer. Escribía a la sombra de una figura que cada día se hacía más grande, más talentosa, más monstruosa. Ted, al final, convirtió lo bello en trágico. El silencio, la huida, la ausencia, pudieron con Sylvia Plath. Recuerdo, también, las cartas que Arthur Cravan envió a la poeta y pintora Mina Loy. Unas cartas fascinantes llenas de amor y de miseria encubierta. Leo, por ejemplo: «Reza por mi descanso en la tumba y no hagas que mis huesos tengan celos.» Y: «Estoy tan hundido que cualquiera sabe. Moriré de la muerte más atroz sin haber recibido el menor consuelo.» Las cartas de amor parecen testamentos, ¿verdad?
       Quiela es, como Plath, la mujer en silencio. Escribe sabiendo, me temo, que Diego nunca más va a volver a hablar, sabiendo que nunca más pronunciará su nombre. Diego pretende, todo, a través del silencio. Quiela pretende, todo, a través de Diego. Es una vía sin salida, un testimonio demasiado brutal y sincero; un desnudo integral por parte de Quiela, y una huida infernal por parte de Diego. En estas ocasiones el mundo nunca es redondo. Diego diría, después: «Ella me dio todo lo que una mujer puede dar a un hombre. En cambio, recibió de mí todo el dolor en el corazón y la miseria que un hombre puede causarle a una mujer.» Lo mejor que podemos hacer por Quiela, entonces, es leerla y acompañarla; unir territorios.





Para una información más periodística, no deseada ni necesariamente objeteliva, proponemos la lectura de la presentación de la reedición del libro en ABC.

Cuando Poniatowska destapó al verdadero Diego Rivera

Día 02/02/2014 - 18.51h

La editorial Impedimenta recupera «Querido Diego, te abraza Quiela», donde la premio Cervantes recreó la enfermiza relación del pintor mexicano con su primera mujer, Angelina Beloff.

A mediados de los años 70, Elena Poniatowska (París, 1932) recibió el encargo de escribir el prólogo de dos libros de la novelista Lupe Marín, considerada por todo el mundo la primera mujer del pintor mexicano Diego Rivera. Mientras se documentaba, Poniatowska descubrió «La fabulosa vida de Diego Rivera», biografía del muralista escrita por Bertram Wolfe.
En ella, la escritora mexicana advirtió la presencia fascinante de Angelina Beloff, pintora exiliada rusa que, de hecho, fue la primera esposa de Diego Rivera y madre de su único hijo, Dieguito. El personaje atrapó a Poniatowska, que decidió escribir «Querido Diego, te abraza Quiela», un pequeño libro en el que recrea la enfermiza relación de Rivera y Beloff.
IMPEDIMENTA
Cubierta de «Querido Diego, te abraza Quiela»
Cuando Poniatowska destapó al verdadero Diego RiveraPublicada en México en 1978, la editorial Impedimenta recupera ahora en una nueva edición esta novela de la premio Cervantes 2013, considerada parte de su canon esencial y una de las obras más queridas por la escritora mexicana, que en abril visitará nuestro país para recibir el galardón más importante de las letras hispanas.
«Querido Diego, te abraza Quiela» se publicó en España hace casi 30 años, pero pasó desapercibido. En México, en cambio, fue un auténtico escándalo a finales de lo 70, pues Poniatowska se «atrevió» a desenmascarar al verdadero Diego Rivera, en aquel momento héroe de la progresía y de la intelectualidad izquierdista. «Este libro le retrata como un monstruo sin alma», explica el editor Enrique Redel.

Una novela femenina

La «novelita» está formada por doce cartas (todas inventadas por Poniatowska salvo la última, publicada originalmente en el mencionado libro de Bertram Wolfe) que Angelina Beloff envió a Diego Rivera entre 1921 y 1922. Ella se encontraba en París, donde el pintor la había dejado abandonada tras más de diez años de convivencia y un hijo en común para regresar a México, donde conocería a Lupe Marín y a Frida Kahlo.
Como explica Redel, «las cartas abarcan nueve meses, lo cual es bastante simbólico, porque son los nueve meses de gestación de algo». «Es una novela femenina por los cuatro costados. El personaje tiene mucho de Poniatowska, sobre todo desde la perspectiva de ese extrañamiento propio del exiliado. Es como meterse en las entrañas de una mujer».
Esa mujer retratada por la premio Cervantes está ciega de amor. La pasión que siente hacia Diego Rivera, quien eclipsó su obra y amargó su vida (Beloff era una artista de talento, pero la estela del muralista era demasiado ancha), determina cada instante de su vida diaria, aún más solitaria y triste por la pérdida de su hijo Dieguito cuando solo tenía 14 meses. «Siento que también yo podría borrarme con facilidad», le escribe el 19 de octubre. En esa misma carta se despide preocupada por la salud de su todavía marido y se disculpa por su flaqueza emocional: «Sé fuerte como lo has sido y perdona la debilidad de tu mujer».

Recuerdo del hijo perdido

El recuerdo del hijo perdido es casi tan intenso como la melancolía por la ausencia de Rivera en su vida. «Imaginaba yo a Dieguito asoleándose, a Dieguito sobre tus piernas, a Dieguito frente al mar», le cuenta el 7 de noviembre. «Te amo, Diego, ahora mismo siento un dolor casi insoportable en el pecho. En la calle, así me ha sucedido, me golpea tu recuerdo y ya no puedo caminar y algo me duele tanto que tengo que recargarme contra la pared», escribe con pesar y abatimiento. Una semana después y aún sin respuesta de Rivera (nunca contestaría a ninguna de las cartas), Quiela se confiesa desesperada: «Hoy como nunca te extraño y te deseo, Diego, tu gran corpachón llenaba todo el estudio».
Pero Beloff aún tiene espacio en su corazón ebrio de amor para ciertos reproches hacia el papel de padre que Rivera nunca quiso ejercer. «El niño cuya cabeza antes se perdía entre las sábanas llegó a ser todo cabeza y a ti te horrorizaba ese cráneo inflado como un globo a punto de estallar. No podías verlo, no querías verlo», le dice. «Siempre quise tener otro, tú fuiste el que me lo negaste (...). Me duele mucho, Diego, que te hayas negado a darme un hijo». A finales de diciembre la desesperación se convierte en disimulado rencor: «Sé que tú no piensas ya en Dieguito; cortaste sanamente, la rama reverdece, tu mundo es otro, y mi mundo es el de mi hijo».

Quiela y la pintura

La vida continúa sin Diego (ni Dieguito) y Quiela trata de recuperar el pulso a su oficio, rodeada de amigos como Juan Gris, Picasso o María Blanchard (gracias a ella conoció a Rivera, en un viaje a Bruselas en 1909) en el parisino barrio de Montparnasse. Reconoce entonces que «estaba como drogada, ocupabas todos mis pensamientos, tenía un miedo espantoso de defraudarte», pero ahora ha perdido «también mi posibilidad creadora; ya no sé pintar, ya no quiero pintar». Y le pide, desesperada, que sea por fin sincero con ella: «¿Me quieres, Diego? Es doloroso, sí, pero indispensable saberlo». El silencio es toda su respuesta. Las cartas continúan hasta el 22 de julio de 1922, día en el que está fechada la única misiva auténtica del libro. La posdata lo dice todo: «¿Qué opinas de mis grabados?».
En 1932, Angelina Beloff logra viajar a México, donde se estableció (su amor hacia Diego Rivera y su condición de expatriada hacían que se sintiera mexicana de alma y corazón) hasta su muerte a los 90 años, en 1969. Como explica Poniatowska en una nota al final del libro, Quiela «no buscó a Diego, no quería molestarlo». Un día se encontraron casualmente en un concierto en el Bellas Artes. Diego pasó junto a ella, pero no la reconoció. No es extraño, por tanto que, como explica Redel, estemos ante «uno de los libros preferidos de Elena, de los que siempre la acompañan, en el que habla de manera más íntima».



 
Yolanda sugiere como lectura complementaria, siguiendo con el tema de la disolución en la pareja en pos de un supuesto talento que precisa de más atención que la que el talentoso pueda darse, un capítulo del libro de Rosa Montero Historias de mujeres editado por Santillana en la colección Punto de lectura. A modo de aperitivo que abra el apetito para leernos la obra completa y que sirva para una tertulia
 
                pariendo-la-patria-buena.blogspot.com
 
 
nos ofrece un fragmento que nos ilustra sobre otro caso parecido al del libro que nos ocupa.
 
 
 
 
ZENOBIA CAMPRUBÍ: LA VIDA MORTÍFERA.

Por Rosa Montero.


"Hay gente que le llama Amor a cualquier cosa. Por ejemplo, a la necesidad patológica del Otro, al parasitismo mas feroz y destructivo. Sin duda, el escritor Juan Ramon Jiménez, Premio Nobel de 1956, necesitaba a su esposa Zenobia Camprubí de un modo abrumador e indescriptible; pero esto no significa necesariamente que la quisiera bien (o incluso que la quisiera: ¿era capaz de querer a alguien un personaje tan monstruosamente egocéntrico?). Sin embargo, algunos de los estudiosos juanramonianos se empeñaron en construir durante años un espejismo del amor conyugal, la irisada mentira de la pareja perfecta. Y así, durante décadas, se escribió abundantemente sobre el "ejemplar matrimonio" y sobre "la relación tan hermosa que sostuvieron".
Hasta que en 1991, Graciela Palau de Nemes editó y publicó la primera parte del Diario de Zenobia. Curiosamente, la profesora Palau intenta salvar en su prólogo lo insalvable: la leyenda rosa de la historia de amor. Tal vez no se daba cuenta que el material que estaba desenterrando era una bomba: un libro desolador y terrorífico, un minucioso e involuntario estudio sobre la patología humana. La pareja como destrucción, la pareja como trampa perversa.
 
     Pero, para empezar por el principio, digamos que Zenobia nació en la Costa Brava en 1887. Era hija de una puertorriqueña rica y de un ingeniero de Caminos catalán: una niña, en fin, de muy buena familia. El inglés era su lengua materna (también sabía francés) y durante su adolescencia paso varios años en los Estados Unidos, de modo que cuando regresó definitivamente a España en 1909 la llamaban la Americanita porque no parecía del terruño. Y no lo parecía porque era culta, activa, desenvuelta, moderna. Creía en Dios de una manera muy libre y participaba de ese espíritu de servicio a los demás tan típico de la época, una especie de caridad ilustrada de clase alta (recordemos que las desigualdades sociales eran por entonces enormes) que en su vertiente mas sustancial, responsable y lúcida había creado la Institutución Libre de Enseñanza. De modo que, al volver a España, organizó una escuela para niños campesinos y colaboro con diversas sociedades benéficas.

     Zenobia recibía unas pequeñas rentas de la herencia materna que ella completaba con diversos trabajos. En el exilio fue profesora de Lengua y Literatura, primero en una Universidad cercana a Washington, luego en la de Puerto Rico. Antes de la guerra tenía una tienda de artesanías en Madrid y amueblaba con primor apartamentos de alquiler para extranjeros. De las rentas y los empleos de Zenobia vivió fundamentalmente el matrimonio durante los cuarenta años que estuvieron juntos: los ingresos de Juan Ramón eran escasos e intermitentes. En su diario, Zenobia se lamenta repetidamente con amargura de la incapacidad manifiesta de su marido para ganar dinero: atravesaron muchos apuros económicos. Pero dentro del naufragio general de la relación y otras perfidias cotidianas, esta inutilidad de Juan Ramón para lo práctico resulta menor, incluso simpática.

     Él era, ya se sabe, un enfermo. La primera vez que piso un centro psiquiátrico (un manicomio, lo llamaban entonces) fue a los diecinueve años, después que su padre falleciera súbitamente mientras dormía y de que el mismo fuera sacado del sueño a sacudidas para darle la horrible noticia. No pudo superarlo: "la muerte repentina de mi padre se copió en mi alma y cuerpo, como en un espejo; o mejor, en una placa fotográfica. Me hirió, como una realidad a la placa, la muerte de mi padre. Y con la muerte grabada en mí, sentía morirme a cada instante". Era hipocondriaco y en sus peores momentos creía estar agonizando: no comía, no se lavaba, no hacia planes para el día siguiente porque pensaba que ya habría fallecido. Estaba lleno de manías: acumular cantidades ingentes de periódicos y recortes que luego era incapaz de tirar. por ejemplo, o cerrar las ventanas herméticamente porque no soportaba las corrientes de aire.

     Sin duda sufrió mucho: de eso se hacen eco, compasiva y litúrgicamente, todos sus estudiosos. Pero se me ocurre que hay locos y locos; hay enfermos dignos y conmovedores, que solo se dañan a si mismos, y enfermos malignos que sobreviven a costa de destruir a los demás. Dice Rilke que todos morimos de nuestra propia muerte, y de la misma manera, creo que todos enloquecemos de nuestra propia locura. Aunque en ocasiones era capaz de gestos magnánimos, Juan Ramón era, eso dicen, de un egoísmo descomunal; un misántropo reseco y amargado, un hombre a menudo cruel y mezquino. Tenía muchos enemigos (Bergamín, Alberti, Guillén, Neruda, Salinas) porque hablaba mal de casi todo el mundo. Sólo parecía manifestar ternura con los animales y los niños: y eso, me sospecho, porque de algún modo veía reflejada su propia niñez en ellos. Esto es, se diría, que le era muy difícil contemplar otra cosa que no fuera a sí mismo. Luis Cernuda escribió que en Juan Ramón se daba el caso más claro de doble personalidad que el había visto, un caso de Doctor Jeckill y Mister Hyde; y que, como Mister Hyde, era "una criatura ruin".

       La defensa de Juan Ramón contra su enfermedad, contra la angustia constante del morir y la nada siniestra del no ser, era su trabajo: una producción literaria obsesiva que cambiaba y reordenaba una y otra vez en su aspiración por conseguir algo imposible, la Obra Completa y Perfecta que lo rescatara de lo fugitivo. Juan Ramón combatía el vértigo existencial con sus actos: una respuesta tradicionalmente masculina. Zenobia lo hizo destruyendo su yo, diluyendo


Lo que hace la autoanulación de Zenobia más llamativa dentro de los muchos casos semejantes es la potencialidad que esta mujer tenía para mutilarse. Zenobia era inteligente, generosa, activa, culta, alegre. Y además escribía: desde muy chica había manifestado una clara vocación narrativa. De adolescente publicaba cuentos en inglés en una revista norteamericana para niños. Yo he leído Malgrat, un relato suyo escrito en castellano a los quince años: es un texto poderoso, asombrosamente bueno para su edad. El diario publicado por Graciela Palau no tiene esa fuerza ni esa voluntad de estilo: está claro que, para entonces, Zenobia ya ha claudicado. Salvo unas cuantas frases aisladas muy hermosas que dejan entrever su capacidad literaria (como cuando explica como se deshace Juan Ramón de los borradores de sus poemas: "rompe el papel en pedacitos con deleite, como si fuera un trabajador quitando el andamio"), el diario es un recuento árido y casi notarial de los dos años que pasaron en Cuba (de 1937 a 1939), después que Zenobia sacara a Juan Ramón de España "para que no se volviera loco", en agosto de 1936, al poco de estallar la guerra.

      Es un libro patético. Zenobia lo comienza el día del aniversario de su boda: llevan veintiún años de matrimonio, ella estaba a punto de cumplir los cincuenta y el cincuenta y seis. Las pautas de su relación, en fin, están perfectamente establecidas, y son las de una total y completa sumisión. Zenobia anula todos sus planes y compromisos cada vez que su marido la requiere para algo: copiarle en limpio los poemas, o simplemente acompañarlo. Debía de ser tan terriblemente duro convivir con un ser tan lleno de muerte, un hombre casi incapaz de disfrutar de nada; pero es que además Zenobia esta constantemente atenta a sus múltiples y neuróticos caprichos. Como no tienen dinero viven en un modesto cuarto de hotel que se va colmando loca y asfixiantemente con los periódicos de Juan Ramón. "El resulto es que el sirviente sólo puede entrar al cuarto una vez vez cada tres días y me parece como si estuviera viviendo en una pocilga. La vista de ese montón de periódicos a todas horas me da nauseas". Además, como cuando Juan Ramón escribe "no soporta ningún ruido o movimiento, lo cual es perfectamente comprensible", Zenobia se pasa los días en el servicio. También cuando él se echa una siesta: "Me puse nerviosa encerrada en el baño mientras Juan Ramón dormía, pues el día estaba bellísimo".

       Y es que ella no se puede marchar, no le puede dejar solo. Juan Ramón no le permite operarse de un lipoma (tumor de grasa) que Zenobia tiene en el vientre: tendría que permanecer internada en el hospital y el no soporta su ausencia (y tal vez tampoco su enfermedad, su debilidad): "mi primer deseo y mas ardiente es ir inmediatamente a la clínica más cercana para que me operen de mi molesta protuberancia", dice ella en el diario: " si no pesaran sobre mi tantas tradiciones idiotas iría sin más ni más y ya podría J.R. retorcerse las manos. Es ridículo imponerle algo tan mortificante a otra persona (...) Pero nunca tendré el valor ni la determinación suficiente para deshacerme de mis problemas mientras Juan Ramón esté cerca". Y , en efecto, pasan los años y Zenobia sigue criando su tumor.

      Lo mas atroz del diario cubano, con todo, es el siempre pospuesto viaje a los EEUU. Zenobia tiene a toda su familia viviendo en ese país, al que hace veintiún años que no va (salvo una brevísima estancia al comienzo del exilio) y esta ansiosa por acercarse a verlos. Desde que llega a Cuba está ansiosa por organizar el viaje; una y otra vez pone una fecha de partida, va a las compañias marítimas, consulta precios, reserva pasajes; una y otra vez llega el día acordado y Zenobia sigue en La Habana. La estrategia obstruccionista de Juan Ramón es siempre la misma: primero consiente en ir con ella (y ella le busca un alojamiento adecuado para sus manías y organiza todo para él en los EEUU), luego empieza a ponerse nervioso y dice que es mejor que Zenobia vaya sola (y ella anula las disposiciones en torno a él, reserva el propio billete, reduce el viaje a sólo un mes), por último Juan Ramón le hace la vida tan imposible ante la idea de su ausencia que Zenobia claudica y no se marcha. Esta lenta tortura se prolonga durante año y medio hasta que Zenobia consigue partir.

      Zenobia apunta sus mas duras criticas a Juan Ramón en relación con este tantas veces frustrado viaje: "realmente no se como tolero estar aquí teniendo a mi familia entera y a mis amigas tan cerca (...) si no me decido a ir sola voy a encontrar que con J.R. estaré más atormentada, pues él nunca quiere hacer nada que yo quiera hacer y siempre quiere que yo haga lo que él quiere". O bien, " ir a los EEUU con J.R. significa tanta complicación que preferiría no ir. Hay un obstáculo cada vez que quiero hacer algo y recuerdo que los pocos días en Nueva York estaba ansiosa de que terminaran. Es horrible". Y también: "no tiene sentido que me sacrifique en balde por el egoísmo de J.R." Pese a la gran contención que Zenobia usa en su diario, muchas entradas hablan escuetamente de su infelicidad y su desesperación. No dice que llorara en ningún momento, pero son páginas que saben a lágrimas. Aunque en otras ocasiones, claro esta, hay buenos momentos, tanto mas apreciados por los escasos.

     "Si veo cosas claras y el no las ve", dice Zenobia, "¿Qué sentido tiene permitirle acabar con mi existencia?". Es una pregunta exacta y pertinente. ¿Es la víctima culpable de ser víctima? Conozco a muchas mujeres como Zenobia: hembras fuertes y débiles al mismo tiempo. En esa patología anida la patología de la mujer dependiente, de quien depende a su vez, morbosamente, el hombre que la tiraniza. Hay un infierno en la relación entre Zenobia y Juan Ramón, pero los demonios (tan reconocibles, tan humanos) están en las dos partes. La necesidad absoluta que Juan Ramón tenía de ella había terminado por atrapar a Zenobia: "el es queridísimo aunque me vuelve loca". Destruirse por alguien (y mas si ese alguien es un artista mundialmente reconocido) puede llegar a convertirse en un placer perverso y mortífero: a fin de cuentas, soluciona la angustiosa pregunta de que va a hacer uno (o que va a ser uno) en la existencia: "Aumenta mi inquietud por llegar a ser útil en la sociedad. Pero estoy consciente que, para dedicarme a otros trabajos, tendría que abandonar a J.R. que ahora mismo esta necesitando mucha atención. Confundida en cuanto al mejor camino a seguir".

      Al final, decidió seguir apuntalando al genio y con el tiempo cada vez se conformó más con su papel (¿se metió más en su propia patología?), hasta el punto de que, al final de sus vidas, estando Juan Ramón terriblemente desequilibrado e internado en un centro psiquiátrico, los médicos llegaron a decirle a Zenobia que su presencia omniprotectora era negativa para su marido. Zenobia parece admitirlo y planea vagamente dejarle solo durante algún tiempo, pero nunca lo hace: la enfermiza interdependencia esta demasiado solidificada para entonces.

      En 1951 a Zenobia se le descubre un cáncer de útero. Viaja a Boston y es operada con éxito, pero en 1954, viviendo en Puerto Rico, se le reproduce. Le recomiendan que vuelva a Boston pero, para no dejar a Juan Ramón que esta muy mal, decide no marcharse y someterse a radio terapia en Puerto Rico. El tratamiento es tan erróneo y tan brutal que Zenobia es quemada lentamente, sesión tras sesión, hasta que es abrasada por completo. Cuando por fin viaja a Boston los médicos quedan horrorizados: las quemaduras son tan enormes que no se la puede operar. Solo tiene tres meses por delante, le comunican. Y ella regresa a Puerto Rico a poner orden en la vida y los papeles de Juan Ramón.
      En estos últimos años, Juan Ramón ha comenzado a darle a Zenobia lo que antes le escatimaba: la certidumbre de su lugar histórico como musa del genio. Lo cual no es sino el justo pago a la inversión hecha por Zenobia día tras día. Y así, en las cartas que le manda a Boston cuando la operación del 51, Juan Ramón le va detallando los poemas que escribió por ella y para ella. Y certifica: "fuiste, con mi madre, la mejor fuente de mi inspiración". Ella, a su vez, ha empezado a contarse su propio pasado mentirosamente, como solemos hacer los humanos al final de la vida (misericordiosa memoria, que nos permite hacer una mirada retrospectiva consoladora), para darle un sentido de destino a sus sacrificios. Y así, Zenobia escribe por entonces: "al casarme con quien, desde los catorce años, había encontrado la rica vena de su tesoro individual, me di cuenta en el acto que el verdadero motivo de mi vida había sido dedicarme a facilitar lo que ya era un hecho".
      Su agonía fue lenta. Poco antes del final, Juan Ramón recibió el premio Nobel de Literatura: para Zenobia era la confirmación de que su existencia no había sido un desperdicio. Ricardo Gullón cuenta que cuando le dijeron lo del premio, Zenobia ya no podía hablar; susurró una canción de cuna y murió a los dos días (el 28 de octubre de 1956). Juan Ramón enloqueció literalmente de pena; tuvo que ser internado y no volvió a escribir mas. Falleció año y medio mas tarde. Después de su muerte, se encontró una libreta que decía: "A Zenobia de mi alma, este  último recuerdo de su Juan Ramón, que la adoró como la mujer más completa del mundo y no pudo hacerla feliz".
     Zenobia y Juan Ramón se habían conocido en 1912. El se enamoró de ella desde el primer momento, pero ella huyó de su insistente acoso durante dos años.: no quería casarse con un español (los consideraba machistas), tenía muchos planes propios para su futuro, Juan Ramón le parecía un tipo raro y demasiado triste. Las abundantísimas cartas de Juan Ramón en ese tiempo son un catálogo de trucos sentimentales: intenta despertar en Zenobia la vocación regeneracionista que hay en toda mujer (a éste lo salvo yo) e incluso le ofrece creer en Dios si ella lo ama.
    
       Pero la gota final fue literaria. Zenobia, que encontraba semejanzas entre Platero y yo y la obra del novel Tagore, tradujo un libro del escritor bengalí para enseñárselo a Juan Ramón. Y este se agarró al clavo ardiendo: revisó el texto español, publicó  la traducción firmada por los dos , insistió que se hicieran más (terminaron traduciendo 20 obras). Juan Ramón le ofreció a Zenobia, en suma, una colaboración creativa de colegas literarios, un futuro de trabajo en común: "todas las traducciones que hagamos de cosas bellas, las firmarás tú. Luego has de hacer algo original ¿verdad? Yo quiero que, en el porvenir, nos unan a los dos en nuestros libros", dice Juan Ramón en una de sus cartas de conquista. Y Zenobia, que tenía aspiraciones literarias, bajo por fin sus defensas y se casó con él...para no volver a escribir nunca más nada propio, salvo sus modestísimos diarios. Tal vez estuviera pensando en todo esto (en las ilusiones rotas, en las vidas no vividas) cuando anotó en los cuadernos cubanos este conmovedor párrafo: "cuando regresamos, las nubes se habían abierto hacia el noreste y el resplandor del atardecer (...) hacía que el mundo pareciera nuevo (...) Y de repente todos los sueños infantiles se hicieron realidad y nos embargó la intensa esperanza de que todo este tiempo de incredulidad hubiera sido un desperdicio de la alegría".

2 comentarios:

  1. Lo escrito en este artículo sobre la historia personal de Zenobia y juan Ramón es una falsedad completa, como lo dicho en el libro de Rosa Montero. Cualquier persona que haya conocido a la pareja sabe que fue una relación hermosa y Zenobia jamás se sometió al poeta. Era una mujer de enorme fuerza y personalidad que luchó por los derechos de la mujer y mantuvo su indepencia laboral, aparte de ayudar a su marido al que amaba profundamente.
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  2.  
    La historia publicada aqui es original de Rosa Montero, integramente, y esta basada en el diario de Zenobia. Si lo que ese diario dice fue asi, como la propia Zenobia escribió, en nuestros dias se diria que ella fue victima de acoso sicológico. Esa es mi opinión. Y lo escrito aqui se hace para ayudar a las mujeres victimas de este tipo de abuso.

 Retrato atribuido a Diego Rivera de Angelina Beloff. Las cinco obras anteriores que ilustran esta entrada parecen ser de Angelina Beloff y pretenden ser un ejemplo de su gran capacidad técnica y versatilidad artística.


 
 
 
 



jueves, 20 de noviembre de 2014

Ver nos ayuda a imaginar. "El beso de la sirena negra" de Jesús Ferrero.

Cuando vemos la película basada en un libro ya visto sentimos traicionada nuestra imaginación, más si se pretende recrear en imágenes un poema, no así si se trata de una obra dramática ya que parece que su destino y finalidad es ser encarnada por personas. Nos hemos leído, sería lo conveniente, un libro con algunas ilustraciones y muchas descripciones de lugares y escenarios. Durante la lectura recordamos haber estado en alguno de estos sitios y evocamos su recuerdo o no los conocemos y reutilizamos materiales de la memoria para reconstruir esos posibles ambientes. He sentido la curiosidad de recurrir a internet para re-conocer algunos de estos lugares nombrados por el autor. Comparto con ustedes estas imágenes y espero que no correspondan con lo imaginado sino que sirvan para enriquecerlo.

P2"...abandoné la universidad y me perdí varios años por la vida hasta el día en que hallándome en un café del bulevar Saint-Michel, descubrí la salida a mí marasmo existencial..."

"Habíamos dejado atrás el Tamesis, cuyas aguas fluían tan suavemente que parecían detenidas y atrás también la torre de Londrés."

"...Jack se había dedicado a descuartizar a mujeres callejeras y aceptaba con resignación nuestro recorrido por Whitechapel. Pasear por la Hanbury Street, donde Jack the Ripper había asesinado a dos desdichadas, me producía una emoción casi vergonzosa."
P3"..estuvimos danzando por los bares del Soho. A las cuatro de la mañana me despedí de Jack en una parada de taxis de Oxford Street..."



P4"...me vi de pronto ante un edificio rodeado de glorietas, de un aire que me transportaba a la belle époque. Se tataba del hotel Victoria Palace."


P5"...nos dirigimos al restaurante del Real Club de Golf,...ubicado en la cima de una colina situada en el corazón del campo de golf,...era amplio y poseía grandes ventanales proyectados hacia el monasterio."

P7"..nos adentramos en el barrio de Abantos. Fuimos subiendo por una calle empinada en la que crecían espléndidos tilos..."




P9"...una casa junto a una laguna y una psarela. Más allá del jardín de la casa se divisaba un rótulo. Tres patos volando enmarcaban un letrero en el que decía PARQUELAGOS."


P10"Según me iba alejando de la casa fui tomando conciencia de que el lugar en el que me hallaba era una sucesión de planos, como las gradas de un teatro griego, en torno al monasterio. Los planos conformaban un juego barroco que podía provocar cierta confusión. A veces no sabías en qué plano estabas, a veces el monasterio parecía estar suspendido en el aire, a veces sumergido."



 P19"Volví a tener pesadillas, aunque menos agobiante que la de la noche anterior. Veía a Alize y a Silvio paseando al atardecer por los jardines laberínticos que no se acababan nunca. Se parecían a los de  Marienbad, pero también a los de San Lorenzo...nada más levantarme, tomé una taza de té y pase´más de una horaI meditando junto a la ventana que daba a los jardines de Felipe  II en postura de medio loto."



P20"También la revista Gentleman hablaban del padre de Alize,...aparecían varias fotos en color del empresario ante la sede de sus negocios , junto a la mezquita de Madrid. Efectivamente, tenía los ojos acerados y se parecía, en más viejo al Hombre de los ojos grises de Tiziano."






P24"Amadeo vivía en una amplia buhardilla...desde la ventana del saloncito podía verse Notre-Dame, el río y un ángulo de la isla de la Cité, ya que la buhardilla se hallaba justo en la popa de la barca de piedra que es la isla de Saint-Louis.
 
 
 
 


Jesús Ferrero nos ambienta de primera mano a través de su blog http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/jesusferrero/blog/?cat=161&paged=2
 

…Desde hacía años tenía alquilado un estudio de dos piezas en el inmueble más modesto de la rue Cassini, que era sin embargo uno de los mejores situados,  pues se hallaba ante el Observatorio…
-El beso de la sirena negra, página 46-
…A ratos llovió, brilló el sol, se oyeron truenos. Como colofón a tanta prestidigitación,  al atardecer la ciudad empezó a hundirse en la niebla… La rue Cassini  parecía  una sucesión de luces sumergidas en la bruma cuando llegó Eva…
-La noche se llama Olalla, página 21-

La calle en la que vive Ágata Blanc debe su nombre al astrónomo Jean-Dominique Cassini, que dirigió el observatorio de París en la segunda mitad del siglo XVII. En la rue Cassini vivieron Balzac, Alain-Fournier, antes de sucumbir en la Gran Guerra, Jean Moulin y Robert-Jean Longuet, nieto de Carlos Marx.

En mi época de estudiante en París pasaba a menudo por la rue Cassini porque la primera vez que la crucé sentí una absurda sensación de déjà vu.  Se trata de una calle apacible y silenciosa, a pesar de hallarse en el centro de París, y su único negocio es una cervecería tan apacible como la calle y a la que acudo siempre que estoy en París.

Nunca imaginé que Ágata Blanc iba a acabar viviendo en esa calle tan amada y tan deseada por el estudiante que fui, aunque sabía que iba a ser la calle de alguno de mis personajes. Cuando Ágata empezó a perfilarse en mi horizonte mental ya no lo dudé. “Esta calle es para ti”, le dije, “si bien te voy a colocar en el inmueble más modesto, pues ni eres rica, ni hay muchas posibilidades de que llegues a serlo”.

(La noche se llama Olalla, segundo caso de Ágata Blanc, ya está en las librerías de Madrid y Barcelona
 
 

miércoles, 19 de noviembre de 2014

"El beso de la sirena negra" de Jesús Ferrero.

En esta ocasión nos valemos del ABC para presentar la novela de la próxima tertulia.

«El beso de la sirena negra»

Jesús Ferrero. Policiaca. Ed. Siruela (Madrid, 2009). 161 páginas
El escritor Jesús Ferrero /ABC
Publicado Miércoles, 27-05-09 a las 09:38
Jesús Ferrero siempre había querido hacer una novela negra, pero sus historias le habían llevado por otros derroteros. Hasta que dio, por fin, con la detective perfecta y el relato idóneo. "El beso de la sirena negra" es el resultado. La investigadora escogida es Ágata Blanc, con unos modos que recuerdan a Poirot, y que se desenvuelve con soltura en la cultura parisina y la madrileña (el autor ya está pensando en una trilogía con ella como protagonista). Ésta recibe el encargo de Lucía Valmorant de averiguar el paradero de su hija y a qué se dedica. Lucía pertenece a la alta aristocracia y Ágata presiente un oscuro secreto. Lo exquisito y lo terrible comparten cartel. Una combinación atractiva y explosiva, ingredientes que facilitan que el libro se beba de un trago.
"No le pido que indague en el alma de mi hija Alize, sólo le pido que averigüe dónde se encuentra y qué clase de vida está haciendo", le dice Lucía a Ágata. Extrañada ante la advertencia, Ágata desvela con sorprendente facilidad su paradero. Álize reside "glamourosamente" en un hotel en París.
«El beso de la sirena negra»Peligroso umbralEl problema viene con la segunda parte del encargo. Alize ha cruzado el umbral del deseo y la dominación (la mar de sugerentes sus referencias a "Alicia al otro lado del espejo" y a su autor, Lewis Carrol). Ante el espectáulo, Ágata se olvida de todas sus cautelas y decide asomarse al alma de Alize. Sucumbe a la tentación.
Como si de una caída al abismo se tratara, el ritmo a partir de este umbral se dispara. El freno de mano se suelta y ya no hay vuelta atrás. La locura y el deseo se muestran impúdidamente, sin ataduras, ni velos. Y nadie que contemple el lado oscuro en todo su esplendor sale indemne. Todos pagan por ello.
Jesús Ferrero narra de forma trepidante este peligroso viaje, en el que no se puede dar nada por sentado y en el que el dolor y el amor se confunden con la dominación y el sexo. Este libro, unido a su también reciente "Las experiencias del deseo: Eros y Misos" (XXXVII premio Anagrama de Ensayo), hace que surja una pregunta, ¿tan atraído se siente Ferrero por el lado oscuro? "No me siento muy vinculado a las pasiones oscuras, y aún menos al sadomasoquismo, pero sí que me interesa explorarlo. Me interesa hacer una exploración reflexiva de cualquier aspecto del alma humana, sobre todo los oscuros porque ahí están muchas de nuestras claves. ¿Si me he acercado al sadomasoquismo alguna vez? No, ni de lejos, pero sí que advierto que en nuestra conducta diaria hay mucho de sadomasoquismo. No hace falta que el otro tenga un látigo para ejercer dominios más o menos oscuros". Estremecedor.


       A pesar del tiempo frío, lluvioso y ventoso;  del paso del tiempo y de los accidentes nos reunimos los que salimos en las fotos en el restaurante libanés Malak. Abundante comida, en exceso y sin previo aviso, en la que destacaba la coliflor rebosada, los humus de berenjenas y garbanzos, carne, los postres con pistacho y miel, y el vino. 23 €.






         Los allí presentes además de quejarse del tiempo, del cansancio y demás males de la humanidad, también lo hicieron del libro. Tanto es así que Ángeles, proponente del libro y según algunos posible escritora negra del susodicho, excusatio non petita, accusatio manifesta, acompañó a su hija a una audición bien lejos de oír nuestros comentarios. En la sección hospitalaria se encontraban Begoña y Lourdes, desde allí, vía whats App mandaron sus comentarios que reproducimos tras las excusas de Ángeles:
     Ángeles comenta ...no lo escribí yo. Hay pasajes poco creíbles pero me interesa saber la opinión de ustedes porque mi sobrina tuvo que hacer un trabajo para la carrea. Aquí están esas opiniones.
     Lourdes nos cuenta, tras excusar su ausencia por enfermedad, que ...no respondió a mis expectativas. Demasiado forzado y rebuscado. No me lo creía. Los personajes femeninos de la detective Ágata y de Alize no me resultaban creíbles. A lo mejor es que yo soy demasiado simple---Y la historia sadomasoquista me producía rechazo. La historia no fluía...en fin, no me ha gustado.

De forma coincidente se manifestó Begoña: Estoy con Lourdes. Ni la trama era buena. Poco fluido, nada verosímil, precipitado final...lo único es comprobar como el aburrimiento de los ricos hace que se sumerjan en submundos cruzando el límite, el personaje cambió el traje de ejecutiva por el placer del sexo "oscuro" y dominante, placer  del dinero y dominación. Sumo los dos porque ella podía.
     Maive, in situ, única defensora del libro junto con Domingo, nos advertía de lo estéril de la pretensión de explicar mediantes conceptos racionales lo que formaba parte de la pasión y el deseo, y por lo tanto no elegible ni explicable y sólo entendible mediante la empatía. Esta justificación del planteamiento del autor venía al caso porque se cuestionaba la verosimilitud de la relaciones sexuales(incesto, sadomasoquismo, prostitución...). Parece que sí había acuerdo en considerarlas no placenteras sino desagradables.
     Domingo planteó que le interesaba la ambientación realista y no abusiva, así disfrutó haciendo una entrada con las localizaciones para este blog, no sólo del espacio sino de la época y, en especial de las condiciones sociales. Así retrata un estamento endogámico que no encuentra otra justificación para su supuesta superioridad que el dinero. Pero que estas creencias se esparcen de forma que se extiende no sólo a la nobleza con el consiguiente deterior de las relaciones humanas. Esto se muestra en la forma en que se pasa de ser un mero observador a ser partícipe de los valores de los observados, como es el caso de la detective Ágata. Admitiendo el libro la lectura a la manera de espejo-advertencia para comprobar en qué medida asumimos esos valores de superioridad en distintos contextos.
      El resto de los contertulios insistían en lo increíble y artificiosa de la trama y en lo enfermizas de las relaciones. El ritmo narrativo también fue cuestionado ya que les parecía que en ocasiones se desarrollaba la acción con mucha lentitud y en otras, como al final, se apresuraban, amontonándose, los acontecimientos.
     En conclusión podemos escribir que se trata de otra desilusión más y que Jesús Ferrero, en eta obra en concreto, no satisfizo nuestras expectativas. Para evitar eso se eligió, a propuesta de Ana, un  valor seguro que en septiembre de 2011 ya había propuesto Begoña: Tierra desacostumbrada de Jhumpa Lahiri. Nos veremos en enero del, ya próximo año, 2015 en La Comarca.  
     






martes, 4 de noviembre de 2014

"El ardor de la sangre" de Irène Némirovsky.


        A veces la historia de un libro es más novelesca que la historia que nos relata el libro. Si ya nos emocionamos con la Suite francesa por lo real de la historia y el sufrimiento que emanaba, ahora disfrutamos del producto del trabajo de investigación de dos biógrafos de Irene Némirovsky que, en colaboración con la hija, lograron reconstruir un manuscrito y ofrecérnoslo a la lectura. Lectura breve que se completa con la historia de la investigación y una biografía de la autora, en la que se citan alguna de sus obras.
          La agradable lectura de este culebrón rural francés contrasta con la historia de su autora. Tras la historia de las pasiones debidas a la temperatura sanguínea parece haber como una sospecha que nos hace pensar que hay como una mentira tras la aparente arcadia. Los personajes se transforman desvelándose tras un decapado en el que nos estimula un sentimiento lo más parecido a la piedad.
     




viernes, 24 de octubre de 2014

Acabo de terminar Dora Bruder.

     Y no me creo que no continúe ¿En cuántas páginas puede estar encerrada una buena novela? ¿Si la cárcel es grande, se disfruta de más libertad? Sensación de no completo, de final repentino, de no finalizado, de preguntas y más preguntas sin respuestas, sólo conjeturas y una sola certeza. Sabemos quién es el autor,de quiénes procede, donde vive y ha vivido, cuáles son sus sufrimientos y por qué escribe: para hacerse preguntas que no responde.
        Me gusta la novela negra,policial. Me gusta la novela porque es investigación y el escritor un detective que descubre en sí una historia. En este caso una historia con víctimas ¿muchas o pocas? ¿6, 10 millones? ¿sus descendientes? ¿los hijos que no tuvieron? Quizás el mayor de los crímenes es el habernos inoculado definitivamente la desconfianza. Los monstruos de la razón. No poder creernos que el conocimiento libera, que la ciencia nos hace mejores, que la industria sea para fabricar. El crimen de hacernos pensar que se puede fabricar en serie la muerte con los mejores medios disponibles y con la mejor de las organizaciones y que nuestro vecino,nosotros mismos, podemos ser, no sólo consentidores, incluso los ejecutores.





         También me gustan los libros de viajes, viajes que siempre son en el tiempo y en el espacio. Espacio urbano que sin salir de los barrios de París nos transporta a toda Europa, al mundo. Barrio a barrio, calle a calle, pares e impares, edificio a edificio que se transforman en el tiempo con la vitalidad organicista urbana del paso, peso, de la historia. La ciudad que se expande, el campo que se achica, la libertad bajo unos adoquines que esperan ser levantados para exhumar lo imposible.
           Esta historia, Historia, que seguirá siendo contada a través del personaje de Louki en En el café de la juventud perdida no parece, pasado el tiempo, tener la urgente necesidad de testimoniar la memoria de los que dejaron de ser y que nos obliga a mantener vivos los crímenes en los que eludimos pensar, pero es recorrida por la tenue energía de la huida del aburrimiento que al igual que el olvido cuanto más intentamos alejarnos más dentro estamos.


Para recordarla reseñamos la obra mediante este post de vidactiva.com:






En el café de la juventud perdida, de Patrick Modiano Premio Nobel de Literatura 2014



Portada del libro En el café de la juventud perdida, de Patrcik Modiano
París, años sesenta. En el café Condé se reúnen poetas malditos, futuros situacionistas, y estudiantes fascinados por la bohemia parisina. Y aunque la nostalgia de aquellos años perdidos parecería ser el tema central de la novela, Modiano le da un giro sorprendente. Porque En el café de la juventud perdida es también una novela de misterio. Todos los personajes, todas las historias, confluyen en la enigmática Louki.
“La obra de Modiano se caracteriza por un tono directo pero de gran belleza; atiende a la memoria histórica, pero también a su historia personal; y tiene en el París de la Segunda Guerra Mundial no solo escenario para sus historias, sino un personaje principal”
Cuatro hombres nos cuentan sus encuentros y desencuentros con la hija de una trabajadora del Moulin-Rouge. Algunos la buscan, otros la aman, y para casi todos ellos la chica encarna el inalcanzable objeto del deseo. Louki, como todos los que la acompañan en su vagabundeo por un París espectral, es un personaje sin raíces, que vive inventando identidades, renaciendo una y otra vez, luchando por construir un presente perpetuo. Modiano recrea alrededor de la fascinante y conmovedora figura de Louki el París de su juventud, al mismo tiempo que construye con su estilo inconfundible una hermosísima novela sobre el poder de la memoria y la búsqueda de la identidad, dos grandes ejes de la obra del escritor francés.

El autor, Patrick Moldano

Patrick Modiano nace en Boulogne-Billancourt el 30 de julio de 1945. Hijo de una actriz belga y de un hombre de negocios italiano, creció entre Jouy-en-Josas y la Alta Saboya. Las ausencias repetidas de sus padres le acercan a su hermano mayor, Rudy, que muere a la edad de diez años. Tras aprobar la selectividad, decide dedicarse plenamente a la escritura. Sus primeras obras giran en torno a la ocupación nazi y el colaboracionismo (El lugar de la estrella, galardonada con el Premio Roger Nimier y el Premio Fénéon, La ronda de noche y Los bulevares periféricos). En 1978 obtiene el Premio Goncourt por La calle de las tiendas oscuras, una novela en la que la Segunda Guerra Mundial, y en 1984 recibe el Premio de la la Fundación Pierre de Mónaco por el conjunto de su obra. En castellano, entre otras, también se han publicado Domingos de agosto, Viaje de novios, El rincón de los niños,Las desconocidas, Dora Bruder y Joyita. Este gran autor, de una extremada sensibilidad, describe en sus ficciones la búsqueda de la propia identidad, que oscila entre el recuerdo desgarrador y la tentación de la amnesia benéfica.

Premio Nobel de Literatura 2014

El escritor francés Patrick Modiano fue galardonadez máso con el Premio Nobel de Literatura 2014 por su obra centrada en temas como la memoria, la identidad y la culpa. El premio fue anunciado por Peter Englund, secretario permanente de la Academia Sueca, quien dijo del autor francés que es “alguien que ha escrito muchos libros que se hacen eco unos a otros”, y que hablan de “memoria, identidad y aspiraciones”.




     Una vez más seguimos con la costumbre de reunirnos. En esta ocasión fue el viernes 7 de noviembre a las 21,30 en Malela, calle San Juan de La Laguna. En este lugar compartimos habitación con otra mesa Ana, Ángeles, Calola, Domingo, Maive, María José y Tomás. Lourdes y Luís no pudieron asistir por cansancio y Begoña excuso su ausencia.
      De entrada tuvimos la difícil elección del vino: María José, habitual somelier, eligió un Rivera del Duero; en cambio Maive y Domingo prefirieron otro vino de Toro ante la falta de lágrima del Ebeya. Los desaciertos siguieron con la comida: risotto con tinta de calamar que resultó bastante soso y, para algunos, de presencia siniestra; tataki de atún rechazado por algunos por estar crudo; pastel de carne que le sobraba granos de sal, en opinión del que esto escribe; Tomás siguiendo con su dieta pidió ensalada césar pero su aliño con anchoas le resultó demasiado fuerte; los postres agradaron consistentes en una crema, helado don higos y tarta de chocolate. Domingo ejerció su habitual función de vacuum cleaner aunque no bebió mucho porque fue con la moto. En general, exceptuando María José y Ana, agradecimos la dieto hipocalórica ya que Ángeles y Maive habían almorzado de forma tardía y sobrada y el resto de los cuerpos estaban sobradamente sobrados.
      El disgusto gastronómico tuvo un perfecto maridaje en los comentarios sobre el libro. Patrick sufrió, en su íntima timidez, un concierto de cacofonías otorrinas desde que los comensales dejaron de utilizar sus bocas para comentar la comida. De esta forma se manifestaron todos excepto Domingo, María José(sí comía) y Maive. Tras la llegada de Maive la cosa no sólo no cambió, sino que ésta continuó en la misma tónica. Por si no queríamos arroz, los no presentes manifestaron su coincidencia vía telemática, incluso Lourdes que lo propuso. ¿Puede explicar esto su ausencia?
      Alguien tiene que hablar bien del libro, es un premio Nobel, lo elegimos el viernes después de fuera hecho público el suceso, apenas pasa de las cien páginas, fue barato...Menos mal que estoy yo y si no tendría que inventarme. No me gusta que un libro ponga de manifiesto mis carencias, me parece un desprecio al lector que el autor desde su puesto de privilegio maltrate al lector por desconocer lo que el escritor elige como relevante. Pero en esta obra la ignorancia de lo que el escritor presume de haber vivido me sirve como impulso para conocer y el socrático sólo sé que no sé nada sirve de impulso peripatético. Así la obra me plantea la necesidad no de aprenhender, sino de vivir el siglo XX advirtiéndome del engaño senil de creer que el XXI es mi siglo. Muchos seguimos con las pesetas y con muchos hábitos mentales del XX sin haber vivido, pensado y sentido la centuria en que nacimos. Para contribuir a solventar esta carencia no bastan los libros de historia, ni las biografías, ni siquiera la falsa autenticidad de las autobiografías. Tampoco es suficiente, pero estimula, la investigación siempre personal a partir de las cosquillas que en la consciencia puede hacer una nota en el periódico. Maive nos comentó que todo el océano está en una gota de agua, de forma análoga nos podemos aproximar al S.XX a través del microscopio que analiza el ombligo del protagonista, escritor, enigma....Siempre de forma incompleta e inacabada, para historias acabadas está la ficción como alternativa manipulable que transita nuestro autor. Pero el océano de la vida se desparrama en multitud de meandros de vida, de edificios, de escritos, música, películas que tendremos pendientes sin que nos ofrezcan ningún  atajo o isla que nos de seguridad.
      María José comentó que su lectura fue más agradable porque se ahorró la mediación de la traducción. Parece que en francés original es más fluido. Seguramente sea así pero lamento no estar en condiciones de hacer la comparación como la hizo María José.
       El resto de los contertulios, presentes y ausentes, parecían coincidir en que la mayor virtud del libro era su extensión, poco más de cien páginas y de fácil acceso. Aún así pensaban que no era necesaria tal profusión de descripciones, de calles de edificios y sus microvariaciones a lo largo del tiempo. Que citar autores, libros, música y películas es una forma de arrogancia, más cuando están referidas a un contexto muy concreto. Que le falta una historia que vertebre y estructure el libro ya que la intriga se resuelve desde antes de empezar. Que se mezclan reflexiones con descripciones de forma confusa...
        Todo esto y mucho más motivó a Ángeles a hacer una propuesta. El mucho más tiene que ver con la sobrina de Ángeles que se lo regaló a su tía que le entusiasmó hasta el punto que se lo ha pasado varios miembros de la familia y todos lo han devorado con mucho gusto. Además parte del libro está ambientado en París y su historia es de investigación detectivesca como, de alguna manera, lo es el que nos ocupa. Ana propone como lugar para comer La Comarca en la carretera de Geneto.
  

miércoles, 22 de octubre de 2014

"Demonios familiares" de Ana María Matute.

Lourdes nos propone Demonios familiares de Ana María Matute. Para ello nos envía una artículo de Almundena Grandes publicado en El País el 19 de octubre de 2014.

Demonios familiares

Un mundo lento, amable, hasta que la guerra lo desgarra de pronto. Es el mundo favorito de Matute, el de sus grandes novelas de juventud


 19 OCT 2014  

Una muchacha indecisa entre la adolescencia y una madurez precoz, la indeseada pero inevitable herencia de una familia infeliz, podrida de silencios. Una muchacha que se aferra a los lugares de su niñez, aunque sabe que no fue dichosa, y ni siquiera desea volver a ella. Una muchacha que está sola y es valiente, pero ha pasado tanto miedo que no lo sabe.
La protagonista de la última novela de Ana María Matute se llama Eva. El nombre de la primera mujer tal vez no sea una elección casual. Tal vez, su creadora lo eligió para simbolizar en ella el eterno círculo del principio que nunca alcanza otro final que el abocado a desencadenar un nuevo principio. Eva vive en España, en un pueblo grande o una ciudad pequeña, un mundo lento, amable, hasta que la guerra lo desgarra de pronto. Es el mundo favorito de Matute, el de sus grandes novelas de juventud, el que sostiene el asombroso alarde de energía juvenil que derrochan las últimas. En esa geografía pequeña, familiar y flamante a la vez, Eva reedita y confirma una de las grandes proezas de su autora. Ni la literatura española contemporánea, ni la misma España, serían ellas mismas sin las adolescentes de Ana María.
Ana fue, desde el principio, una novelista descomunal, monumental, excepcional en más de un sentido. Era, además, una mujer tan inteligente que fue capaz de encontrar un camino propio, desbrozando a base de fuerza, y de talento, el campo de ortigas espinosas donde le tocó escribir. Ana fue una escritora valiente y, sobre todo, consciente, que nunca utilizó la literatura para eludir la realidad que la cercaba, ni para congraciarse con ella, como hicieron tantos escritores de su generación. Lo consiguió gracias a sus personajes, esas protagonistas memorables en las que la inocencia propia y la perversidad ajena integran una admirable metáfora de la vida cotidiana en la guerra y la posguerra de España.

Ana María Matute fue una escritora que nunca utilizó la literatura para eludir la realidad
Ignorantes pero nunca estúpidas, desvalidas pero nunca patéticas, desarmadas pero nunca cobardes, sensibles pero nunca ñoñas, femeninas pero nunca empachosas, más valiosas en sus dudas que en sus certezas, y conmovedoras en la implacable voluntad de imponerse a la desolación que las rodea, ellas, encarnaciones de la propia Ana María, han representado para mí, a lo largo de la vida, una imprescindible galería de espejos vitales y literarios. Hacía falta mucho genio, mucha ambición, mucho valor y, sobre todo, mucha, muchísima calidad, para emprender una carrera como la que Ana María Matute culminó con clamorosa brillantez en la esteparia España de los años cincuenta. Yo tampoco sería la misma mujer, la misma escritora, si sus novelas no me hubieran enseñado a tiempo quién era yo, y dónde vivía.
Por eso, los ingredientes de su despedida me han conmovido tanto. Eva, tan parecida a la Magdalena de Los hijos muertos –mi favorita indiscutible–, sola en un caserón donde apenas puede hablar con la criada. La terrible figura de Madre, la abuela descarnada, seca, que ha muerto y no ha muerto, porque su mirada flota en los corredores y su nieta la siente mientras recorre la casa en secreto. Un padre militar, el Coronel, humillado por la silla de ruedas que ha hecho de él un pobre tullido. Una madre que es sólo su ausencia. Un desván, un fugitivo escondido, el imprevisto incendio de un deseo clandestino. Y un cómplice. Pocos títulos de Ana María resultan tan elocuentes, tan suficientes como éste.
La crónica de los demonios familiares de Eva concluye abruptamente en el comienzo del capítulo undécimo, cuando el lector empieza a conocer la verdad sobre Yago, el demonio ambiguo que se transmuta primero en hombre, después casi en ángel, en las páginas precedentes. Para esta lectora ha sido un final cruel, como es cruel siempre la muerte, pero no insatisfactorio.
Al mencionar el derroche de energía que rejuveneció a Ana María en sus dos últimas novelas, no estaba haciendo un elogio vano. Ella, una formidable urdidora de historias, ha escrito lo justo para desembarcar al lector en un mundo completo, una isla habitada donde todos los edificios gozan de sólidos cimientos. No es un abandono, sino un desafío. Escojan ustedes las paredes, las cubiertas, los jardines, terminen la historia de Eva a su gusto. Al fin y al cabo, eso es escribir una novela. Eso, y no otra cosa, es leerla.
Al dar la vuelta a la última página sentí, lo confieso, la tristeza de saber que nunca volveré a leer otro libro de Ana María Matute. Me consuelan todos los demás, y la certeza de que, gracias a ellos, Ana vivirá siempre, y para siempre.

viernes, 10 de octubre de 2014

Nobel de Literatura para Patrick Modiano. Nos lo anuncia El País.

Patrick Modiano gana el Nobel de Literatura

 Madrid 9 OCT 2014 - 17:17 

El escritor Patrick Modiano. / DANIEL MORDZINSKI
El novelista francés Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945), uno de los más influyentes narradores europeos, autor de obras perfectas como Dora Bruder o El café de la juventud perdida, ha recibido el premio Nobel de Literatura. Sus grandes novelas, que suelen tener tan pocas páginas como elevada intensidad narrativa e intelectual, representan un relato único y valiente de los peores momentos de Francia en el siglo XX: el régimen neonazi de Vichy y la ocupación del país por los alemanes durante la II Guerra Mundial.
La Academia sueca ha argumentado que ha concedido el premio a Modiano “por su arte de la memoria con el que ha evocado los destinos humanos más difíciles de retratar y desvelado el mundo de la Ocupación”. Muchos le han acusado de escribir siempre el mismo libro, lo que para sus detractores es un defecto pero para sus defensores es una bendición.

Modiano en español

  • Villa triste, 1976.
  • Los bulevares periféricos, 1977. Con el título de Los bulevares de la circunvalación, integrada en Trilogía de la Ocupación, 2012.
  • La ronda de noche, 1979, integrada enTrilogía de la Ocupación,
  • Calle de las tiendas oscuras, 2009.
  • El libro de familia, 1982.
  • Una juventud, 1983.
  • Tan buenos chicos, 1985.
  • El lugar de la Estrella, 1989. Integrada enTrilogía de la Ocupación, 2012
  • Domingos de agosto, 1989.
  • Exculpación, 1989.
  • El rincón de los niños , 1990
  • Viaje de novios, 1991.
  • Más allá del olvido, 1997.
  • Dora Bruder, 1999.
  • Los mundos de Catalina, 2001.
  • Las desconocidas, 2001.
  • Joyita, 2003.
  • Un pedigrí, 2007.
  • En el café de la juventud perdida, 2008.
  • El horizonte,2010
  • Barrio perdido, 2012
  • Flores de ruina y Perro de primavera, 2012.
  • Un circo pasa, 2013.
  • La hierba de las noches, 2014.
Publicado en España sobre todo por la editorial Anagrama –aunque su obra ha estado muy dispersa— y en Francia por Gallimard, Modiano es un escritor humilde y, sobre todo, valiente. Con el guión de Lacombe Lucien, que escribió en 1974 junto a Louis Malle, fue uno de los primeros que denunció algo que hasta entonces había sido un tabú: la activa participación francesa en la persecución de los judíos, la miseria del colaboracionismo. La película causó una conmoción tremenda en Francia y abrió una herida que Modiano nunca ha cerrado en sus libros.
Entre sus principales novelas destacan Calle de las Tiendas Oscuras, La trilogía de la ocupación(El lugar de la estrella, La ronda nocturna y Los paseos de circunvalación), Domingos de agosto, Viaje de novios, El rincón de los niños, Villa triste, En el café de la juventud perdida, Un pedigrí o Las desconocidas. Anagrama, que editó en julio La hierba de las noches, tiene previsto recuperar en los próximos meses dos libros, Accidente nocturno y Libro de familia, y editar Pour que tu ne te perdes pas dans le quartier (Para que no te pierdas en el barrio), que salió la semana pasada en Francia. Una parte importante de su obra ha sido traducida al castellano por María Teresa Gallego Urrutia, que ha logrado recrear la claridad y ligereza del francés en el que escribe Modiano.
Cuando Jean-Marie Le Clézio recibió el Nobel en 2007, muchos pensaron que el candidato eterno de la literatura francesa, el propio Modiano, se había quedado sin el máximo galardón de las letras mundiales. Sin embargo, al final, la Academia Sueca ha repetido idioma para galardonar una obra tan compleja como a la vez sencilla, que parece que siempre transcurre en el lujoso distrito XVI de París, pero que recorre con intensidad los dramas y los conflictos del siglo XX.
Su último libro se titula precisamente Pour que tu ne te perdes pas dans le quartier (Para que no te pierdas en el barrio), en la indispensable colección blanca con letras rojas de Gallimard. Como todos, no llega a las 200 páginas (160). El propio Modiano, en una entrevista difundida por Gallimard, explica el arranque, que no puede ser más clásico de su obra: "La novela arranque con el timbre del teléfono. El personaje principal, Jean Daragane, después de titubear, acaba por responder. Un desconocido le dice que tiene en su poder una agenda de teléfonos que Daragane había perdido. Pero algo le parece sospechoso". Así empieza un viaje a los recuerdos y a los misterios de la vida.

En la crítica de su última obra,
 La hierba de las noches, el sabio de los libros Alberto Manguel, escribió en julio en Babelia: “Si toda novela trata de imaginar los capítulos que faltan en una vida, toda biografía es de alguna manera una inspirada ficción. A lo largo de una obra considerable, Patrick Modiano ha intentado construir esos capítulos de los cuales el autor no conoce a ciencia cierta más que algunos retazos. Sin embargo, estos bastan para dar a las novelas de Modiano una verosimilitud y convicción extraordinarias. La biografía de Modiano abarca la segunda mitad del siglo XX y los comienzos del XXI; su obra también. En el centro están los pavorosos años de la Segunda Guerra Mundial y la ocupación de Francia, y la larga sombra del Holocausto; también, la guerra de Argelia.La hierba de las noches no escapa a esa consabida trayectoria".Preguntado en la entrevista promocional de Gallimard sobre si desvelar el misterio en un libro no lleva a una decepción para el lector, Modiano da una respuesta que, en cierta medida, resume gran parte de su literatura: "No hay que desvelar jamás el misterio. De todos modos, un escritor no podría. Incluso si trata de aclararlo de forma meticulosa, no hace más que reforzar el misterio. Samuel Beckett decía de Proust que no hacía otra cosa con sus personajes: 'Al explicarlos, hacía que el misterio fuese más profundo".


La última obra de Modiano publicada esta semana: 'Pour que tu ne te perdes pas dans le quartier' (Para que no te pierdas por el barrio). / MICHAEL PROBST (AP)
Italiano por parte de padre (que era de origen judío) y belga por parte de madre, nacido justo al final de la II Guerra Mundial, Modiano publicó su primera novela, El lugar de la Estrella, en 1968, que tuvo un éxito casi inmediato, y se convirtió en un escritor totalmente reconocido diez años después al recibir el premio Goncourt por La calle de las tiendas oscuras. Si hubiese que elegir un solo libro que resumiese el genio de Modiano, una elección posible es Dora Bruder, que el narrador compuso a través de un anuncio de prensa que decía: “Se busca a una joven, Dora Bruder, de 15 años, 1,55 metros, rostro ovalado, ojos gris marrón, abrigo sport gris, pullover burdeos, falda y sombrero azul marino, zapatos sport marrón. Ponerse en contacto con el señor y la señora Bruder, bulevar Ornano, 41, París”. Sus pesquisas, cómo no, le llevaron a la colaboración y a Auschwitz, le llevaron a las siniestras tripas de la Europa del siglo XX.
En una entrevista publicada por Babelia en 2009, Modiano explicó sobre aquella novela: "Luego, con los años, y con el libro ya publicado, me llegó algo más de documentación sobre Dora. Y me planteé la cuestión de si merecía la pena reescribir la novela o no. Decidí que no. No soy historiador. Soy novelista. No importa tanto el resultado de la búsqueda como la búsqueda en sí. Así que la novela se quedó como está".
Sobre su obsesión por ambientar sus novelas en el barrio XVI de París, burgués, aparentemente anodino, dominado a la vez por la sombra de la Torre Eiffel y por las sólidas mansiones, señaló en la misma entrevista: "Por eso, porque no tiene nada de especial. Muchos lo consideran un típico barrio burgués. Pero no es así del todo. Tiene una parte de barrio anónimo, banal, sin monumentos históricos, donde uno puede imaginarse cosas. En otros barrios parisinos te sientes bloqueado por la historia. En Trocadero y sus alrededores uno puede observar las calles y la gente que las habita de una manera un poco onírica".


María José propuso para la tertulia competente El café de la juventud perdida, aquí lo presentamos con un intento de ambientación parisina bajo la etiqueta de Híbrido.